La memoria de Abraham Lincoln y la de Simón Bolívar se mantienen vivas en la capital de la República Dominicana. Dos importantes avenidas de la Ciudad Primada del Nuevo Mundo sirven para que eso sea posible.
Claro, eso de “memoria” puede que resulte exagerado. Para mucha gente se tratará de dos vías para circular y nada más. Sin embargo, ante los más recientes acontecimientos ocurridos en torno a Venezuela y el rol jugado por Estados Unidos, más que oportuno es hurgar en dos símbolos cumbres para esos países y para gran parte del mundo.
Usemos orden cronológico. Simón Bolívar, nacido en 1783, es un personaje fundamental en la historia de Venezuela. Su legado sigue siendo esencia de su identidad nacional y su cultura. Incluso, desde 1999, el nombre oficial del país es República Bolivariana de Venezuela.
Abraham Lincoln, nacido en 1809, es considerado uno de los presidentes más importantes en la historia de Estados Unidos. Su legado es fundamental por unificar al país, abolir la esclavitud y ser modelo de liderazgo y referente para la democracia.
Cuando Lincoln nació, ya Bolívar había vivido más de la mitad de sus años. Sin embargo, aunque sus vidas, en tiempo, solo llegaron a coincidir durante veintiún años, sus trayectorias y sus aportes a la sociedad tienen valiosas coincidencias de altísimo valor para quien de manera coherente diga sentir orgullo por sus respectivos legados.
Tanto la Carta de Jamaica (1815) como el Discurso de Angostura (1819) son fundamentales para entender el pensamiento de Simón Bolívar. Para ese tiempo, probablemente correteaba en el condado de Hardin, Kentucky, quien luego sería el decimosexto presidente de Estados Unidos. El pequeño Lincoln contaba con seis y diez años, en esas respectivas ocasiones.
En su Carta de Jamaica, Bolívar defiende la República como forma de gobierno popular, pero refería la necesidad de límites institucionales fuertes para evitar el caos. En el mismo documento, Bolívar plantea que la soberanía nacional es irrenunciable y debe ser ejercida por los pueblos americanos sin intervención externa.
Casi seis décadas después, refiriéndose a la soberanía, Lincoln plantea que el poder político emana del pueblo y ninguna minoría puede gobernar sin su consentimiento. Esa idea toma forma más clara en su discurso del 19 de noviembre de 1863, en el cementerio de Gettysburg, Pensilvania, donde se había librado una batalla crucial de la Guerra Civil Estadounidense.
En ese discurso fue donde Lincoln se refirió a la democracia como “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Hasta aquí, como es fácil notar, ambos afirman que la autoridad legítima reside en el pueblo. Y ambos conciben la soberanía como atributo del pueblo y base de legitimidad política.
Otro tópico abordado por Bolívar en su Carta de Jamaica fue la autodeterminación. Allí postula el derecho de las naciones hispanoamericanas a gobernarse y rechazar toda dominación colonial. Había trascurrido un poco más de cuatro décadas cuando Lincoln rechaza la esclavitud y sostiene que ningún gobierno puede imponerse sin consentimiento. Es sencillo reparar en que ambos creen en el derecho de los pueblos a decidir su destino sin coerción externa o interna.
Pero todavía hay más. Tanto el Libertador como el Presidente Unificador dejan claro su compromiso con la libertad. Para ambos, la libertad es un principio fundamental e inalienable para la organización política.
En su Discurso de Angostura, Bolívar plantea que la libertad es inseparable de la virtud cívica. Con claridad meridiana sostiene que no basta con independizarse, sino que se necesita educar para ejercer la independencia. A lo que, cuarenta años después, agrega Lincoln: “aquellos que la niegan a otros no la merecen”.
Con este breve repaso, cabe preguntarse entonces para qué sirven los referentes. No para adornar avenidas ni para ser invocados selectivamente según convenga al relato del momento, sino para orientar, para poner límites y para evitar confusiones inducidas.
En tiempos de posverdad, cuando el ruido suplanta al argumento y el algoritmo premia el desparpajo, volver a Lincoln y a Bolívar no es un ejercicio nostálgico, sino un acto de responsabilidad cívica. Sus ideas incomodan porque obligan a contrastar discursos con acciones, poder con legitimidad y fuerza con derecho.
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