Lo verdaderamente perturbador no es que se llegue a enunciar la destrucción total del adversario, la aniquilación de una civilización o la guerra como una necesidad histórica para neutralizar una amenaza existencial, sino que tales extremos han comenzado a instalarse en el discurso público con una normalidad inquietante.
En el lenguaje del poder contemporáneo, la destrucción total del adversario deja de ser una aberración impensable para convertirse en una posibilidad enunciable. En las guerras en curso —Israel y Estados Unidos frente a Irán; Rusia en Ucrania; o en la devastación persistente causada por Israel en Palestina y El Líbano— se muestra cómo, bajo la lógica de lo "existencial", los límites morales del lenguaje y de la acción se erosionan. En el camino, lo extremo deja de ser excepción y comienza a instalarse como parte del horizonte de lo posible: así opera una guerra que, al normalizar lo impensable, deshumaniza y enajena.
1. Cuando el lenguaje se desborda
Hoy no resulta extraño escuchar expresiones que aluden a la destrucción total del adversario —a su eliminación, a su borrado como entidad política o incluso civilizatoria— circular con una normalidad inquietante en el espacio público.
No se trata únicamente de exabruptos o excesos retóricos. Son formulaciones que, aun siendo extremas, logran insertarse en el discurso sin provocar una ruptura proporcional.
El lenguaje del poder nunca ha sido inocente. Pero en otras coyunturas históricas conservaba cierta capacidad de contener aquello que nombraba; es decir, de marcar límites. Hoy, esa contención ha dejado de operar con la misma eficacia.
Cuando expresiones de este tipo comienzan a circular sin provocar una ruptura proporcional, lo que cambia no es solo la intensidad de la violencia, sino el umbral de lo que puede decirse sin quedar fuera de los límites aceptables.
La aniquilación del otro, que en otros momentos habría operado como una frontera infranqueable del lenguaje político, empieza a aparecer como una posibilidad enunciable dentro de su repertorio.
Y cuando lo impensable se dice con relativa normalidad, lo que se erosiona no es solo el lenguaje, sino el orden moral que lo sostenía.
En ese contexto, la referencia a la "banalidad del mal", tal como fue planteada por Hannah Arendt, adquiere una resonancia inquietante, aunque no idéntica. No se trata aquí de la rutina burocrática que vacía de conciencia la acción, sino de algo distinto: la progresiva normalización de lo extremo en el discurso público, en la que el drama humano de la guerra —el sufrimiento concreto, la devastación de vidas— queda desplazado o reducido a un trasfondo irrelevante. El mal no se vuelve banal porque sea menor, sino porque deja de provocar la reacción moral que antes lo delimitaba.
2. De la retórica a lo posible
Entre lo que se dice y lo que ocurre, el trecho es cada vez menor. Lo que hasta hace poco se presentaba como retórica extrema comienza a encontrar traducción en la realidad, como se observa en Gaza, en el Líbano, en Ucrania o en el enfrentamiento contra Irán. La distancia entre el lenguaje y la acción —que en otros momentos operaba como un espacio de contención— tiende a reducirse.
En ese tránsito, el lenguaje deja de ser mera retórica extrema para convertirse en un marco que habilita la acción. Lo que antes podía entenderse como hipérbole o exceso discursivo comienza a operar como justificación, como antesala de decisiones concretas. Cuando la aniquilación del otro se instala como una posibilidad legítima en el discurso, su traducción en hechos deja de parecer improbable. No es que las palabras produzcan automáticamente la acción, pero sí reducen los umbrales que la contenían y la hacen pensable, aceptable y, en ciertos contextos, ejecutable.
En estas condiciones, la relación entre el discurso y la acción deja de ser una simple distancia para convertirse en una continuidad cada vez más estrecha. El lenguaje no solo nombra la violencia: la prepara, la vuelve pensable y, en determinados contextos, la legitima. Cuando esa frontera se difumina, lo que se pierde no es solo un límite retórico, sino un límite moral. Y en ese desplazamiento, el drama humano de la guerra —el sufrimiento concreto, la destrucción de vidas— queda relegado, como si ya no operara como freno, sino apenas como una consecuencia asumida.
3. La lógica existencial y sus consecuencias
Cuando el conflicto deja de percibirse como una disputa entre adversarios y pasa a entenderse como una cuestión existencial, la lógica que orienta la acción cambia de manera sustantiva. El otro no es un contendiente al que se enfrenta o se busca derrotar, sino una amenaza que se percibe como incompatible con la propia existencia. En ese marco, ya no se trata de contener, negociar o incluso vencer, sino de neutralizar aquello que se considera irreconciliable.
Esta lógica no se manifiesta de manera idéntica en todos los actores ni responde a las mismas trayectorias históricas o políticas. Sin embargo, introduce una convergencia inquietante: cuando el conflicto se interpreta en clave existencial, los límites que antes contenían la acción tienden a erosionarse. En ese marco, la posibilidad de eliminar al otro comienza a instalarse dentro del horizonte estratégico. No se trata de afirmar una equivalencia total, sino de reconocer una lógica compartida en la que la supervivencia percibida amplía los márgenes de lo permitido.
En ese tránsito, la guerra no solo se intensifica: se transforma en su naturaleza. Lo que está en juego deja de ser únicamente el control de un territorio, la influencia sobre una región o la resolución de una disputa específica. Lo que se pone en cuestión es el propio límite de lo que se considera legítimo hacer en nombre de la supervivencia o de la seguridad nacional. Y cuando ese límite se desplaza, lo inadmisible deja de serlo. Ello no implica, desde luego, la ausencia de cálculo o de horizonte estratégico. Significa, más bien, que aun cuando ese horizonte exista, se persigue mediante lenguajes y prácticas que amplían los márgenes de lo permitido y erosionan límites antes considerados infranqueables.
Epílogo: Cuando la aniquilación se vuelve pensable
Cuando la destrucción total del adversario deja de ser impensable y comienza a instalarse como posibilidad enunciable, lo que se transforma no es solo el lenguaje, sino el umbral mismo de lo que una sociedad está dispuesta a considerar aceptable. En ese proceso, la violencia deja de requerir justificación, porque ya no se percibe como ruptura, sino como extensión de una lógica previamente normalizada.
La guerra, entonces, deja de ser únicamente un enfrentamiento entre actores para convertirse en un proceso de degradación progresiva de los límites que contenían lo inadmisible. Y cuando la aniquilación del otro entra en ese proceso —no como excepción, sino como posibilidad—, lo verdaderamente inquietante no es solo lo que puede llegar a ocurrir, sino el hecho de que comienza a parecer concebible.
Cuando todo se vuelve posible, también lo inadmisible deja de serlo.
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