Los dominicanos parecemos habernos aficionado a ponerle fecha al futuro.

2030, 2036, 2044.

Hacemos bien. Una meta que no tiene fecha corre el riesgo de quedarse en deseo. Ponerle calendario obliga a medir cuánto hemos avanzado, cuánto nos falta, quién tiene responsabilidades y, llegado el momento, a reconocer si hicimos lo que prometimos.

En estos días se ha vuelto a hablar de Meta RD 2036, que procura duplicar el tamaño de nuestra economía y desarrollar capacidades que permitan sostener en el tiempo los avances alcanzados. Antes hemos conocido la Estrategia Nacional de Desarrollo 2030 y otros esfuerzos han colocado el bicentenario de 2044 como horizonte para pensar infraestructura, territorio y desarrollo.

Cada uno aporta instrumentos útiles.

Pero una nación tampoco cabe enteramente dentro de una fecha.

El primero de enero de 2037 amanecerá sin que la República Dominicana haya concluido. Y el 28 de febrero de 2044 tendremos todavía escuelas que mejorar, ciudades que ordenar, empresas que crear, instituciones que fortalecer, diferencias que concertar y problemas que hoy ni siquiera somos capaces de imaginar.

Después del bicentenario vendrá el día siguiente.

Parece una obviedad. No lo es tanto.

Las fechas tienen una poderosa capacidad para ordenar nuestra atención. Nos ayudan a concentrar recursos y voluntades. Pero también pueden inducirnos a pensar el futuro como si fuera una estación de llegada: alcanzamos determinados indicadores, inauguramos ciertas obras, celebramos un aniversario y damos por terminado el viaje.

Las naciones no viajan así.

Se parecen más a esos caminos antiguos por los que han pasado generaciones distintas, cada una utilizando algo de lo que encontró y dejando algo para quienes vendrían después.

Pienso, quizás porque soy santiaguero, en el Camino de Santiago. El de Galicia, por supuesto, no el del Cibao.

La peregrinación hacia Compostela viene de la Edad Media, pero algunos de sus trayectos aprovecharon vías todavía más antiguas, abiertas o utilizadas desde tiempos romanos. Siglos después, personas llegadas de todo el mundo continúan recorriendo aquellos caminos por razones que los primeros peregrinos difícilmente hubieran podido imaginar.

Desde el primer Santiago de América resulta tentador encontrar allí una metáfora.

Cada generación encuentra un trecho construido. Aprovecha parte de lo recibido, abandona algún desvío, abre otro y sigue adelante. A veces incluso utiliza una infraestructura concebida para una finalidad completamente distinta de aquella que terminará sirviendo siglos después.

Vista desde esa perspectiva, la República de 1844 tampoco fue el kilómetro cero de nuestra historia.

Fue una etapa decisiva de un camino que llevaba siglos recorriéndose.

Mucho antes de que existiera el Estado dominicano ya habían comenzado a formarse en esta parte de la isla comunidades que acumulaban lengua, costumbres, relaciones económicas, identidades locales, mezclas humanas, rivalidades, lealtades, maneras de producir y maneras de sobrevivir.

Después apareció la República.

Y cada generación encontró una nación que ya existía antes de ella, aunque nunca estuviera completamente terminada.

Cuando miramos así nuestra memoria, diez o veinte años adquieren otra dimensión. Siguen siendo muchísimo tiempo dentro de una vida humana y suficiente para transformar profundamente una sociedad. Pero dentro de una historia de cinco siglos, 2030, 2036 o 2044 son etapas próximas del recorrido.

Eso debería enseñarnos cierta modestia cuando planificamos.

Ningún gobierno comienza el país. Ningún plan lo termina.

Una carretera inaugurada hoy probablemente fue imaginada mucho antes de que comenzara su construcción. Un puerto puede responder a necesidades que varias generaciones fueron identificando. Una universidad forma profesionales para resolver problemas que quienes la fundaron nunca pudieron prever. Una ruta aérea abierta hace medio siglo puede seguir produciendo oportunidades mucho después de que pocos recuerden las negociaciones que la hicieron posible.

El tiempo de la política, el tiempo de la inversión y el tiempo de una nación no son iguales.

Tal vez por eso deberíamos aprender a trabajar simultáneamente con varios relojes.

Está el reloj de lo urgente. El hospital que necesita equipos ahora. La escuela cuyo techo no puede esperar diez años. El productor que necesita sacar su cosecha. La familia que necesita empleo este mes.

Está también el reloj de los proyectos. Una carretera, un puerto, una presa, una reforma educativa o una transformación institucional requieren varios años y deben tener calendario, responsables y mecanismos para medir resultados.

Pero existe un tercer reloj, más lento y menos visible.

Es el de las capacidades que una sociedad acumula durante generaciones.

