Este miércoles 18 de febrero se inicia el período más trascendente para los que nos llamamos cristianos, pues se inicia la Cuaresma, tiempo litúrgico que recuerda los 40 días en que Jesús se refugió en el desierto, ayunó, rezó y fue tentado para que abandonara su misión, pero lejos de hacerlo, la reafirmó en su persecución, muerte y resurrección, manteniendo la Esperanza.
En nuestra entrega pasada, terminábamos diciendo:
“Quizás pueda ser esta una nueva oportunidad para redescubrir nuevos sentidos y significados que nos orienten en la construcción de una vida más apegada a la “vida buena”, centrada en la justicia y la equidad, en la compasión y la bondad, en la solidaridad como expresión del amor. Démonos esa oportunidad.”
En una época como la que vivimos, de rápidos cambios en todos los órdenes, de ansiedad colectiva y desconfianza social, de endurecimiento del alma y ausencia de solidaridad como forma de vida, hablar de espiritualidad es como vivir en un pasado ya superado, pues las certezas buscadas las encontramos a un clic con nuestro índice.
Y como contraposición, como bien dice Byung-Chul Han en su libo El espíritu de la esperanza, también nos “merodea el fantasma del miedo. Permanentemente nos vemos abocados a escenarios apocalípticos como la pandemia, la guerra mundial o las catástrofes climáticas…”, como si el final de la vida estuviera al doblar de la esquina.
Sin embargo, cuando se vuelve la mirada hacia Jesús —no como figura religiosa institucional, sino como maestro de humanidad— emerge una espiritualidad sorprendentemente actual: una forma de vivir que responde a las fracturas de nuestro tiempo y que no se agota en los discursos desde el púlpito de ninguna iglesia.
José Antonio Pagola en el epílogo de su obra Jesús, aproximación histórica dice: “Según un relato evangélico, estando Jesús de camino por la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos qué se decía de él… le informaron de los rumores y expectativas… y les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”.
Para Pagola, esta respuesta solo puede ser respondida desde lo personal; no de aquello que dicen los concilios que han formulado los grandes dogmas cristológicos, como tampoco de lo que argumentan los teólogos ni exégetas. Se trata, para quienes se profesan cristianos, de cómo encarnan hoy su palabra, sus enseñanzas.
La espiritualidad de Jesús no nace en los templos, sino en el vínculo del día a día con los demás. No se expresa en dogmas, sino en los gestos que nos unen. Se trata de una vida real, que solo se cuece como deliciosa comida, en la calidez de las relaciones que construimos con los otros. En la solidaridad y la compasión.
En un mundo y una época donde la indiferencia se ha vuelto mecanismo de defensa, donde la negación de la vida en cualesquiera de sus manifestaciones se hace negocio lucrativo, la mirada compasiva y comprometida con la reafirmación de la vida se hace profundamente subversiva. Ver desde el dolor del otro, transforma la ética, la política y la convivencia.
Así, la compasión como forma de vida, como modo de accionar y vivir en una sociedad que invisibiliza y excluye a la mayoría, a los más desamparados, se convierte en sal de la tierra y luz del mundo, pues denuncia las injusticias sociales, la violencia en todas sus manifestaciones, anunciando que es posible un cielo y una tierra nueva.
La espiritualidad desde Jesús es una pedagogía de la libertad y acción libertaria, que recobra la libertad interior de los discursos persuasivos del “vivir bien a toda costa sin importar los qué y los por qué”, haciendo de la libertad interior un acto de resistencia frente a las fuerzas oscuras del mal que nos rodea cotidianamente.
Por tanto, esa espiritualidad vivida desde las bienaventuranzas que hace dichosos a los pobres de espíritu pues de ellos es el Reino de los Cielos y a los humildes que poseerán en herencia la tierra; los que lloran que serán consolados y los que tienen hambre y sed de justicia que serán saciados; los misericordiosos que alcanzarán misericordia; los limpios de corazón que verán a Dios y los que trabajan por la paz pues serán hijos de Dios; los perseguidos por causa de la justicia porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Una espiritualidad centrada en Jesús libera del miedo, de la culpa y de la opresión. Lejos de prometer una vida sin problemas, nos ofrece una vida sin cadenas. En una cultura marcada por la vida a prisa y la hiper-productividad, la autoexigencia y la conspiración constante, nos ofrece la libertad interior como un acto de resistencia.
La espiritualidad ofrecida, entonces, no es evasión, sino compromiso; no es intimismo, más bien transformación. No es un refugio, sino un motivo, un impulso para una vida auténtica, marcada por el amor vivido en solidaridad al lado de aquellos que son objeto de la exclusión y las injusticias.
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