Hace veinte años, cuando el temor al terrorismo alcanzaba su punto álgido, la palabra de moda en el ámbito de la seguridad era "radicalización". Circulaban historias constantes sobre jóvenes confundidos que acudían al internet y entraban en cámaras de eco donde todos respaldaban la violencia y después emergían como terroristas. Los servicios de inteligencia comenzaron a dedicar su tiempo a localizar a aquellos que se habían radicalizado. Poco a poco, el concepto se hizo tan conocido que se le dio un nuevo uso, como en la frase: "Fox News radicalizó a mi abuelo".
Ahora nos estamos percatando de que la "radicalización" también puede aplicarse a los líderes mundiales. Esto debería haber resultado obvio desde hace mucho tiempo. "Se podría describir todo el siglo XX como la historia del auge y la caída del extremismo de Estado", escriben Beatrice de Graaf y Niels Drost en su nuevo libro en neerlandés sobre Vladimir Putin, "Poetins tsaristische droom" (El sueño zarista de Putin). Putin, Donald Trump y Elon Musk constituyen estudios de caso recientes de radicalización hacia la violencia. Las radicalizaciones individuales impulsan la historia en nuestra era actual, en la que la típica gran potencia es gobernada por un anciano capaz de radicalizar a sus propios seguidores. Probablemente nadie desde Stalin ha ejercido tanta fuerza militar de manera unipersonal como lo hacen hoy Putin y Trump.
De Graaf y Drost rastrean la radicalización de Putin a través de sus propias palabras. Resulta útil que Putin, al igual que muchos terroristas intelectualmente ambiciosos, haya publicado un manifiesto en línea: un ensayo de 6800 palabras titulado "Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos", en el que sostiene que ambos constituyen "un solo pueblo".
Putin parece haber evolucionado de ser un simple y maquiavélico estafador para convertirse en un extremista sincero. Una vez más —al igual que muchos terroristas—, cimentó sus creencias, en parte, sobre fragmentos religiosos mal digeridos. Presenta a los rusos como "los verdaderos cristianos", habitantes de "la Tercera Roma". En 2018, afirmó que cualquiera de ellos que muriera a causa de armas nucleares extranjeras "iría al cielo como mártir". Un mes después del inicio de la invasión a gran escala de Ucrania en 2022, instando a los soldados rusos a sacrificarse, citó a Jesús: "Nadie tiene mayor amor que este: dar la vida por sus amigos". Putin puede creer en esta misión y, al mismo tiempo, bombardear iglesias ortodoxas ucranianas, ya que la mente es algo flexible. La Iglesia ortodoxa rusa contribuye a radicalizar a la población; en 2024, anunció que Putin estaba librando una "guerra santa".
Casi al mismo tiempo que Putin, Musk se estaba "radicalizando en su propia plataforma" —X— escribe Sander van der Linden, psicólogo de la Universidad de Cambridge. Tal como informó The Wall Street Journal, Musk aumentó su volumen de publicaciones de nueve al día en 2019 a 61 para 2024, terminando inmerso en una cámara de eco extremista en línea. Ha advertido reiteradamente sobre la violencia contra los blancos y, el pasado septiembre, declaró por videoconferencia ante un mitin de la extrema derecha británica: "La violencia se cierne sobre ustedes. O se defienden o mueren". Él, a su vez, puede radicalizar a algunos de sus 238 millones de seguidores.
En los últimos meses, Trump también se ha radicalizado hacia la violencia. Tras años de oponerse a la intervención militar, envió a la Guardia Nacional a múltiples ciudades de EE. UU. y atacó a Venezuela y a Irán. Mientras amenazaba a Groenlandia, explicó que, después de que Noruega "decidió no otorgarme el Premio Nobel de la Paz por haber detenido 8 guerras —y más—, ya no siento la obligación de pensar puramente en la paz".
Trump parece haber llegado a identificar el poder del ejército estadounidense con su propia fuerza personal. Por ejemplo, en septiembre, antes de enviar tropas a Chicago, publicó una imagen de sí mismo caracterizado como el teniente coronel Bill Kilgore, de la película Apocalypse Now, frente al horizonte de Chicago en llamas, acompañada de las siguientes palabras: "Me encanta el olor a deportaciones por la mañana. Chicago está a punto de descubrir por qué se llama el Departamento de GUERRA". Ha presentado a las fuerzas armadas como su instrumento personal de represalia contra Irán: "Abran el estrecho, malditos locos, o acabarán viviendo en el infierno". Contrasta esto con el lenguaje colectivista de los presidentes estadounidenses del pasado, quienes hablaban de "nuestras tropas".
Al igual que Putin, Trump ha comenzado a utilizar mensajes de índole religiosa. Más allá del meme generado por inteligencia artificial (IA) en el que aparecía con el aspecto de Jesús —el cual eliminó posteriormente (alegando que creyó que representaba la figura de un médico)—, también ha publicado imágenes de sí mismo en compañía de Jesús, así como otra en la que figura como el "Papa Donald". Como suele ocurrir con Trump, sus seguidores siempre pueden alegar que simplemente estaba provocando; o bien que sus críticos son incapaces de reconocer el sentido del humor del presidente.
Los teóricos de las relaciones internacionales tienden a asumir que los estados persiguen sus propios intereses. Ese enfoque funcionaba cuando la política exterior era elaborada por comités: el Politburó soviético, el equipo de John F. Kennedy durante la crisis de Cuba o los funcionarios durante el imperio británico moviendo navíos sobre un mapa. Sin embargo, en el mundo actual, los servicios de inteligencia necesitan volver a estudiar la psicología de la radicalización individual.
(Simon Kuper. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web).
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