El 10 de octubre de cada año se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental. El lema de este año es “Escuchemos a las personas con experiencia vivida: voces reales, cambio real”.  Queremos dedicar este trabajo a Freddy Ginebra y a Tati Guzmán porque encarnan a la perfección lo que solicita el eslogan.

En nuestro artículo anterior señalamos que la salud mental es una necesidad de salud pública que debe comenzar en el hogar, las estancias infantiles, las escuelas, el trabajo y en  todo lugar donde confluya el conglomerado humano. De este modo, podemos aproximarnos a una robusta cultura de prevención, promoción del bienestar y  atención temprana. Un acucioso lector, al notar que solo identificamos los lugares y no las estrategias, nos escribió solicitando las recomendaciones. Hoy respondemos a esa solicitud.

Hablar de salud mental no implica mudar el diván al parque del barrio; significa entender que el bienestar psíquico se incuba, se protege o se destruye en los escenarios cotidianos donde las personas transcurren sus vidas. Para construir una auténtica cultura de la prevención primaria –aquella que impide la aparición del trastorno al modificar las condiciones del entorno- es indispensable desarrollar maniobras específicas en cada uno de estos ecosistemas vitales.

El hogar y la primera infancia:

La salud mental inicia en el vientre materno. Por ejemplo, el Síndrome Alcohólico Fetal es una condición que provoca secuelas físicas y mentales que son prevenibles si una mujer que  intenta concebir evita el consumo de alcohol. En el hogar, la prevención no se implementa mediante terapias, sino a través del desarrollo de vínculos afectivos y de apego. Mientras el primero es el lazo general de amor, empatía y cariño; el segundo  es un vínculo instintivo que se forma entre el niño y sus cuidadores principales en la búsqueda de protección, seguridad y regulación emocional.

Las  pautas de crianza positiva son otro elemento clave, ya que reducen el estrés tóxico en el hogar al fomentar un desarrollo emocional seguro. No obstante, esa prevención doméstica también exige dotar a los cuidadores de herramientas de regulación emocional para erradicar la violencia intrafamiliar, un estresor nocivo que altera el desarrollo neurobiológico infantil. Asimismo, la intervención temprana incluye la detección de la depresión posparto en las madres y la estimulación oportuna en la primera infancia. Un hogar preventivo es aquel donde el afecto es predecible y la validación emocional antecede al castigo.

Las estancias infantiles y la escuela:

Cuando el niño sale del hogar, el centro educativo se transforma en su principal espacio de socialización. Las estancias infantiles sientan las bases de la regulación emocional y la socialización temprana. Lo que se espera de la escuela es que se convierta en el escenario de detección temprana por excelencia, en un soporte psicosocial  y en el lugar donde el estudiante desarrolle el potencial de sus habilidades críticas para la vida.

La escuela es, después del hogar, el principal ecosistema de desarrollo. La UNESCO matiza que los centros educativos deben cumplir  cinco funciones esenciales para la salud mental: proveer un entorno seguro, ejercer un efecto compensador, fomentar la inteligencia emocional, articular la prevención y detección, y mantener una coordinación externa. Lograrlo  requiere de una responsabilidad compartida y de un enfoque colectivo e intersectorial. La familia y la escuela deben crear redes sólidas que protejan y sostengan el bienestar infantil de manera integral.

El entorno laboral:

El individuo pasa la mayor parte de su vida adulta en su lugar de trabajo, lo que convierte a estos espacios en un lugar crítico para la salud mental colectiva. El bienestar emocional de los empleados depende de entornos laborales que reconozcan los riesgos psicosociales y promuevan una cultura de respeto, inclusión y la adopción de políticas afines a la fidelización del colaborador. También se hace prevención en el trabajo cuando se audita la carga horaria, se garantizan salarios dignos, se lucha contra el acoso laboral y se mitiga el síndrome de burnout o desgaste profesional.

El barrio  y el espacio público:

El mapa de la prevención en los escenarios cotidianos se extiende también a la calle, el diseño urbano y la vida en los espacios comunitarios. Si bien el ruido, el caos urbano, el hacinamiento en las viviendas, las altas temperaturas, la pobre calidad del aire son  estresores del entorno que afectan el bienestar psicológico  de los ciudadanos, existen formas de combatirlos. El sector donde vivimos se   humaniza cuando hacemos vida comunitaria con los vecinos, participamos en la organización de la junta de vecinos y contribuimos a mitigar los estresores en el hábitat compartido para lograr una mayor cohesión social.

En resumen, estas recomendaciones de prevención primaria nos demuestran que la salud mental comienza y termina donde vive la gente.  Pasar a la acción urgente en cada rincón cotidiano es evitar que los entornos sigan enfermando a los ciudadanos. Humanizar nuestros espacios vitales y fortalecer la vida comunitaria es el camino para construir una sociedad verdaderamente sana.

En cada uno de los lugares descritos el rol individual y el colectivo debe ir acompañado de las Leyes y reglamentos que provee el Estado en su papel regulador.  Nada puede avanzar si la base de la construcción social no se establece desde la organización legal.

Al fin y al cabo, no podemos pretender sociedades cuerdas en entornos que enferman: curar nuestra mente implica empezar por sanar los lugares donde hacemos la vida.

Angel Almánzar

Trabaja Salud Mental

Trabaja Salud Mental. Pasado presidente de la Sociedad de Psiquiatría y pasado director de Salud Mental.

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