El debate no es nuevo, pero ha recobrado fuerza gracias a la oportuna publicación de Fausto Rosario Adames, La Izquierda Vista por Sí Misma, el cual se pone a circular en Nueva York este 5 de marzo. En virtud de que ha alcanzado el poder en un número cada vez mayor de países latinoamericanos, la obra reaviva la pregunta sobre por qué la izquierda ha fracasado de manera tan contundente en la República Dominicana a la hora de conquistar el poder. La respuesta puede resultar tan compleja como la propia definición de “izquierda”.

Aunque partidos que han logrado conquistar el poder, como el Revolucionario Dominicano (PRD) y el de la Liberación Dominicana (PLD), pudieron ser considerados en algún momento como fuerzas de izquierda —algo defendible si se amplía el espectro ideológico para incluir la socialdemocracia—, en la práctica nunca se ajustaron plenamente a esa corriente tal como ha sido concebida y enfatizada en la República Dominicana. Más bien, esta noción de izquierda ha sido asumida y definida por decenas de agrupaciones que, con contadas excepciones, se han negado de manera reiterada a creer en los procesos electorales y a participar abiertamente en la elección de las autoridades del país.

A través de una laboriosa y creativa empresa literaria, Rosario Adames nos ofrece una amplia y valiosa unidad de análisis al situar a los protagonistas de la izquierda y a sus herederos frente al espejo de su propia trayectoria. De ese ejercicio surgen valoraciones originales y profundamente humanas sobre las ideas y las influencias que moldearon el accionar de organizaciones que proclamaron su compromiso con la justicia económica y social, pero que, al parecer, estuvieron más concentradas en sus enfrentamientos internos que en la conquista efectiva del poder.

El autor, quien ha ocupado un lugar privilegiado como intelectual, analista, escritor y testigo de los hechos que relata, desarrolla un examen abarcador que no solo documenta desaciertos y conflictos, sino también el heroísmo y los aportes de la izquierda a la República Dominicana. Asimismo, pone sobre la mesa numerosos temas de justicia social que con el tiempo fueron asumidos por sectores gobernantes, a los que terminaron integrándose muchos de quienes se formaron en partidos que en su momento rechazaban el “sistema”.

Entre los numerosos asuntos relevantes que aborda el libro, destaca el profundo influjo de ideologías y prácticas políticas importadas, a las que diversos grupos de izquierda consagraron sus programas, discursos y formas de acción. En particular, ocuparon un lugar preponderante las corrientes eurocéntricas del marxismo y el leninismo —con sus distintas variantes—, que marcaron con intensidad el pensamiento político de la izquierda dominicana. Según sugiere el autor, esta asimilación fervorosa evidenciaría, en muchos casos, una comprensión limitada del propio pensamiento marxista por parte de algunos de sus seguidores.

“Para Marx, los pueblos descendientes de la America hispana eran conglomerados humanos carentes de potencialidad propia. Es por ese concepto que, cuando Estados Unidos despojó a Mexico de una extensa parte de su territorio en 1847, incluyendo California, Federico Engels aplaudió la derrota de Mexico”, relata el autor y cita a Engels, quien, junto a Marx, fue corredactor del Manifiesto Comunista: “En America Latina hemos sido espectadores de la conquista de Mexico, y nos hemos alegrado por ella”.

Desde luego, el alcance de una propuesta político-intelectual tan trascendental como la de Marx y Engels no puede juzgarse a partir de un solo episodio. Sin embargo, ese tipo de posturas permite comprender mejor cómo, al igual que ciertas corrientes colonizadoras de la derecha europea, su marcada impronta eurocéntrica —y el desdén hacia América Latina que de ella se desprendía— pudo haber condicionado y limitado su influencia. Sobre todo, cuando sus planteamientos y derivaciones fueron asumidos por algunos grupos con un grado de dogmatismo comparable al que las religiones occidentales otorgan a la Biblia.

Si Marx descalificó a las sociedades nacionales y cuestionó a Simón Bolívar por enfrentar un colonialismo que consideraba necesario para el desarrollo de esos países, sugiriendo implícitamente que los latinoamericanos carecían de la capacidad de emanciparse por sí mismos, podría trazarse un paralelismo con la trayectoria de numerosos grupos de izquierda dominicanos y los resultados que obtuvieron. En cierto modo, se asemejaría a una profecía autocumplida, ese fenómeno descrito por el sociólogo Robert Merton en el que expectativas erróneas terminan moldeando la realidad.

En otras palabras, si se asumía que las ideas redentoras solo podían provenir de Europa —o de naciones que las adoptaron, como China o Cuba—, parecía no haber otra opción que alinearse con ellas y adoptar una suerte de socialismo de impronta colonizadora. Como documenta Rosario Adames, estos vínculos se consolidaron mediante financiamiento, oportunidades de formación y otros apoyos que contribuyeron a la creación de “islas” políticas radicales, identificadas según la potencia internacional que las respaldaba. Esa dinámica alimentó divisiones crónicas entre los grupos, fracturas que, a la postre, parecieron confirmar la tesis marxista sobre la supuesta incapacidad de estos sectores para construir alternativas reales de poder.

