El pasado 3 de septiembre, quince estudiantes del grado en Derecho del Instituto OMG (IOMG) recibieron su título universitario como abogados. 

En verano de 2025, luego de algunos años retirada de la docencia, una llamada de la rectora Belkis Guerrero de Melo, fue suficiente para comprender mi compromiso con ella y regresar a las aulas, a pesar de las abrumadoras tareas extracurriculares en las que me encontraba inmersa en ese momento.

Parecía una ironía negarme a apoyarla en este emprendimiento tan importante para el IOMG, institución que tanto ha creído en mi cátedra, con la excusa de estar filmando una película sobre Pedro Henríquez Ureña.

Llevaba cerca de un lustro sin enseñar y una década sin hacerlo a bachilleres. El grupo, integrado por estudiantes de término que ya habían cursado asignaturas como Microeconomía y Macroeconomía, y con edad para ser mis hijos, me esperaba con un nuevo instrumento: la inteligencia artificial.

En el acto de investidura celebrado el pasado jueves, le confesé al vicerrector académico Eduardo Aquino, sentado a mi lado, que el primer día de clases con este grupo estuve tentada a llamarlo y pedirle una cita para discutir los criterios de enseñanza del nuevo grado. La razón fue que, desde aquellas primeras horas de docencia, los estudiantes abrieron un debate —respetuoso, pero contundente— sobre la necesidad del derecho de la competencia como parte de nuestro ordenamiento jurídico.

Confieso que mi primera reacción fue de inquietud y extrañeza. Medité sobre aquella posible conversación con Aquino y decidí no solicitarla. En lugar de ello, me dediqué a conocer y comprender mejor la dinámica del aula, cohesionada por un ánimo inquisitivo y un riguroso afán de investigación.

Para atraerlos a mis convicciones sobre la importancia de la asignatura, ensayé algunos pininos pedagógicos que Ernesto Sábato, y otros antiguos alumnos de preparatoria de Henríquez Ureña, recuerdan de su maestro. Don Pedro estructuraba un plan de estudios estratégico y robusto, establecía reglas de lectura y se dedicaba a escuchar a sus alumnos a exponer y debatir entre sí. Curiosamente, lo hacía con los ojos cerrados: casi parecía dormido —cuenta el escritor argentino—, pero escuchaba cada palabra y corregía erratas.

En mi caso, mantuve los ojos abiertos y revisé con autocrítica mi propio plan de estudios: una aproximación hermenéutica, dogmática y sistemática al derecho de la competencia, desde los días de los ferrocarriles decimonónicos hasta la era de las plataformas digitales, con la esperanza de estimular la curiosidad y el análisis. No estaba muy segura de que lo lograría.

En el proceso, aprendí a convivir con entusiasmo con los nuevos invitados al aula: Claude, Copilot, Gemini y ChatGPT. La inteligencia artificial es un ágil facilitador de fuentes e ideas, pero la experiencia humana del maestro ante el conocimiento es única en cada caso. Después de varias décadas de ejercicio profesional, tenía más de un relato original sobre la casuística de la materia.

Aun así, aprendí algo novedoso de mis alumnos del IOMG y de las memorias de discípulos de Henríquez Ureña, como Enrique Anderson Imbert y René Favaloro. No estaba allí para evangelizar a la primera cohorte de grado del IOMG acerca de mis convicciones sobre el derecho público, ni siquiera sobre la función del derecho de la competencia en el Estado social y democrático de derecho. Estaba allí para ofrecer una formación básica sobre la estructura de las ideas doctrinales, legales y judiciales precedentes, así como sobre sus tendencias de permanencia y variación en la nueva economía. 

Hacia el final del rodaje del documental “Mi Pedro”, este septiembre, ocurrió una de esas coincidencias mistéricas que Desirée Reyes y Franchesca Placeres, mis productoras, y yo hemos bautizado como “mensajes de doña Salomé”. La maestra Miguelina Ureña, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, tan dulce y persuasiva como Belkis, apareció en mi WhatsApp hace unas semanas para invitarme a impartir unas clases en Santiago de los Caballeros en octubre.

