En 2010 sufrí una tendinitis en el hombro izquierdo. No la atendí a tiempo, por lo que derivó en “hombro congelado”; esto significa que los tejidos blandos se apelmazaron. Un suplicio: movía el brazo un centímetro y casi me desvanecía del dolor. Los que lo han padecido saben de qué hablo.  Durante más de seis meses, acudí a diario al área de fisioterapia de la Plaza de la Salud. Por entonces, privilegié la lectura de filósofos estoicos —Séneca, Marco Aurelio, Epicteto—. Con ellos conocí la “afinidad en carne propia”.

Con frecuencia, coincidía con nutridos grupos de personas mientras esperaba mi turno para la aprobación de las terapias por parte del seguro médico. Podían transcurrir tres o más horas antes de recibir atención. Para apaciguar mi impaciencia, llevaba a cabo un ejercicio muy entretenido: registraba en un cuaderno conversaciones sostenidas por quienes estaban a mi alrededor. Las más interesantes. Se aprende mucho de esos intercambios. No recuerdo haber visto a nadie con un teléfono celular; todavía se platicaba en las antesalas, en los autobuses o en cualquier sitio. Y era tan común que podía considerarse un componente de la idiosincrasia del dominicano).

He aquí lo que anoté una mañana de tediosa y anormal espera.

—Aquí no puedo respirar, en todos los hospitales siento que me muero. ¡Fíjese cómo me pongo! La policía mató a mi hijo por error… Dispararon a mi hijo de 17 años, supuestamente por error.  Pasamos un año entero en un hospital, día tras día, viéndolo morir poco a poco; los médicos haciéndole todo tipo de cosas sin lograr mejorarlo. Yo casi no podía dormir ni comer. Eso no se me sale nunca.  Desde entonces, no puedo ver a un médico; me atacan vahídos, malestares, como si tuviera una raíz amarga en el estómago. Ya han pasado más de diez años y eso sigue igual.

—¡Jesús! ¡Qué barbaridad!

—Prepárese mentalmente. ¿Usted no ve cantidad de asesinatos por televisión?

—En la casa me mantengo controlada, pero desde que piso un hospital, desde que veo un médico, me vuelvo como de trapos.

—¿Quién la puede ayudar? Un buen psicólogo y Jehová. Jehová, para quien no hay nada grande ni imposible.

—Todo el mundo no es fuerte.

—Mire, use este pañuelito que está limpio. Pero ya conténgase, ¡eh! Usted tiene que aceptar la realidad. Manténganse en oración y trabajen duro contra eso.

—¡Oigan, a mí no me embullen!  Nadie sabe qué hizo ese muchacho para que le entraran a tiros. Hay muchos malditos tígueres en las calles de la capital. Si ellos, los policías, se lo quitaron de encima, razones tendrían.

—Será que usted no tiene corazón para estar diciéndole eso a una madre adolorida.

—En la cárcel y el cementerio todos son inocentes.

—¡Oh, no! Lo confundieron con otro; ya lo dije, fue una confusión.

—¿Ustedes vieron el caso del abogado en Herrera?

—Estudiante de abogacía…  Eso ocurrió el domingo.

—Sí, ese mismo. Deberían haber fusilado a los policías que lo mataron.

—Dicen que lo mandaron a pararse y él siguió.

—¡Y quién no! Si tarde en la noche me sale un policía, rompo a correr. Ni por el diablo me pararía.

—¿Para qué andar en la calle a esas horas, buscándose problemas?

—¡Qué dolor! Cuánto había gastado esa pobre familia y ya no tendrá el orgullo de decir: “Yo tengo un hijo abogado”. Porque ese sí es un orgullo: “Yo tengo un hijo médico, un ingeniero”.

—Ahorita descargan a los matadores.

—Eso sí, están azarados para toda la vida. Y la vida de por allá es más larga que la de aquí.

—Ellos no creen en nada. El corazón se les pone como una piedra.

—Hay familias que toman venganza, hacen justicia por cuenta propia.

