Introducción:

El telón se abre lentamente en estos días. Una luz fría ilumina una mesa oscura en el centro de la sala. La atmósfera es tensa, cargada de incertidumbre. Mapas del mundo y símbolos de poder flotan en sombras detrás de los interlocutores. Una voz en off anuncia:

"En un mundo donde la hegemonía de un coloso se repliega sobre sí misma, y los pactos de antaño se rompen por el egoísmo y la prisa, cuatro voces se reúnen para debatir el futuro y los límites de una conciencia moral hegemónica. Los cuatro jinetes son: Nostradamus, la profecía que mira más allá del tiempo; Maquiavelo, el maestro del poder y la estrategia; Henry Kissinger, el pragmatismo diplomático del presente; y Wang Huning, la visión de un mundo multipolar que se prepara para los movimientos de la historia."

La cámara (o la luz) se centra primero en Nostradamus, quien observa el horizonte invisible, como si pudiera ver los campos de ruina del mañana. Las sombras de los demás se proyectan detrás de él, como presagios de la discusión que está por comenzar.

Nostradamus (con voz grave, mirando al horizonte invisible):

“Veo un horizonte incendiado por la arrogancia. El Norte, abandonando pactos y alianzas, cree que la soledad de su áurea moral protege su corona. Pero sus actos no son neutros; cada decisión egoísta es un ladrillo en el muro que separa la paz de la guerra. Nuestros descendientes caminarán entre ruinas que hoy no quieren mirar. La arrogancia actual será la ceniza del mañana.”

(Una pausa cargada. Maquiavelo se adelanta y sus palabras cortan la tensión, retando la visión profética.)

Maquiavelo (interrumpiendo, con ironía contenida):

“Usted habla de predestinación, Nostradamus, pero la historia no es un destino, es un tablero de ajedrez. No todo acto egoísta conduce al desastre; algunos consolidan poder, pero el riesgo crece cuando el cálculo se descoordina. La prudencia sigue siendo la virtud del poder.

(Su mirada se desplaza hacia Kissinger, como esperando confirmación.)

“Si un príncipe se aísla, no es locura; es un movimiento calculado. El verdadero riesgo aparece cuando otros interpretan esa soledad como debilidad. La guerra futura no es un acto del cielo, sino la reacción de quienes sienten vacíos de poder que deben llenar.”

(Nostradamus da un paso adelante, su tono se endurece, conectando directamente con la advertencia de Maquiavelo.)

Nostradamus (respondiendo con urgencia, mientras golpea la mesa con la palma):

“Pero es precisamente esa ceguera la que desata el desastre. Los movimientos que usted llama ‘estrategia’ pueden ser semillas de una conflagración que ni el cálculo más astuto podrá detener. La profecía no dicta, pero advierte y divierte: el egoísmo de hoy es la guerra de mañana. Los campos de ceniza no son futuros: ya son presentes invisibles.

(Kissinger se inclina hacia adelante, su voz calma y ancha, pero cargada de ironía como él, enlaza la advertencia profética con su análisis diplomático.)

Kissinger (añadiendo pragmatismo duro y pelado):

“Y aquí está la trampa: una nación que privilegia intereses inmediatos y se retira del compromiso global genera desconfianza.

Las alianzas rotas no se olvidan; se transforman en rencor acumulado. Lo que usted llama profecía, Nostradamus, es consecuencia política: erosiona la estabilidad, siembra inseguridad y prepara el terreno para conflictos futuros, aunque nadie los declare.

(Una vez que se apaga en la sala el opaco eco cargado del acento germano característico del admirado inmigrante naturalizado estadounidense, Maquiavelo sonríe levemente y –como quien pide permiso, pues nunca lo ha hecho– retoma la palabra, no sin antes hacer un gesto de complicidad con lo dicho.)

Maquiavelo (interviniendo con ironía calculada):

“Entonces vemos que la profecía y la diplomacia se encuentran: los hombres hacen, los dioses observan. Pero recuerden, la audacia y la prudencia del Príncipe determinan si el tablero arde o se mantiene.

(Pausa dramática; mira a Kissinger.)

“Pero recuerden, no todos los movimientos egoístas conducen al desastre. El príncipe —o la potencia— debe equilibrar audacia y prudencia: un paso en falso y el tablero entero se incendia, como usted prevé, Nostradamus.”