Mi plan de estudios siempre está en transformación, como la asignatura que facilito; pero este grupo del IOMG también me cambió a mí, como otros lo han hecho a lo largo de los años en UNIBE y la PUCMM. Lo comprendí cabalmente al escuchar el discurso de la graduada de honor, Gabriela Espinal Fermín.

La brillante egresada no habló de los grandes temas nacionales o mundiales, ni de proyectos de ley o fallos judiciales; habló de sí misma, de cómo ella y sus compañeros se transformaron durante estos años y de la incertidumbre del futuro al que se encaminan fortalecidos, confiados y agradecidos con sus padres, sus maestros y la institución universitaria. Enfatizó la conciencia de saber que ellos y otras personas importantes en sus vidas les han dado lo mejor de sí para ayudarlos a avanzar. Lejos de vaticinar, en nombre de sus compañeros, lo que les espera, hizo un modesto análisis de cómo la universidad, los estudios y sus propios compañeros cambiaron su vida.

Fue un discurso sencillo, maduro y sincero. Las palabras de Gabriela me sirvieron de confirmación y renovaron mi fe en el porvenir. Las nuevas generaciones se están haciendo las preguntas correctas para no perder su esencia humana, en un entorno donde el debate sobre las ideas de la filosofía jurídica queda cooptado por los factores reales de poder y el pensamiento crítico encuentra escasos espacios públicos de ventilación.

Me adhiero al mensaje dirigido a los graduandos por el fundador del IOMG, el maestro Leonel Melo. La profesión que compartimos habilita para desempeñar múltiples roles, incluso algunos que todavía no imaginamos en el futuro de la economía digital. El profesor invitó a los graduandos a mantener la curiosidad, la empatía y el compromiso, entre otros valores fundamentales.

También tuvo palabras para nosotros, los padres y maestros presentes en el acto: nos sugirió permitir que estas nuevas generaciones sometan a duras pruebas las ideas y los planes —originales y creativos en su momento— que aportamos en el pasado. Si se quiebran, nuestras vanguardias habrán cumplido su cometido. Si, por el contrario, en el examen de los nuevos transformadores del derecho alguna que otra noción conserva la firmeza de un principio o de una norma fundamental, la colectividad sabrá preservarla.

Los estudiantes de grado del IOMG, a quienes conocí en el verano de 2025 mientras en paralelo organizaba la preproducción del mencionado documental, me orientaron: el siglo XXI no admite evangelios jurídicos. En el caso de la asignatura en cuestión, la verdadera utopía a sugerir como misión profesional y humana consiste en buscar el punto de equilibrio entre el bienestar general y la justicia social en las relaciones de oferta y demanda.

En ese orden, invito a las autoridades que hoy discuten las leyes sobre defensa de la competencia y telecomunicaciones a leer las tesis de grado de los licenciados Claudé Curiel y Jaime Roca Pablo, así como la tesis de maestría de Brediana Reyes, mis alumnos del IOMG. Cada una aborda un tema relevante para la reforma del derecho dominicano de la competencia.

Hace treinta y nueve años, junto con un puñado de compañeros, formé parte de la primera cohorte de la Universidad Iberoamericana (UNIBE). Espero que algún remanente de aquella audacia juvenil me haya permitido conectar con mis alumnos y comprender el privilegio que me concedió el IOMG al integrarme al claustro de su primera cohorte.

Para ellos —Ana Peña, Diego Tupayachi, Claudé Curiel, Fiona Payano, Gabriel Díaz, Gabriela Espinal, Germayory Figueroa, Jaime Roca, Isabella Almánzar, Juan Geara, Liz Gómez, Milvio Coiscou, Miranda Lora, Pedro Nieto y Rosmery Florentino—, una idea final de Pedro Henríquez Ureña como obsequio de graduación:

“El ideal de justicia está antes que el ideal de cultura: es superior el hombre apasionado de justicia al que solo aspira a su propia perfección intelectual.”

—Pedro Henríquez Ureña, La utopía de América (1925).

Angélica Noboa Pagán

Abogada

Socia de la firma de abogados Russin, Vecchi & Heredia Bonetti, productora y guionista de Poncho Morado Films.

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