Una excepción significativa —aunque, al parecer, sin efectos concretos en la práctica de su organización— fue la tesis del colonialismo ideológico formulada por Maximiliano Gómez, “El Moreno”. A finales de la década de 1960, Gómez parecía haber advertido con claridad el rumbo que estaba tomando el movimiento de izquierda. Como recoge Rosario Adames en estas líneas de El Moreno: “Existe en la izquierda dominicana, incluido el MPD, la tendencia a encontrar las soluciones que históricamente el país demanda en las citas del camarada Mao Tse Tung, en los libros de Marx, Engels, Lenin y Stalin, y en las aportaciones teóricas del la Revolución Cubana, como si nuestras experiencias particulares fueran materias primas que necesitan, para ser elaboradas, las factorías de las metrópolis del pensamiento marxistas leninistas. Esta tendencia errada ha traído la peculiaridad practica de la izquierda, consistente en organizarse a si misma, dejando de lado al pueblo, y en disputarse entre unos y otros el carácter de ‘vanguardia del proletariado’, pasando por alto la disputa de quitarle el timón del Estado a los reaccionarios, en el caso concreto, a Joaquin Balaguer”.

Estas etiquetas ideológicas importadas pueden suscitar lealtades y rechazos tan contradictorios que llevaron a no pocos “izquierdistas” a respaldar a Donald Trump, pese a que encarna posturas opuestas a los principios de justicia social que dicen defender. El respaldo no obedecía a afinidades programáticas, sino al hecho de que Trump ha sido visto como aliado de Vladímir Putin, el autócrata ruso que ha permanecido en el poder por más de veinticinco años.

Además de su valor como obra histórica, no resulta exagerado afirmar que el libro de Rosario Adames posee un alcance verdaderamente abarcador. Sustentado en una valiosa base de historia oral —construida a partir de 60 entrevistas a protagonistas, descendientes y allegados—, el texto ofrece una panorámica amplia de la vida de la izquierda en la República Dominicana.

La obra incluye a figuras emblemáticas como Maximiliano Gómez, Narciso Isa Conde, Chaljub Mejía y Rafael “Fafa” Taveras, así como una evaluación de líderes cuyas ideas fueron catalogadas como izquierdistas, entre ellos José Francisco Peña Gómez, Juan Bosch y el propio Francisco Alberto Caamaño. Asimismo, explora dimensiones esenciales del contexto histórico, desde el papel de las mujeres en un movimiento marcadamente patriarcal hasta las vivencias de los descendientes de aquellos protagonistas.

Cada libro traza su propio rumbo en el pensamiento social. Sin embargo, si una obra dedicada a movimientos y organizaciones que persiguen la noble aspiración de construir una sociedad más justa tiene un valor particular, es el de mostrarnos la historia tal como ocurrió, para que podamos corregir, enmendar, rechazar o asumir con claridad el camino que decidamos seguir.

A mi juicio, el libro de Rosario Adames plantea un desafío crucial respecto a la interpretación del tipo de régimen capaz de alcanzar esa sociedad más justa. Resulta evidente que los grupos izquierdistas dominicanos, tanto por sus vínculos ideológicos con regímenes internacionales como por sus propias prácticas internas, rechazan de manera explícita la democracia. Esta fue una de las conclusiones a las que llegó el sociólogo y politólogo César Pérez, encargado de prologar la obra, cuando escribió: “El tercer factor es que esta corriente no ha asumido la democracia como escenario fundamental de la lucha política, y no solo ahora, sino siempre. Como bien plantea Fausto Rosario Adames, Manolo Tavárez se inmoló en las montañas defendiendo el carácter democrático y legitimo del gobierno de Juan Bosh y del PRD, pero no comprendió la importancia de la instauración de un gobierno de esa naturaleza y llamó a la abstención al Catorce de Junio en las elecciones del 20 de diciembre de 1962”.

El problema de fondo señalado por Pérez puede esclarecerse a la luz de la tesis madisoniana sobre la democracia, las facciones y la libertad. Si las facciones son inevitables en la naturaleza humana, la única manera de manejarlas sin recurrir a la violencia es mediante la libertad política. Esta libertad, sin embargo, no se garantiza a través del “centralismo” que adoptan los grupos de izquierda dominicanos, ni por ciertos partidos de izquierda en América Latina que, una vez en el poder, degeneraron en dictaduras o regímenes autoritarios que niegan la libertad política de sus ciudadanos.

Es innegable que la izquierda, o los movimientos que adoptan sus ideas, puede alcanzar el poder defendiendo la bandera de la justicia social y la lucha contra la desigualdad, incluso frente a las embestidas de las ideologías colonizadoras de la derecha. Los ejemplos son claros: Brasil, México, Colombia, Uruguay, Chile, Honduras y Perú. Sin embargo, estos logros se han concretado mediante los mecanismos democráticos disponibles en cada país, que, aunque imperfectos, han sido la vía para materializar su influencia política.

Aquí, en la ciudad de Nueva York, tenemos un ejemplo reciente de que esto es posible: la elección de Zohran Mamdani, un joven nacido en Uganda y naturalizado estadounidense, a la alcaldía de la ciudad. Mamdani nunca ha ocultado su afiliación, sus ideas ni su intención de impulsar una plataforma socialdemócrata. Sin embargo, comprende que el gobierno está formado y es influido por una coalición de fuerzas con las que es necesario negociar y pactar para avanzar efectivamente su agenda.

La izquierda vista por sí misma es un libro extraordinario que nos desafía a reflexionar y a confrontarnos con nuestra propia mirada. Es una lectura que vale la pena explorar.

Fernando Aquino es doctor en Ciencias Políticas y profesor Adjunto de Lehman College.

Fernando Aquino

Politólogo

Fernando Aquino, dominicano residente en Nueva York, es secretario de prensa y portavoz del Fiscal General del Estado de Nueva York, Eric T. Schneiderman, y tiene una extensa carrera en comunicaciones. Es Profesor Adjunto en Lehman College y actualmente está realizando su doctorado en ciencias políticas en el Centro de Post Grado de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY).

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