(Wang Huning se incorpora lentamente; su voz grave resuena en el silencio, conectando la visión de Maquiavelo y Kissinger con la perspectiva global.)

Wang Huning (con voz firme):

“Lo que aquí describen no es solo un riesgo, es un patrón que la historia multipolar entiende muy bien. El aislamiento unilateral es combustible lento, invisible, que prepara conflagraciones.

(Sus ojos entrelazan a todos.)

Cuando un coloso se aísla, los demás reajustan su estrategia, consolidan alianzas, buscan alternativas. La guerra no nace de un choque inmediato, sino de décadas de desconfianza y resentimiento acumulado. El aislamiento unilateral es combustible para la conflagración futura.”

(Nostradamus da un paso atrás; respira hondo, y su voz crece, uniendo todas las voces previas en un grito profético.)

Nostradamus (alzando la voz, conectando los argumentos):

“Entonces lo escuchan claramente: el egoísmo que usted llama estrategia, Maquiavelo, así como el cálculo pragmático que Kissinger menciona, y que Wang Huning confirma desde la perspectiva universal, todo eso apunta en dirección de un conflicto que los vivos podrían prevenir, pero que los ciegos provocan. Nuestros sucesores heredarán campos de sombra y ceniza.”

(Kissinger hace un gesto lento con la mano, marcando la gravedad del momento.)

Kissinger (cerrando con ironía sombría):

“Precisamente. La guerra de la que hablamos no será inmediata, pero será inevitable si los líderes actuales no reconocen que la fuerza sin comunicación es un riesgo, y el poder aislado es una invitación al desastre. La estabilidad no es natural: se construye, se negocia, se anticipa.”

(Maquiavelo se inclina ligeramente hacia adelante; sus palabras son un susurro cargado de una advertencia final.)

Maquiavelo (con tono final, entre advertencia y desafío):

“Que quede claro: no es destino, es causa y efecto. La ambición desmedida, la falta de prudencia y el abandono de aliados pueden convertir cualquier hegemonía en un espectáculo de ruinas. La guerra futura no será accidental, será obra de la ceguera estratégica de quienes hoy gobiernan.”

(Finalmente, Wang Huning alza la cabeza, cerrando el ciclo con una voz resonante que resuena en toda la sala.)

Wang Huning (conclusión y firme):

“Y los familiares y parientes escucharán la historia de cómo la arrogancia aisló al mundo. Ellos cargarán con los resultados de la soledad de los poderosos. La lección es simple, pero difícil: ningún poder es autosuficiente, y la paz solo se mantiene cuando se respeta la interdependencia.

En su defecto, nuestros descendientes tendrán que pelear, como soldaditos con plomo. Mientras tanto, los tambores resuenan ya, desordenados, sin ritmo común, y comienza a escucharse el crujir de dientes de nuestros propios nietos.

(La luz cambia imperceptiblemente. Los mapas del mundo que flotaban detrás ahora aparecen fragmentados, como si las fronteras se deshicieran. Una figura emerge desde la penumbra: Thomas Hobbes. No trae espada ni corona; trae un libro cerrado. El silencio pesa.)

Hobbes (con voz seca):

“Escucho hablar de guerra futura como si aún existiera el marco que la hacía comprensible. Pero olvidan algo esencial: la guerra no es solo combate; es una condición. Porque ‘durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los mantenga a todos bajo control, se encuentran en esa condición que se llama guerra… una guerra de todos contra todos’”.

(Levanta el libro, sin abrirlo.)

“Cuando no hay un poder común que infunda temor, cuando no existe una referencia normativa aceptada, los hombres —y los Estados— no están en guerra abierta, pero viven en ella. Desconfían, se arman, anticipan. Eso es el estado de naturaleza.”

(Mira a Kissinger y a Maquiavelo.)

“El Leviatán no es moral, es funcional. Sin él, no hay reglas, solo fuerza.”

(Nostradamus inclina la cabeza, como si la profecía encontrara sustento teórico.)

Nostradamus (con gravedad renovada):

“Entonces lo que vi no era solo fuego futuro, sino ausencia presente. No la guerra que estalla, sino el orden que se desvanece. El miedo organiza la acción, aunque no crea leyes.

Maquiavelo (frunciendo el ceño, incómodo):

“Pero incluso sin Leviatán, el poder sigue calculando. Los príncipes no actúan en el vacío.”

