Leyendo a Jacques Derrida en su ensayo titulado «Mal de archivo. Una impresión freudiana», yo encontré un texto extraordinario que usa la deconstrucción para descifrar lo que contienen los archivos como estructura física, histórica, psíquica u ontológica.

Derrida nos dice que ese lugar ocupa un sitio. Es un territorio que da conocimiento para la comprensión de las oposiciones, las relaciones y los tiempos. En el contexto del archivo siempre hay más de uno, el que se puede visibilizar y los archivos que no, o simplemente muestran un lugar en el campo de la impresión digital o no.

El archivo se encuentra en un corpus de múltiples conocimientos que se inscribe en la geografía del cuerpo. Según Derrida, esto marca la impronta del archivo, una sintomatología que lleva al sufrimiento y lo arroja a la búsqueda de una palabra encarnada que justifique la exploración interior del archivo.

El inconsciente es un archivo que muestra un camino que se alza como un pendiente para interiorizar o frenar hasta la espera del alumbramiento que se operaría con la demanda o mediante la sospecha que lo lleva al mismo síntoma.

Es en ese porvenir donde aparecen los disruptores que interaccionan y atraviesan la piel para tocar el archivo interior. Es esa realidad de acción práctica la que se inscribe en un correo que solicita respuestas. Algunas fueron dadas por Freud y todos los modernos intentaron descifrar y entender eso que Derrida hace llamar el «mal de archivo».

Derrida, en su ensayo, busca descifrar ese mal archivo a través de un lugar que ocupa una naturaleza y una historia. El principio es un mandato que implica un vocablo, un sentido físico, histórico u ontológico. Empero, ese archivo no se suelta, porque existen guardianes interiores y exteriores de carácter sociocultural y político que aseguran el soporte de ese archivo para que no suelte la información que está velada, ni se produzca ese imaginario que encuentre la llave para romper la ley. Bajo esa dirección se montan abismos que localizan la ley en un orden que solo avala una tradición hermenéutica que no quiere abrirse, porque implica romper la ley.

Por tales razones, los arcontes esconden la información, la niegan, la excluyen del saber y del ser que necesita superar la época. El sujeto negado es llamado archivo psíquico o físico que está contenido de presencias, verdades e informaciones interiores que se proscriben.

Los medios para el ocultamiento son varios: se quema el material con el consumo desmedido (propuesta del capitalismo), se impide el acceso a la información tergiversando los significados, a través de las ilusiones de riqueza, goce y demás pulsiones de la psique social. Por igual, se limitan los secretos históricos mediante el poder represivo militar y civil de las instituciones que instauran el modelo de Estado nación.

A los intelectuales y artistas, ya sean mujeres u hombres afrodescendientes, migrantes y otras identidades que intentan impulsar el conocimiento más allá de lo visible, se les oprime y excluye de los archivos. El capitalismo cierra los caminos y esconde los archivos.

En la actualidad, la interpretación no es un homenaje a la virtud, es una domiciliación que se sostiene en lo patriarcal, en el racismo, la violencia y otras tantas exclusiones que funcionan aferradas a sus abrigos de pieles de animales. Una domiciliación que se esconderá de manera vil, ya que se amparó en la simulación y en una topología que solo pondrá en escena lo visible, ocultando los datos más significativos de la creación humana.

En el psicoanálisis freudiano se intentará repensar el lugar, la ley, la duda y el síntoma como camino para impulsar la palabra plena. En la estructura de la clínica analítica se cruzarán estos senderos, buscando ese polvo psíquico de lo que no es visible al ojo humano. Esto es, para Derrida, un buen ejemplo de lucha contra la legalidad occidental.

Derrida piensa en una humanidad que necesita palabras plenas. Por eso apela a pensar en esos archivos ocultos que están envueltos en los secretos y en lo heterogéneo, ya que crean los síntomas del sujeto y formalizan la cultura. El autor piensa que Occidente está montado sobre sus mentiras, desaciertos y consignas que nos convierten en historias, con la grave consecuencia de envolvernos en esos archivos institucionalizados que se corresponden con el derecho que los autoriza.

En el ensayo de Derrida se plantea una necesidad de decidir si seguir con el fracaso del proyecto moderno, cuyo contrato social se fue con la riada. Occidente fomenta la opresión sexual, el racismo, el colonialismo, el clasismo, la huella de carbono, los feminicidios, el cambio climático y la violencia en todos los ámbitos por sus múltiples guerras.

Ese fracaso de lo moderno creó para su sustento una gran falacia: la de hacernos creer que era necesario adaptarnos a un proyecto consumista que nos demuele los huesos bajo la explotación y nos apandilla en los discursos de la apariencia para modelar los objetos de estatus que nos hacen fantasear con el poder, la belleza y la felicidad.

Derrida nos dice que le da vértigo la retórica y lógica capitalista que finge ingenuidad y que sigue escondiendo los malos archivos. En este ensayo muestra que la sociedad se localiza en un volumen de información que no sirve para nada.

Ese volumen tipográfico cuenta cosas que se sostienen en la banalidad. A estos domiciliarios del papel y la tinta desproporcionadas, cuya interpretación parece proceder de lo retorcido, según Derrida, siguiendo el discurso de Freud.

Es decir, en aquello que esconde los significantes que conducen al goce autodestructivo, a una imposibilidad de construir límites o reconocer la falta. Esto es lo que ocultan los malos archivos.

Para Derrida, los significantes están atravesados por una marca íntima que raya el cuerpo y localiza una letra, una cuestión de archivo, una vana y pura pérdida de un saber que el autor referido nombra como un principio de perversidad radical, la cual actúa en la sociedad de manera agresiva y destructiva, bajo una pulsión de pérdida, como son las guerras, la violencia de género y el racismo exacerbado argumentado por teologías agresivas y unas economías que enredan y explotan a los trabajadores y a la naturaleza misma.

En este ensayo el autor muestra que la repetición del dolor, el ocultamiento del archivo psíquico y nuestra posible aniquilación como especie son las paradojas a las que el capitalismo nos somete. Piensa y así lo siente que, tal vez, no tendremos tiempo de volver a pensar el mundo y deconstruir los discursos de los arcontes que vigilan y guardan con celo los archivos, dado que la compulsión de lo moderno sigue siendo, como dice Freud, un proyecto que está unido de manera indisoluble con la pulsión de muerte.

Yo tengo esperanza y apuesto a la palabra, para que el deseo y la mirada del archivo puedan tener vocalización. Para que sean los actos los significantes que se expresen en palabras y acciones para arrebatar a los guardianes las actas de los archivos y poder iniciar un nuevo proyecto de sociedad basada en los bienes comunes, la comunidad, la desarticulación de los poderes imperiales y patriarcales. Yo cuento con la escritura y la palabra para construir nuestros propios archivos y crear el porvenir.

Fátima Portorreal

Antropóloga

Antropóloga. Activista por los derechos civiles. Defensora de las mujeres y los hombres que trabajan la tierra. Instagram: fatimaportlir

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