—Antes los policías eran distintos. Los mandaban a la academia.

—Doña, estoy en desacuerdo con usted. Ahora se les exige el bachillerato terminado. Yo tengo un hermano graduado en la Academia. El último día los llevan a una misa.

—La misa es buena para ellos.

—¿Misa? Los militares tienen el corazón como esa columna de concreto. Recibirán educación, pero en las calles son el mismísimo demonio.

—¡Alto ahí! Mis hijos son marineros, hombres bondadosos, familiares.

—El hermano mío, policía académico, actúa por la regla. El tigueraje, los drogadictas y los narcos a cada rato se anotan un agente del orden. ¿Por qué nadie se compadece de ellos?

—¡Unjú! Salario miserable y un arma, ahí ya se forma el delincuente.

—El estudiante de derecho iba por la avenida Luperón abrazado a un amigo. “Ven, que te voy a comprar un picapollo de cumpleaños”, le había dicho. Hasta traía el picapollo en las manos cuando lo mataron.

—A mí me ha dolido esa muerte. Eso duele mucho, mucho, que lo mataran así, por el gusto. 23 años, casi al acabar su carrera.

—¡Ese es el problema, la juchadera de los amigos! Si ellos no hubieran salido a esa hora… Los amigos, jucha maligna, un destino impío.

—Fueron cuatro los de la patrulla policial.

—A mí me podrán matar, pero yo no tapo. A una vecina mía le mataron al marido y a un haitianito que trabajaba con él. Ese hombre vivía con la pistola sobada. Me decía: “Vecina, quieren lo mío, me van a matar”.

—En los líos de muertos están involucrados los policías; en los líos de atraco, están los policías; en los líos de drogas, búsquelos, que ahí los encuentra. Pero llame usted si se está metiendo un ladrón a su casa y siéntese a esperarlos. ¿Y para qué se van a molestar? Yo digo que aquí los ladrones van de robo. Si por la policía es, aquí le roban hasta el alma.

—¡Ustedes no se imaginan la cantidad de atracos que cometen!

—Dos motoristas eran un azote en mi barrio. Yo los denuncié a la Policía. Allá me dijeron: “Tomé el número de la placa. A que así se acaban los apuñalamientos y las arrancaderas de carteras”. Yo les respondí: “¡Pero ustedes están locos! ¿Desde cuándo los atracadores sacan placa y pagan impuestos?

—Uno que fue militar me dijo que de cada cinco ladrones, tres son protegidos por la Policía. Y hay cosas que son tan peligrosas en ese tema que uno no se atreve a comentarlas.

—Mi hermano, policía académico, no le come mierda a nadie. Si no fuera por los policías profesionales… Ustedes saben cómo es que el tigueraje entiende. Hay tipos que hasta por un beeper* como pago matan a una persona.

—Todo lo que está pasando está escrito en la Biblia. Pero nosotros nos negamos a aceptar las profecías.

—Dizque el comandante de Haina dijo que iba a limpiar el pueblo de delincuentes.

Pasó en mi calle. La mujer mandó a dos muchachos a comprar una cosa y cerca del colmado encontraron su fin. Están matando muchachos en cantidad.

—La mamá es la que sufre.

—Esa mujer está que no es ella.

—Esa madre debe de ser joven, ¿verdad? Hay mujeres que se casan a los quince y otras a una buena edad.

—A un muchacho lo apalearon y le arrebataron el celular y el motor a la salida del banco. Fue al Plan Piloto a poner la denuncia. Allí estaban su motor y los atracadores; eran policías.

—Oiga lo que le voy a decir, ¿cómo se justifica que en las cárceles haya drogas? ¿Quién las introduce? ¿Cómo se fugan los narcos de la prisión? ¿Con ayuda de quién salen del país, estando ya en manos de la justicia?

—Y es ahí que están todos los fracasos…

—Por todo hay que dar gracias a Dios, para quien no hay nada grande ni imposible.

—¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?

* Beeper: pequeña botella de ron, achatada.

Ángela​ Hernández

Escritora

Escritora dominicana.

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