La psiquiatría contemporánea enfrenta una doble crisis: epistemológica y práctica. Existe una inconformidad creciente con el modelo biomédico hegemónico y una evidente inconsistencia en sus categorías diagnósticas, las cuales colisionan constantemente con la inevitable multidimensionalidad del sufrimiento humano. Como bien plantea el psiquiatra Alfredo Calcedo, inspirándose en Edgar Morin, una “reforma del pensamiento” es la condición ineludible para rescatar la práctica clínica.
El enemigo: El paradigma de la simplificación
Para entender el pensamiento complejo, primero debemos mirar a su enemigo: el paradigma de la simplificación. Este modelo tradicional desarticula la realidad a través de tres pilares interconectados. El primero es la Disyunción, que aísla los elementos e ignora sus conexiones. El segundo es la Reducción, que pretende explicar el todo desarmando sus partes, mutilando la diversidad y lo impredecible. El tercero es la Generalización (o principio hologramático), que nos recuerda que lo particular y lo general se co-producen: no se comprende la parte sin el todo, ni el todo sin sus partes.
La psiquiatría, en su empeño por legitimarse como una ciencia médica exacta, cayó en esta trampa simplificadora. Su modelo dominante, el biomédico, representa la reducción; mientras que instrumentos como el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) y la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE), operan bajo la lógica de la disyunción. Este doble movimiento ha permitido a la psiquiatría alcanzar un estatus de aparente objetividad, pero a costa de mutilar la complejidad del sufrimiento psíquico.
El mito del marcador biológico único
Hoy, la salud mental se concibe casi exclusivamente como la ausencia de enfermedad física o química cerebral. Se busca una causa última –un neurotransmisor alterado o un gen defectuoso- mientras los factores psicológicos, sociales, biográficos y contextuales son relegados a un segundo plano, considerados como epifenómenos o, en el mejor de los casos, como desencadenantes de fondo de una vulnerabilidad biológica subyacente. No obstante, la evidencia es contundente: tras décadas de intensas y millonarias investigaciones y avances tecnológicos, la ciencia no ha logrado identificar un solo marcador biológico inequívoco para ninguno de los trastornos mentales catalogados. La promesa de la genética psiquiátrica ha fracasado al intentar forzar una causalidad lineal en una red humana profundamente compleja. Al buscar una causa única y material, el modelo biomédico ignora la multicausalidad y la compleja red de interacciones que constituyen el sufrimiento humano, un fenómeno que es a la vez biológico, psicológico, social e histórico.
Un diccionario que fabrica etiquetas
Si el modelo biomédico es la representación del reduccionismo, los manuales diagnósticos citados son los abanderados de la disyunción o separabilidad. Su sistema categorial fija una división rotunda entre lo “normal” y lo “patológico”, a la vez que fracciona el campo de lo patológico en otros muchos “trastornos” supuestamente independientes, ignorando la naturaleza dimensional al aislar los síntomas del contexto vital del individuo, despojando la lista de criterios del contexto biográfico, de la historia personal y social del sujeto. Con esto se ha producido un aumento exagerado de condiciones diagnósticas hasta el punto de correr el riesgo de patologizar experiencias humanas normales, como el duelo por la pérdida de un ser querido. Esto ha traído como consecuencia, una mayor medicalización de la vida cotidiana con el consiguiente aumento de “enfermos mentales” en la población general.
La psiquiatría, en su búsqueda de legitimar su cientificidad, ha impulsado la necesidad de aumentar la fiabilidad diagnóstica a costa de sacrificar la validez humana. Y lo ha hecho al buscar la simplificación, aunque sea artificial y no capture la realidad. Y aunque se escuda en la claridad de un lenguaje común y una aparente objetividad, lo cierto es que se ha convertido en un “diccionario que crea etiquetas y las define”, en lugar de una verdadera nosología que abrace y articule la complejidad del sufrimiento humano.
Hacia una psiquiatría humana y relacional
Superar este enfoque simplista no significa destruir la psiquiatría, sino “religar” sus saberes fragmentados. El diagnóstico no puede ser una sentencia o un recetario; debe ser una hipótesis dinámica construida en el diálogo permanente entre el médico y el paciente. Solo así, integrando la incertidumbre y entendiendo el modelo biopsicosocial no como una suma de factores, sino como un sistema vivo, la psiquiatría recuperará su verdadera esencia: una disciplina profundamente integradora, reflexiva y, ante todo, humana.
Calcedo, Alfredo. 19 octubre 2025. El pensamiento complejo de Edgar Morin como paradigma para la psiquiatría contemporánea. Blog Alfredo Calcedo Psiquiatra. Alfredocalcedo.net.
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