Escribir es meditar, la suprema ponderación de lo que se dice conocer por vivir, sensibilidad e intuición; además magia blanca o prieta, en su ascensión más ritualista, especulativa, que se desvela en signos, de ahí que, meditar es igual a poesía.
Lo que podría deducirse que solo se medita al poema en el acto de escribir,
la creación del poema. En poesía es la ortografía del ser.
Escribir es “comprender” y a la vez situar (lo escrito) en las coordenadas de la
sensibilidad bien dirigida, siempre y cuando no se esté (en el caso del poeta)
escribiendo lo mismo, creyendo que hace algo diferente, aunque se diga
que en toda la vida de un poeta escribe el mismo poema, una misma variación
sobre el mismo tema o asunto. Eso pasa cuando se aferra a una sola línea de
creación, que se convierte en una técnica consciente, para su desvelo.
Lo que se medita (es decir, traducir los pensamientos) son las palabras, sus
“almas” al escribirse el poema, pues las palabras siempre poseen más de un
significado, es decir, más de un alma. El meditar son los artefactos del producto
“final”, que es el poema, que tiene que ver con la experiencia del ser en
ebullición, contrario a los poemas que no se meditan, que son los que no se
dejan guiar por la intuición creadora, que llegan en desbandada. Los de las
meditaciones llegan en vuelo pausado como la respiración ante el agua
fluyendo.
Se escribe para delimitar y definir experiencias supremas de las vidas que se transitan, que se han vivido, que se piensan vivir plasmándose, primero en el cuerpo, luego en los caracteres de la personalidad psíquica que definen un existir como la piel del universo.
No bien se empieza a escribir el poema se busca identificar las palabras-símbolos, para plasmarlas en la superficie en blanco que, aunque no se comprendan o no se puedan explicar, conscientemente, en principio, definen lo que no conocemos de nosotros mismos, de las cosas que contemplamos con el cuerpo psíquico, que luego se constituirán en una simbología personal, el nombre de las cosas que proporcionaran el goce, cual río, madrugadas, árboles, gentes, creencias ante el cielo abierto a transitar en los caminos de la vida interior como exterior de las dos ciudades que habitan los sentimientos que se alcanzan a ver (en la memoria) de tal o cual sentir.
Todo lo concerniente al proceso evolutivo accidental, que es el vivir desde la adolescencia, después o antes que, de acuerdo a la personalidad psíquica del individuo se empiezan a comprender las pasiones del cuerpo envuelto en una mente en ebullición. Buscando meditar el proceso de la percepción, tanto visual como de la memoria termina siendo más poesía que prosa. La prosa es del pensamiento más consciente, con sus excepciones, entendiéndose por conciencia comprender, buscar explicación.
El verso es de las sensaciones, ¿puras? y las sensaciones siempre se expresan en caos que hay que ordenar simbólicamente; con la prosa no, aun se piense que llegan desordenadamente, no es así; llegan en un orden, en una sintaxis lógica, que hay que aprender a entender paso a paso; contrario a la poesía, donde el entendimiento siempre está nublado, repleto de temblores acuciantes, sin paz interior, que es con el que se consigue transmitir la paz al exterior.
La poesía no busca demostrar nada, solo denunciar el caos en imágenes, en metáforas de la sintaxis del aire, del agua, del viento, del fuego, que viene siendo el “mundo” donde está situado el volcán y al erupcionar la lava toque al cuerpo astral de los sentidos, que es el poema en su contradicción u orden interno. El sentido de orientación, su sintaxis, es cósmica, aun el canto sea a un grano de maíz.
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