El patricio Juan Pablo Duarte (1813-1876) —ampliamente reconocido como el Padre de la Patria dominicana— soñó con un sistema político democrático, republicano y descentralizado para nuestra nación, en el cual el poder municipal fuese el de mayor peso, frente a los demás, y, especialmente, el Poder Ejecutivo, que habría de estar subordinado a éste. Sin embargo, esta visión duartiana no llegó a concretarse en nuestro incipiente país, debido a que el partido de los llamados “trinitarios” fue derrotado y desplazado del poder por parte de los sectores anexionistas y conservadores, liderados por el tirano entreguista Pedro Santana (1801-1864).
Es por eso por lo que, todavía hoy en día, tenemos un Poder Ejecutivo con potestades y facultades cuasimonárquicas, en un sistema político excesivamente presidencialista. Y por eso, también, las elecciones presidenciales son las que mayor atención mediática y popular acaparan cada cuatro años. Esto ha dado lugar históricamente a una concepción y una tradición caudillista y populista de la política en la República Dominicana, donde las elecciones presidenciales suelen reducirse a un concurso desideologizado entre líderes, y el énfasis se coloca sobre éstos como figuras individuales, más que como representantes de una corriente de pensamiento o de un proyecto histórico.
Tras la crisis electoral suscitada por el fraude balaguerista en el año 1994, se acordó convocar a elecciones nuevamente para el 16 de mayo de 1996, sin la participación del dirigente del reformismo socialcristiano. Con Joaquín Balaguer (1906-2002) fuera de la ecuación, las elecciones de 1996 dieron cabida a una victoria por parte de José Francisco Peña Gómez (1937-1998), quien, sin embargo, no pudo alcanzar la mayoría absoluta requerida para ganar la presidencia. En la segunda vuelta, convocada para el 30 de junio de 1996, el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) y el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) pactaron el famoso Frente Patriótico, para transferir los votos del segundo al primero, asegurando de tal manera el triunfo del candidato peledeísta, Leonel Fernández (n. 1953).
A partir del inicio del primer gobierno de Fernández (1996-2000), comienza lo que, en la historiografía oficial burguesa, se suele denominar como el “período de la democracia” y del “Estado de Derecho”, en el cual, supuestamente, habría llegado a su fin la tradición caudillista en la República Dominicana. No obstante, este “nuevo” período se caracterizaría por un recrudecimiento de las políticas estatales neoliberales, camuflajeadas bajo la ideología del “progreso” que tanto ha definido el discurso público de nuestra nación, al menos desde los tiempos de la dictadura de Ulises Heureaux (1845-1899) en el siglo XIX.
Efectivamente, en los treinta años que separan a este “nuevo comienzo” de la política dominicana y nuestros tiempos actuales, el país se ha visto sumido en una serie de fenómenos sociopolíticos dominados por el capitalismo neoliberal de corte semiautoritario y la rampante corrupción gubernamental e institucional. El consenso neoliberal ha abarcado a todos los gobiernos posteriores al 1996, trátese del PLD (Leonel Fernández: 1996-2000, 2004-2008, 2008-2012; Danilo Medina (n. 1951): 2012-2016, 2016-2020), del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) (Hipólito Mejía (n. 1941): 2000-2004) o del Partido Revolucionario Moderno (PRM) (Luis Abinader (n. 1967): 2020-2024, 2024-2028). De tal modo que podemos hablar de una larga sucesión de treinta años de gobiernos programáticamente afines y políticamente de derechas.
Con una izquierda históricamente reducida a la marginalidad y la insignificancia electoral, y una alternabilidad únicamente entre fuerzas igualmente de derechas, podemos hablar de una República Dominicana que lleva décadas sumida en falsas opciones políticas, donde cada gobierno representa una seudoruptura con el anterior, solo para repetir sus maniobras delictivas y sus políticas públicas privatizadoras. Esta no elección ha plagado a nuestro país durante todo el “período democrático”, y, actualmente, se trata de un sistema político que está entrando en su inevitable fase de desgaste y crisis de legitimidad.
En su desesperación por aferrarse al poder, las élites gobernantes han tomado medidas y desatado fuerzas siniestras con la intención de evitar su caída y su desplazamiento del poder del Estado. Estas medidas incluyen la prohibición de las candidaturas independientes y, más recientemente, los intentos del Tribunal Superior Electoral por eliminar la personería jurídica de más de veinte partidos minoritarios. Esto, sumado al beneplácito con el cual las élites han recibido el surgimiento de fuerzas neorreaccionarias como la Antigua Orden Dominicana y el proyecto político de Santiago Matías (n. 1981), constituye la prueba fehaciente de que, ante la crisis de legitimidad del sistema político dominicano implantado por el Frente Patriótico de 1996, las clases dominantes están dispuestas a hacer peligrar los fundamentos mismos de su propio sistema, con tal de conservar su poderío.
Ante esta situación, con una creciente polarización y giro hacia la ultraderecha por una parte significativa de la población, y un juego electoral truqueado por una intransigente Junta Central Electoral (JCE), el panorama de cara al 2028 parece tratarse nuevamente de una no elección entre falsas opciones —PRM, PLD y Fuerza del Pueblo (FP)— que representan la continuidad y no la ruptura con el statu quo antidemocrático que ha regido en nuestro país por tres décadas. Así que dependerá del pueblo dominicano mismo si acepta o no este estado actual de cosas, o si decide hacer algo al respecto para, no solo salvaguardar, sino, también, profundizar los pocos aspectos democráticos del sistema político imperante que el infame Frente Patriótico nos legó. Pues, la auténtica democracia se trata de mucho más que concursos electorales cada cuatro años. Se trata, sobre todo, de una ciudadanía activa y crítica que participa en la vida pública para moldear las decisiones que afectan su cotidianidad y su bienestar general. Y es esta posibilidad la que los gobiernos posteriores al 1996 han pretendido sabotear una y otra vez por medio de toda clase de subterfugios y artimañas.
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