La humanidad está entrando en una nueva etapa de la historia. Ya no se trata solamente de quién posee más territorio, más petróleo, más armas nucleares o más capacidad industrial. El nuevo campo de batalla estratégico es la Inteligencia Artificial (IA).
Estados Unidos y la República Popular China se encuentran inmersos en una competencia tecnológica que abarca los semiconductores, los centros de datos, la energía, los modelos de Inteligencia Articial, la computación avanzada, la robótica y las aplicaciones militares. La propia Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno estadounidense (GAO) describe la situación como una competencia global por las capacidades de inteligencia artificial.
Pero detrás de esta disputa existe una pregunta mucho más profunda:
¿Quién controlará la tecnología que puede transformar radicalmente la producción, el trabajo, la educación, la guerra, la información y hasta la manera en que los seres humanos toman decisiones?
Esa es la pregunta que debería preocupar a toda la humanidad.
No estamos ante una simple competencia tecnológica
Presentar la confrontación entre Washington y Beijing como una carrera por fabricar mejores programas informáticos sería reducir un fenómeno histórico de enormes dimensiones.
La IA necesita chips, enormes cantidades de energía, centros de datos, infraestructura digital, grandes volúmenes de información y capital financiero. Por eso, la disputa tecnológica se extiende también hacia los semiconductores, las cadenas de suministro, las fuentes energéticas y las redes internacionales.
Estados Unidos ha utilizado controles a la exportación de chips avanzados y tecnología de fabricación de semiconductores para limitar las capacidades chinas, mientras China desarrolla políticas destinadas a fortalecer su autonomía tecnológica.
China, por su parte, ha colocado la IA en el centro de su estrategia de desarrollo. Su programa de “IA+” plantea extender la inteligencia artificial a la ciencia, la industria, el consumo, los servicios públicos, la gobernanza y otros ámbitos de la sociedad, con objetivos de expansión hasta 2035.
Por tanto, no estamos simplemente ante una guerra comercial. Estamos ante una disputa por el dominio de una tecnología que puede convertirse en infraestructura fundamental de la sociedad.
Del poder sobre las máquinas al poder sobre la sociedad
Aquí aparece una cuestión que desde una perspectiva de izquierda y progresista no podemos ignorar.
Durante la Revolución Industrial, quien controlaba las fábricas controlaba una parte fundamental de la producción. En la era digital, quien controla los datos, los algoritmos, los chips, los modelos de IA y la infraestructura computacional adquiere una capacidad extraordinaria para intervenir sobre la producción y sobre la vida social.
Carlos Marx hablaba del “intelecto general” como conocimiento social acumulado que se incorpora al proceso productivo. La inteligencia artificial lleva esta contradicción a un nivel completamente nuevo.
El conocimiento producido durante generaciones por científicos, trabajadores, universidades, programadores y sociedades enteras puede terminar concentrado en sistemas tecnológicos controlados por un reducido número de Estados y grandes corporaciones.
Aquí aparece una pregunta esencial:
¿Puede el conocimiento de la humanidad convertirse en propiedad privada de unos cuantos gigantes tecnológicos?
La discusión no puede limitarse a cuánto dinero ganará una empresa de IA.
Debemos preguntarnos quién posee la infraestructura, quién controla los datos, quién decide los algoritmos, quién se beneficia de la productividad y quién paga los costos sociales de la automatización?.
La IA puede liberar al ser humano… o profundizar su explotación
La inteligencia artificial no tiene necesariamente un significado emancipador ni necesariamente un significado opresivo.
Su impacto dependerá de las relaciones sociales bajo las cuales sea desarrollada y utilizada.
Una IA puesta al servicio de la humanidad podría contribuir a combatir enfermedades, mejorar la educación, aumentar la productividad, facilitar investigaciones científicas y liberar a millones de personas de trabajos repetitivos y agotadores.
Pero bajo relaciones dominadas por la concentración económica, también puede convertirse en un instrumento extraordinario de vigilancia, precarización laboral, manipulación informativa y acumulación de riqueza.
El problema, entonces, no es solamente la máquina.
El problema es quién posee la máquina y para qué intereses la utiliza.
La amenaza de una carrera armamentista algorítmica
Existe además una dimensión todavía más peligrosa: la militarización.
Washington y Beijing consideran la IA un componente estratégico de su seguridad nacional. La competencia incluye sistemas autónomos, ciberseguridad, inteligencia militar y otras aplicaciones de doble uso. Analistas estadounidenses y chinos han advertido sobre la necesidad de mecanismos de comunicación y supervisión humana para reducir riesgos en situaciones de crisis.
