“Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. (Theodor W. Adorno)
En el año 1784, el filósofo y polímata prusiano Immanuel Kant (1724-1804) publicó un ensayo titulado Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?, buscando contestar la pregunta que se había planteado el reverendo y funcionario del gobierno Johann Friedrich Zöllner en el periódico Berlinische Monatsschrift el año anterior. Su respuesta fue, en pocas palabras, que la Ilustración representaba la salida del ser humano de su minoría de edad autoimpuesta, entendida ésta como su incapacidad para servirse de su propio entendimiento sin la guía de otro.
Para Kant, esta condición no se debía a una falta de capacidad para el raciocinio, sino a la falta de valentía por parte de las personas para valerse por su propio entendimiento sin depender de autoridades externas, tales como un libro, un sacerdote o un médico. Es en este sentido que el pensador prusiano propuso como lema del movimiento intelectual ilustrado de su época la frase latina ¡Sapere aude! (¡Atrévete a saber!). Para Kant, son meramente la pereza y la cobardía las que mantienen a la gran mayoría de las personas en este estado de tutela.
La solución propuesta por Kant a este dilema fue lo que llamó la libertad pública para hacer uso de la propia razón. Esta libertad, para el filósofo, debía de estar garantizada en todos los ámbitos, pero especialmente en el foro intelectual. Contrario a este uso público de la razón, Kant contraponía el uso privado de la misma. Definiendo este último como aquel uso de la razón que se emplea en el ejercicio de un cargo civil o en alguna función específica (por ejemplo, un soldado que obedece órdenes o un contribuyente que paga impuestos), el pensador argumentó que éste podía ser restringido en beneficio del orden social; mientras que el uso público de la razón —como en el caso de un erudito que se dirige a un público universal a través de sus escritos— debía ser siempre libre, ya que solo en esto depositaba Kant su fe en el progreso y la ilustración de la sociedad.
Sin embargo, este filósofo consideraba que no era necesario un gobierno democrático para garantizar esta libertad de pensamiento y debate. Hoy en día, solemos entender que sí se requiere una democracia robusta para proteger estas libertades. No obstante, si repasamos brevemente el devenir histórico de estas ideas ilustradas, podremos ver que nos encontramos ante una terrible aporía contemporánea.
En su obra Dialéctica de la Ilustración (1947), los filósofos y sociólogos Theodor W. Adorno (1903-1969) y Max Horkheimer (1895-1973) emprendieron una crítica radical de este proyecto ilustrado. En ella, estos dos pensadores —máximos representantes de la llamada Escuela de Fráncfort de pensamiento crítico— afirmaron que esta razón ilustrada, que prometía emancipar a la humanidad del mito y la superstición mediante el conocimiento y el domino técnico de la naturaleza, ha degenerado en una nueva forma de dominación que ellos llamaron razón instrumental.
Para Adorno y Horkheimer, esta razón quedó reducida al mero cálculo y eficiencia, tornándose en contra, no solo de la naturaleza, sino sobre todo del propio ser humano. De tal modo que la Ilustración, en su triunfo, terminó por generar, no un mundo libre y emancipado, sino su contrario: un mundo administrado y desencantado en el cual prima el progreso técnico por encima del humanismo, culminando en la barbarie del fascismo y la industria cultural masiva.
En nuestros tiempos actuales, vemos esta lógica de la barbarie extenderse por el mundo entero. Los arquitectos del universo digital que ahora domina nuestras vidas soñaron precisamente con que sus invenciones abrirían un nuevo capítulo de la historia de la humanidad, expandiendo el conocimiento, la racionalidad y la solidaridad humanas más allá de todos los límites y fronteras. Pero, en su lugar, lo que hemos terminado es con un mundo cada vez más controlado, vigilado, agresivo, hostil y violento. Las “redes” que prometían conectarnos se convirtieron paulatinamente en mallas de poder cibernético que nos mantienen atrapadas y atrapados en su vórtice.
Estas nuevas tecnologías digitales, lejos de hacer avanzar a nuestra especie hacia horizontes nunca vistos, han sacado a relucir todo lo peor de la naturaleza humana, amplificando nuestros prejuicios y conduciéndonos hacia la polarización y el extremismo políticos, que a menudo ha desembocado en violencia física directa por todo el planeta. La hiperburguesía tecnológico-financiera que promovió y también controla estas “redes”, en su infinita soberbia y megalomanía, se lucra con nuestra data y reinvierte sus riquezas en sus nefastos proyectos de dominación mundial y acumulación de capital.
A su vez, paradójicamente vamos entrando en una era anticientífica no vista desde la Europa medieval, de la cual ya nos advirtieron grandes luminarias como Carl Sagan (1934-1996) e Isaac Asimov (1920-1992), donde figuras grotescas como Robert F. Kenndy Jr. (n. 1954), actual secretario de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos de Norteamérica, abiertamente practican el más burdo negacionismo científico y proliferan toda clase de absurdas teorías conspirativas. En el transcurso de la pandemia del Covid-19, millones de personas murieron y siguen muriendo a causa de resistirse a la vacunación.
En su ensayo sobre la Ilustración, el filósofo Kant había soñado con un mundo donde se dejase en libertad al público para ejercer críticamente su capacidad de razonamiento, confiado en que esto casi automáticamente conduciría al progreso humano. Siglos después de que tal planteamiento fuese publicado, hoy podemos constatar que, luego de haber alfabetizado a las masas y permitido la proliferación pública sin frenos de todos los pareceres, nos hemos sumergido en un mundo cada vez más tóxico y peligroso; demostrando que, efectivamente, el sueño de la razón termina siempre por engendrar monstruos.
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