En América Latina, cuando las dictaduras, en la década de los sesenta y setenta, comenzaron a desmoronarse y fueron sustituidas por democracias, el ciudadano volvió a acudir a las urnas para elegir, por un período determinado, a las autoridades que debían gobernarlo.
Aquello fue una novedad muy interesante. Durante mucho tiempo, tal vez alrededor de medio siglo, las elecciones fueron, al menos en teoría, una confrontación entre ideas. Eran los tiempos de los líderes con formación política e ideológica, y los candidatos, para ganar el apoyo de los ciudadanos, trataban de explicar lo que pensaban hacer con el país.
Hoy esa vieja concepción de la política parece estar siendo desplazada por otra cosa: el espectáculo. No es un fenómeno completamente nuevo. Hace muchos años, el escritor y Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa habló de la sociedad del espectáculo. Lo novedoso es que el espectáculo se ha trasladado a la política y, de manera concreta, a la política electoral.
Hoy, para competir y ganar, a un candidato ya no le basta con tener una propuesta atractiva: necesita producir un acontecimiento, y cuanto más espectacular, mejor. Hay que llamar la atención. Y cuanto más escandalosa sea la manera de hacerlo, mayor será el impacto. El insulto puede conseguir más atención que un discurso; una provocación puede generar más votos que una propuesta, y una escena cuidadosamente fabricada puede recorrer en unas horas las redes sociales que un programa de gobierno jamás conseguiría recorrer.
El candidato, entonces, tiene que entrar al espectáculo, al show, al circo, o al menos combinar el espectáculo con las explicaciones.
En Estados Unidos, Donald Trump llevó esa transformación a una dimensión desconocida. No inventó, naturalmente, la teatralidad política. La política siempre ha utilizado la propaganda, la personalidad del candidato, la escenografía y hasta la provocación. Pero Trump convirtió el show en el centro de su estrategia electoral.
Cuando derrotó a Hillary Clinton en 2016, en una elección que sorprendió al mundo, ya había demostrado que podía dominar la conversación pública sin comportarse como el político tradicional. Su lenguaje era agresivo, sus ataques personales constantes y muchas veces parecía más interesado en provocar una reacción que en desarrollar una argumentación. Su campaña fue un verdadero show.
En la nueva política, es decir, en la política del espectáculo, la atención es poder. Cada insulto puede convertirse en noticia; cada provocación puede generar una respuesta, y cada respuesta producir otra noticia. El adversario puede criticar al protagonista del show durante todo el día, pero a veces no se da cuenta, que lo está ayudándo a ocupar el centro de la escena. Trump lo entendió. Convirtió sus controversias en combustible electoral.
Y Trump tenía una ventaja extraordinaria: su personalidad se adaptaba perfectamente al show. Era el hombre indicado para interpretar ese papel. Hay candidatos que pueden intentar asumir el espectáculo como herramienta electoral, pero carecen de una personalidad capaz de sostenerlo.
Desde entonces, el modelo, por haber sido exitoso, y por conectar con la nueva sociedad de hoy, comenzó a viajar y llegó a América Latina.
Javier Milei, en Argentina, entendió perfectamente ese nuevo lenguaje. Su campaña fue un espectáculo. En cierta forma, recogió elementos del modelo Trump. Sus mítines parecían más un show de rock que una concentración política: gritaba, saltaba, cantaba, insultaba a la llamada “casta” y convertía cada aparición pública en una escena destinada a ser reproducida por la televisión y, sobre todo, por las redes sociales. El hombre parecía un loco, pero un loco que captaba la atención de los argentinos.
Milei tenía ideas y propuestas concretas —algunas radicales y profundamente discutibles—, pero supo envolverlas en una personalidad que terminó siendo parte esencial de su producto político. No era solamente lo que proponía: era la manera en que lo decía, el personaje que representaba y su capacidad para convertir la indignación en espectáculo.
Y ahora aparece otro ejemplo . Abelardo de la Espriella representa una nueva versión latinoamericana de ese político que entiende que una elección también es un escenario. Su campaña se apoyó en una retórica agresiva, una imagen de outsider, una comunicación fuertemente personalista y una evidente admiración por Trump.
Cuando comenzó su campaña era prácticamente un desconocido y aparecía con números de un solo dígito. Sin embargo, mediante una combinación de provocación, extravagancia, espectáculo y ribete ideológico, consiguió convertirse en protagonista de la contienda. Su eventual triunfo por un margen inferior al uno por ciento demostraría que ese estilo no es simplemente una extravagancia de las redes sociales: puede convertirse en una fórmula electoral eficaz. Lo verdaderamente significativo es que no estaba llamado inicialmente ni siquiera a competir en igualdad de condiciones. De nuevo, el morbo del espectáculo consiguió imponerse a la lógica de las previsiones electorales.
Ahora bien, el problema es que los propios electores han convertido el espectáculo en mercancía política. Estamos premiando al que grita más fuerte, al que insulta mejor, al que provoca mayor indignación, al que consigue el video más compartido. La propuesta seria compite en desventaja con el escándalo.
El candidato ya no necesita solamente convencer al ciudadano; necesita capturar su atención. Y para conseguirlo puede recurrir al insulto, a la provocación, al escándalo, a la teatralidad o simplemente a la estridencia. En ese contexto, la campaña que mejor monta el show está llamada a captar rápidamente la atención y puede terminar siendo electoralmente exitosa.
Ese modelo, el del espectáculo estridente, ya llegó también a la República Dominicana. Nos sorprendió. Lo estamos viendo. Ojalá, sin embargo, que tarde un par de períodos en establecerse plenamente. Lo digo por lo dañino que es, pero también por una razón más personal: quisiera que mi generación no tenga que contemplar el día en que la estridencia, la vulgaridad y la mediocridad sean convertidas en virtudes electorales y terminen llevando a un candidato basura a la Presidencia de la República.
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