Un comentario resonó en el fondo del salón de clases: ¡Señores, la nueva moda de ahora, los Therians! Al observar alta preocupación en mis estudiantes de la escuela de laicos ante dicho fenómeno, me detuve a reflexionar, no sobre el hecho en sí, al menos todavía, sino más bien en la moda como tal. Con los filósofos George Simmel y Jean Baudillard, podemos acercarnos a la realidad de la moda, estudiándola en la sociedad actual y proporcionando una respuesta desde la antropología cristiana.
La moda, lejos de ser un fenómeno superficial, constituye una forma privilegiada de interpretación de la modernidad. Desde la sociología clásica de Georg Simmel hasta la crítica posmoderna de Jean Baudrillard, la moda ha sido entendida como un espacio donde se articulan tensiones profundas entre individuo y sociedad, realidad y representación, autenticidad y simulacro.
En el contexto de la cultura digital dominicana, marcada por la viralidad, la exposición constante y la búsqueda de reconocimiento, estos marcos teóricos adquieren renovada vigencia.
Simmel: moda como tensión entre imitación e individualización
Para Simmel, la moda es una “forma social” que expresa la tensión estructural entre dos impulsos humanos fundamentales: la necesidad de pertenecer y el deseo de diferenciarse. La imitación proporciona seguridad psicológica y cohesión grupal; la diferenciación, en cambio, permite la afirmación del yo. Muchos jóvenes se visten de animales, sin ningún tipo de estética, pero sí buscando reconocimiento dentro de un grupo, por un lado y la diferenciación por otro.
En su análisis, el filósofo alemán sostiene que la moda surge principalmente en contextos modernos urbanos, donde el anonimato y la movilidad social favorecen la experimentación identitaria. Las clases superiores generan estilos que luego son imitados por las inferiores, pero cuando la imitación se generaliza, la élite abandona el estilo y produce uno nuevo.
Un aspecto crucial en Simmel es la arbitrariedad de la moda, ya que esta no responde necesariamente a criterios estéticos o funcionales, sino a necesidades sociales formales. Incluso lo “feo” o lo irracional puede imponerse si cumple la función de diferenciar e integrar simultáneamente. La moda, por tanto, revela la estructura psicológica de la modernidad.
Baudrillard: del signo a la hiperrealidad
Baudrillard radicaliza esta lectura en el contexto del capitalismo tardío. Para él, ya no vivimos en una economía de producción, sino de signos. Los objetos, y por extensión la moda, no se consumen por su utilidad, sino por su valor simbólico dentro de un sistema de diferencias. El consumo se convierte en un lenguaje y la experiencia real se subordina a la imagen. Así lo importante no es el evento como tal, sino que pueda ser representado en las redes.
En su teoría del simulacro de 1981, Baudrillard sostiene que los signos ya no remiten a una realidad previa, sino que producen una hiperrealidad: una representación que sustituye lo real. La moda no solo diferencia; construye identidades flotantes que existen principalmente como imagen.
Si Simmel describe el mecanismo social de la moda, Baudrillard analiza su etapa hipermediática. O sea, cuando la identidad ya no se negocia en círculos sociales relativamente delimitados, sino en redes globales donde la visibilidad es el capital principal.
Cultura digital actual: visibilidad, viralidad y pertenencia
En la República Dominicana y la sociedad en general, la cultura digital ha intensificado los procesos descritos por ambos autores. Plataformas como Instagram, TikTok o YouTube funcionan como espacios de validación social inmediata. La moda ya no se limita a la vestimenta: incluye lenguaje, gestos, música, estética corporal y estilos de vida.
Desde una lectura simmeliana, observamos claramente la tensión entre imitación e individualización. Jóvenes buscan “ser originales”, pero dentro de tendencias previamente establecidas. La viralidad acelera el ciclo porque una estética puede popularizarse en cuestión de horas y perder su valor diferenciador de la misma manera.
Desde Baudrillard, este fenómeno revela algo más profundo: la identidad digital se convierte en simulacro. El “yo” presentado en redes no necesariamente refleja la interioridad del sujeto, sino que responde a expectativas algorítmicas. La autenticidad se sustituye por performatividad donde las acciones de ciertas prácticas generan realidades que antes parecían imposibles.
En este contexto, la moda ya no distingue clases sociales en sentido tradicional, sino niveles de visibilidad. El capital simbólico se mide en seguidores, “likes” y viralidad. La pertenencia no depende tanto de posición económica como de presencia mediática. Aquí lo importante no es ¿quién soy?, sino, ¿cómo me perciben? No se busca la coherencia, sino el alcance.
Antropología cristiana: identidad, libertad y comunidad
Frente a estas dinámicas, la antropología cristiana ofrece un marco crítico y propositivo. La tradición cristiana afirma que la identidad humana no se funda en la aprobación social, sino en la filiación: el ser humano es imagen de Dios (Gn 1,27) y encuentra su plenitud en la comunión con Él y con los demás.
Desde esta perspectiva, la tensión descrita por Simmel puede interpretarse como expresión de una verdad antropológica: el ser humano es simultáneamente relacional e irrepetible. La pertenencia no anula la individualidad, la comunidad auténtica la potencia. El problema surge cuando la imitación sustituye la interioridad o cuando la diferenciación se convierte en narcisismo.
La crítica de Baudrillard también encuentra resonancia teológica. Si la cultura digital produce simulacros, la fe cristiana invita a la autenticidad del corazón. Jesús denuncia la apariencia vacía y llama a la coherencia entre interior y exterior (Mt 23,27). La identidad no puede reducirse a representación.
En la realidad dominicana, se hace necesario formar sujetos capaces de habitar las redes sin perder su centro interior. La moda puede ser expresión legítima de creatividad y pertenencia; pero necesita un fundamento ético y espiritual que impida la disolución del yo en el espectáculo. Ante las manifestaciones de las nuevas modas, las familias deben resistir y luchar por la conformación de la identidad personal de los niños a temprana edad, el Estado debe plantearse políticas tendentes a la creación de personas robustas en su interior; y la Iglesia, por medio de su doctrina antropológica, potenciar la cercanía y acompañamiento de los procesos colectivos e individuales.
En una cultura digital dominicana donde la identidad contemporánea oscila entre integración y simulacro, la antropología cristiana recuerda que la dignidad personal precede a toda tendencia. En una época “nerviosa” y acelerada, donde la moda cambia al ritmo del algoritmo, la verdadera originalidad no consiste en destacar más que otros, sino en ser plenamente uno mismo ante Dios y en comunidad. Ante esta realidad, el peligro es que la sociedad siga pariendo ciudadanos que no saben quiénes son, de dónde vienen, ni mucho menos, a dónde van.
Mi respuesta a los alumnos en el salón de clases, tal vez un tanto apresurada fue, veremos cosas insospechadas. Pero si las personas no tienen identidad clara, las modas serán tan cambiantes como las manecillas del reloj.
Compartir esta nota