Hobbes (interrumpiendo, con frialdad):

“Actúan en el miedo. Y el miedo no organiza, solo empuja.”

(En ese instante, una nueva figura entra en escena. No viste toga ni traje oscuro clásico. Su tono es sobrio, casi administrativo. Es un primer ministro norteamericano, representante de países de talla media.)

Primer Ministro (con voz contenida, sin retórica):

“Para nosotros, esta no es una transición del orden mundial. Es su ruptura.”

(Pausa. La palabra “ruptura” queda suspendida en el aire, sin otro aval que la verdad.)

“No estamos pasando de un sistema a otro. Estamos en medio de una quiebra, perdiendo el sistema como referencia. Las reglas que protegían a los países que no somos imperios dejan de operar. No negociamos el nuevo orden; lo padecemos. Y, sin un Leviatán global, no hay contrato: solo imposición.

(Wang Huning observa con atención. Kissinger ajusta sus lentes.)

Wang Huning (asintiendo lentamente):

“Cuando el centro se fragmenta, los márgenes quedan expuestos.”

Primer Ministro (retomando):

“Exactamente. Para los países medios, el multilateralismo no era idealismo, era supervivencia. Sin normas, sin árbitros, la política internacional deja de ser diplomacia y se convierte en jerarquía desnuda.”

(Mira directamente a Hobbes a los ojos.)

“Y sin Leviatán global, no hay contrato, solo imposición.”

Hobbes (con tono definitivo):

“Así es. El derecho existe solo donde hay poder que lo respalde. Sin orden, la justicia no desaparece: se vuelve irrelevante.”

(Kissinger interviene, con una gravedad distinta a la anterior.)

Kissinger:

“Esto explica algo que muchos se niegan a aceptar: la guerra futura no será declarada. No habrá reglas claras, ni victorias formales. Será fragmentaria, asimétrica, sin final.”

(Nostradamus avanza un paso, pero esta vez no habla como profeta, sino como testigo.)

Nostradamus:

“Entonces mis visiones no eran batallas épicas, sino abusos silenciosos. No guerras entre iguales, sino castigos.”

(Wang Huning cierra el círculo.)

Wang Huning:

“Esto nos devuelve a una verdad antigua.”

(Mira a todos.)

“Cuando el orden se disuelve, no emerge inmediatamente otro. Hay un vacío. Y en ese vacío, los poderosos no negocian. Los demás soportamos.”

(El primer ministro completa la idea, con una cita que pesa como sentencia.)

Primer Ministro:

“Como dijo Tucídides: los fuertes hacen lo que pueden, los débiles soportan lo que deben.”

(Pausa larga. El eco de la frase recorre la sala.)

Hobbes (Con tono final, casi susurrado.)

“Eso no es guerra justa ni injusta. Es simplemente el estado de naturaleza entre Estados.”

Y en ese escenario, la virtud política pierde sentido. No hay equilibrio posible cuando el tablero mismo se rompe y solo queda el crujir de dientes de nuestros hijos y nietos.”

(Maquiavelo sonríe apenas, pero ya no con ironía.)

Maquiavelo

“El vacío no produce equilibrio, sino pura asimetría. No estamos ante una transición ordenada, sino ante una ruptura del orden internacional. Y nuestros nietos no heredarán guerras comprensibles, sino un mundo donde la fuerza ya no se explica, solo se ejerce.”

Nostradamus (Cerrando, con voz más grave que profética, pero algo inseguro de lo que quiere concluir luego de tantos pareceres):

“Cuando los mandamases de este mundo no logran contratos sociales legítimos entre sí, Tucídides deja de ser historia y vuelve a ser diagnóstico de los principales males de nuestras ciudades y naciones.”

(Las luces atenúan su intensidad…)

“Es entonces que, en el teatro de este mundo, la virtud política pierde sentido. No hay equilibrio posible cuando el tablero del juego se rompe y los mapas son violentados, por aire, tierra y mar. Nuestros nietos no heredarán victorias ordenadas, sino sombras y cenizas. La guerra no será anunciada, pues ya late en el aire, como tambores de plomo que nadie puede silenciar.

(Y solo queda en escena el sonido lejano de tambores desordenados y el eco perceptible del crujir de dientes de los hijos y nietos de la última generación humana.)

Fernando Ferran

Educador

Profesor Investigador Programa de Estudios del Desarrollo Dominicano, PUCMM

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