La confianza entre personas que piensan diferente. La costumbre de respetar reglas aun cuando no nos favorecen. La capacidad de sentarnos alrededor de una mesa sin exigir que el otro deje de ser quien es. La disposición de continuar una obra iniciada por alguien con quien quizá no compartimos partido, región, generación o manera de pensar.

Esas cosas también construyen un país.

No siempre caben bien en una hoja de cálculo y rara vez pueden inaugurarse cortando una cinta.

Sin embargo, determinan cuánto duran las demás.

Podemos construir una gran obra en cuatro años y deteriorarla en diez por falta de mantenimiento. Podemos aprobar una reforma y deshacerla con el siguiente cambio de autoridades. Podemos alcanzar un acuerdo y abandonarlo cuando desaparecen quienes lo negociaron.

Entonces descubrimos que cumplir una meta no era lo mismo que adquirir una capacidad.

Esa diferencia me parece importante cuando hablamos del futuro dominicano.

Duplicar una economía sería un logro extraordinario. También lo sería reducir determinadas carencias, modernizar infraestructuras o conseguir que nuestras regiones estén mejor conectadas entre ellas y con el mundo.

Pero quizás el éxito más profundo consistiría en llegar a esas fechas habiendo aprendido a hacer cosas que antes no sabíamos hacer juntos.

Que una política útil pueda sobrevivir al funcionario que la inició.

Que una comunidad sea capaz de organizarse alrededor de una oportunidad sin esperar que todo llegue desde Santo Domingo.

Que una institución pueda corregir sus errores sin tener que comenzar otra vez desde cero.

Que una generación reciba experiencia de la anterior sin quedar obligada a repetirla.

Que las diferencias normales de una democracia no nos impidan reconocer aquello que conviene conservar.

Eso no aparece necesariamente en las fotografías de una inauguración, pero constituye una forma de capital nacional.

La memoria sirve para reconocerlo.

No hablo de una memoria utilizada para refugiarnos en glorias pasadas ni para convertir la historia en argumento de superioridad. Me interesa la memoria como herramienta práctica: saber qué intentamos antes, qué funcionó, qué fracasó, dónde dejamos una obra a medio talle y qué aprendieron quienes tuvieron que resolver un problema parecido al nuestro.

Una sociedad que recuerda no necesita comenzar siempre de cero.

Y una sociedad que sabe hacia dónde quiere ir tampoco tiene que quedar prisionera de lo que recibió.

Entre memoria y futuro existe un espacio que pertenece al presente. Ahí estamos nosotros.

Para quienes tienen sesenta, setenta u ochenta años, buena parte de lo ocurrido hace medio siglo pertenece todavía a la memoria vivida. Para otros dominicanos igualmente adultos, ocurrió antes de que nacieran. Y para sus hijos ya comienza a parecer historia.

Así de rápido cambia nuestra relación con el tiempo.

Lo que una generación soñó como futuro termina siendo el presente de otra y, más temprano de lo que imaginamos, pasa a formar parte de la memoria de la siguiente.

Por eso podemos fijarnos metas. Debemos hacerlo. Podemos colocar 2030, 2036 o 2044 delante de nuestros ojos y preguntarnos qué República Dominicana queremos encontrar cuando lleguen esas fechas.

Pero quizás convenga hacernos otra pregunta al mismo tiempo:

¿Qué capacidades queremos haber adquirido para seguir avanzando cuando esas fechas hayan pasado?

Porque llegar no será suficiente.

Habrá que continuar.

Algún día llegará 2036. Después llegará 2044. Celebraremos objetivos cumplidos, lamentaremos otros que quedaron pendientes y descubriremos necesidades que hoy no figuran en ningún documento.

Y a la mañana siguiente la República Dominicana volverá a despertarse.

Con otra generación haciendo preguntas.

Con otros dominicanos imaginando posibilidades que nosotros no alcanzamos a ver.

Con una nación todavía en construcción.

Los planes necesitan fechas porque debemos saber si cumplimos.

El camino necesita memoria para saber de dónde viene.

Y una nación necesita ambas cosas para decidir hacia dónde continúa.

Por eso conviene ponerle fecha a las metas.

A la nación, por fortuna, no.

Alfredo Vargas Caba

Linguista, traductor, emprendedor

Alfredo Vargas Caba es ensayista dominicano. Nació en la República Dominicana, donde cursó su formación escolar hasta el bachillerato, que completó en los Estados Unidos. Realizó estudios universitarios en Francia y residió durante alrededor de tres décadas entre Francia, Suiza y Alemania, antes de establecerse en Texas, donde reside desde hace aproximadamente veinticinco años. Su trayectoria transatlántica informa su interés por la historia comparada, las fronteras imperiales, la cultura política y la ubicación hemisférica de la República Dominicana.

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