Esta es la segunda entrega de una serie que parte de los cuentos de José Ramón López para analizar la realidad política contemporánea. En esta ocasión, Hacerla a tiempo nos invita a pensar en la corrupción, en las excusas que la justifican y en los pequeños favores que le abren el camino.
«Toribio, el que no hace oportunamente una pequeña vagabundería, tiene que hacer treinta grandes al día siguiente». Con esta advertencia, puesta en boca de Jacinta, López presenta una manera muy conocida de entender la política: conviene hacer una pequeña trampa a tiempo para evitar problemas después. El consejo parece sencillo: haga un favor indebido hoy y asegúrese de que mañana alguien le devuelva la atención. Un ahorro para el futuro, aunque lo que se vaya gastando sea la conciencia.
En la actualidad, esa pequeña vagabundería puede tomar formas bastante familiares: recomendar para un puesto a alguien que no cumple los requisitos, firmar un documento sin revisarlo, aceptar un regalo a cambio de un favor o quedarse callado ante una irregularidad. Todo comienza con una frase tranquilizadora: «Es una ayudita», «Eso no perjudica a nadie» o «No vamos a complicarnos por tan poca cosa». Así, el abuso se disfraza de cortesía y quien se atreve a cuestionarlo termina siendo el difícil del grupo.
La frase de Jacinta expresa una lógica de conveniencia: hay que acercarse a tiempo a quien tiene el poder. Hoy se consigue un nombramiento; mañana se espera un contrato. Hoy se guarda silencio sobre una irregularidad; mañana se pide que alguien haga lo mismo. Qué admirable solidaridad: todos se ayudan y la cuenta la paga una ciudadanía que nunca fue invitada al acuerdo.
El problema es que el primer favor puede traer otros compromisos. Quien firma un documento irregular quizá tenga que justificarlo después, esconder información o proteger a quienes participaron. Entonces llegan las «treinta grandes» de la advertencia. La pequeña trampa deja de ser un hecho aislado y se convierte en una deuda. Siempre habrá alguien dispuesto a recordar, con mucha amabilidad, que quien ayudó ayer no puede ponerse tan correcto hoy.
En el cuento, Toribio termina elogiando de manera exagerada al gobierno para conseguir su libertad. La escena muestra cómo las palabras pueden servir para obtener protección. En la política contemporánea, esa conducta aparece cuando se defiende una gestión por los beneficios que se reciben de ella, se llama «simple error» a una irregularidad o se desacredita una denuncia sin revisar las pruebas. La transparencia luce muy bien en los discursos, especialmente cuando nadie pide ver las cuentas.
Las consecuencias llegan a la vida diaria. Un puesto entregado por favoritismo puede dejar fuera a una persona preparada. Un contrato arreglado puede hacer más caro un servicio o reducir su calidad. El dinero público usado para premiar lealtades deja de atender las necesidades de la población. La pequeña vagabundería que se resuelve en una oficina puede convertirse en un problema para quien necesita atención médica, educación o una oportunidad de trabajo.
Por eso, la supuesta «ayudita» merece una pregunta: ¿a quién ayuda y a quién perjudica? Porque el beneficiado suele tener nombre, apellido y un contacto oportuno; el perjudicado, en cambio, puede ser cualquiera. Es el ciudadano que espera un servicio, el profesional que participa en un concurso o la comunidad que sigue esperando una obra. Para ellos no hubo llamada, recomendación ni trato especial. Les tocó confiar en las reglas, esa costumbre tan poco práctica cuando otros ya aprendieron a «moverse».
La necesidad económica de Toribio también merece atención. Su sometimiento ocurre cuando su familia ya no tiene con qué sostenerse. Esa presión ayuda a comprender por qué algunas personas aceptan depender de quienes tienen poder. Pero también obliga a mirar a quienes aprovechan esa necesidad para exigir obediencia. Cuanto mayor es la autoridad para decidir sobre empleos, recursos y oportunidades, mayor es la responsabilidad por el uso que se hace de ella.
El cuento conserva su fuerza porque muestra cómo una conducta cuestionable puede convertirse en un consejo para salir adelante. Toribio aprende que debía haberse acomodado antes. El lector puede preguntarse por qué una sociedad llega a premiar ese aprendizaje. Cuando la honestidad se considera ingenuidad y el favoritismo se celebra como habilidad, la escuela de la corrupción ya está funcionando. Y parece tener muchos alumnos aventajados.
La frase de Jacinta deja una advertencia para nuestros días: cada pequeña vagabundería que se disculpa por conveniencia prepara el camino para otras mayores. Después vendrán las grandes denuncias y el asombro de siempre: «¿Cómo pudimos llegar tan lejos?». Tal vez porque, cuando todo empezaba, resultaba más cómodo llamarlo una ayudita.
Referencia
López, José Ramón. «Hacerla a tiempo». En Cuentos de política criolla, de E. Rodríguez Demorizi, 2.ª edición, con prólogo de Juan Bosch, pp. 45–48. Santo Domingo, República Dominicana: Librería Dominicana, Editora, 1977.
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