La humanidad ya vivió las consecuencias de la carrera nuclear.
No podemos permitir que la lógica de “si no lo hacemos nosotros, lo hará el enemigo” conduzca ahora una carrera hacia sistemas cada vez más autónomos y difíciles de controlar.
La lógica militar puede convertir un extraordinario instrumento científico en una amenaza global.
El peligro de una nueva división del mundo
Existe también otra dimensión que debe preocupar particularmente a los pueblo del Sur Global.
Si Estados Unidos y China concentran las tecnologías fundamentales de la IA, otros países podrían quedar reducidos al papel de consumidores de plataformas, datos y servicios tecnológicos extranjeros.
Sería una nueva forma de dependencia.
Antes fueron el petróleo, las materias primas y las manufacturas. Después llegaron la dependencia financiera y tecnológica.
Ahora puede aparecer una nueva dependencia:
la dependencia algorítmica.
Un país que no posee infraestructura digital, capacidad científica, centros de datos, formación tecnológica y soberanía sobre sus datos puede terminar dependiendo de otros para tomar decisiones económicas, educativas, sanitarias e incluso administrativas.
Para América Latina y el Caribe esta discusión es particularmente importante.
República Dominicana no puede limitarse a preguntar qué aplicación de inteligencia artificial comprar.
Debe comenzar a preguntarse:
¿Qué conocimiento tecnológico estamos produciendo? ¿Dónde están nuestros datos? ¿Quién controla nuestra infraestructura digital? ¿Qué estamos haciendo para formar científicos, ingenieros y trabajadores capaces de participar en esta nueva revolución tecnológica?
La verdadera conciencia que debería producir esta nueva Guerra Fría
La gran enseñanza para la humanidad debería ser que la tecnología nunca es neutral respecto a las relaciones de poder.
Una computadora puede utilizarse para educar o para vigilar.
Un algoritmo puede ayudar a diagnosticar una enfermedad o puede utilizarse para seleccionar trabajadores y expulsarlos del mercado laboral.
Una IA puede democratizar el conocimiento o puede convertirse en una gigantesca máquina de manipulación.
La misma tecnología puede servir para liberar tiempo humano o para intensificar la explotación.
Por eso necesitamos superar una visión ingenua que presenta la IA como una especie de destino inevitable.
La humanidad todavía puede decidir qué sociedad quiere construir con ella.
China ha planteado oficialmente la IA como instrumento de desarrollo económico y social y ha defendido la necesidad de una gobernanza global de esta tecnología. Estados Unidos, mientras tanto, la considera un elemento central de su competitividad económica y de su seguridad nacional.
Pero para los pueblos del mundo existe una pregunta todavía más importante que decidir cuál potencia domina:
¿Cómo impedir que cualquiera de ellas —o las grandes corporaciones asociadas a ellas— termine monopolizando una tecnología que pertenece, por sus raíces científicas y sociales, al patrimonio intelectual de toda la humanidad?
Por una inteligencia artificial al servicio de los pueblos
Desde una perspectiva progresista y de izquierda, la respuesta no puede ser rechazar la inteligencia artificial.
Sería absurdo pretender detener el desarrollo científico.
Lo que debemos cuestionar es la apropiación privada y geopolítica de una tecnología cuyo impacto será universal.
Necesitamos luchar por:
- acceso democrático al conocimiento y a la tecnología;
- soberanía digital de los pueblos;
- educación científica y tecnológica pública;
- protección de los trabajadores frente a la automatización;
- regulación internacional de las aplicaciones militares de la IA;
- protección de los datos personales;
- transparencia de los algoritmos utilizados por los Estados;
- cooperación científica internacional;
- reducción de la brecha tecnológica entre países ricos y pobres;
- y mecanismos internacionales capaces de impedir una carrera descontrolada hacia sistemas cada vez más poderosos.
La humanidad no debería aceptar que su futuro sea decidido exclusivamente en los directorios de las grandes corporaciones tecnológicas ni en los centros estratégicos de las grandes potencias.
La inteligencia artificial puede convertirse en una de las mayores conquistas de la humanidad o en uno de los instrumentos más poderosos de concentración del poder.
La diferencia no estará solamente en la inteligencia de las máquinas.
Estará en la conciencia política, social y ética de los seres humanos que decidan quién las controla y para qué las utiliza.
Y ahí reside la gran batalla de nuestro tiempo:
No se trata únicamente de quién dominará la Inteligencia Artificial. Se trata de decidir si la Inteligencia Artificial será utilizada para dominar a la humanidad o para contribuir a liberarla.
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