“El amor se construye entre seres enteros, no entre dos mitades que se necesitan para sentirse completos.” Jorge Bucay
En una pareja egosintónica la armonía aparente es tan alta que los roles tradicionales de género parecen diluirse o invertirse sin conflicto visible. Ambos miembros se sienten “en casa” con la dinámica establecida, refuerzan mutuamente sus defensas y su visión del mundo; por lo tanto, la diferencia sexual no se manifiesta en choques abiertos sino en sutilezas estructurales casi imperceptibles para el observador externo.
Identificar quién ocupa la posición de “hembra” y quién la de “macho” requiere abandonar los marcadores biológicos obvios y atender a la lógica inconsciente que organiza el vínculo.
El primer indicador es la dirección del deseo. En toda pareja egosintónica uno de los dos funciona como el objeto que completa al otro, mientras el segundo se posiciona como el sujeto que busca completarse.
La “hembra” (entendida aquí como posición psíquica, no como sexo anatómico) es quien encarna el falo imaginario para el compañero: se ofrece como aquello que “ le hace falta” al otro y, al hacerlo, sostiene su narcisismo. El “macho” es quien experimenta la carencia y dirige su demanda hacia esa figura que parece tener "lo que a él le falta". Este movimiento suele ser inconsciente y ambos lo viven como amor puro.
El segundo marcador es la gestión de la angustia de castración. En la pareja homosexual egosintónica la angustia nunca desaparece, sino que se reparte. Uno de los dos asume el lugar de "el que puede ser castrado" (posición femenina) y el otro el lugar de "el que castra o protege la castración" (posición masculina).
Curiosamente, en muchas parejas contemporáneas aparentemente igualitarias, es la mujer biológica quien ocupa la posición fálica (la que "tiene" seguridad, éxito, control emocional) y el varón que se coloca en la posición de “poder perderla”.
La egosintonía se logra precisamente porque él vive esa carencia como un privilegio ("ella me completa") y ella vive su lugar fálico como una entrega amorosa.
El tercer marcador es el manejo del goce. La posición "hembra" tolera mejor el goce (ese exceso que desborda el principio del placer), mientras la posición "macho" tiende a regularlo, a ponerle límite o a negarlo. En la pareja egosintónica uno de los dos puede abandonarse a intensidades emocionales, corporales o eróticas que el otro contempla, regula o incluso envidia en secreto. Quien se permite "perder el control" de forma aceptada por el vínculo ocupa la posición femenina; quien mantiene la función de contención, aunque sea con ternura, ocupa la masculina.
Cuarto punto: la asimetría en la culpa. En toda pareja egosintónica hay un miembro que carga con la culpa estructural del vínculo ("si algo falla es porque yo no fui suficiente") y otro que carga con la responsabilidad ("si algo falla es porque no supe protegerte").
La posición femenina es la que se siente culpable de no haber sido suficientemente deseable o contenedora; la masculina es la que se siente responsable de no haber sido suficientemente fuerte o proveedor. Esta distribución puede ser exactamente inversa a los roles sociales visibles.
Quinto indicador: la relación con la madre primordial. Uno de los dos revive, de manera muy amortiguada, la fusión con la madre arcaica (posición femenina), mientras el otro revive la separación y el duelo por esa madre (posición masculina).
En la pareja egosintónica la "hembra" es quien permite que el regazo simbólico al útero (calor, continuidad, no límites), y el "macho" quien acepta ser expulsado a ese paraíso, a cambio de ser reconocido como el sujeto deseante.
Sexto punto: la administración del tiempo y del futuro. La posición femenina tiende a habitar un tiempo cíclico, corporal, de repetición placentera; por su parte, la masculina habita un tiempo lineal, proyectivo, de conquista. En la pareja egosintónica uno de los dos es quien "espera", quien "contiene" el tiempo (tareas domésticas, ritmos biológicos), y el otro es quien "avanza" (proyectos, decisiones de riesgo). Esta diferencia permanece aunque ambos trabajen fuera del hogar y compartan tareas.
El indicador más sutil: ¿Quién sueña los sueños del otro? En la pareja egosintónica uno de los dos porta los sueños prohibidos o deseos del vínculo (fantasías eróticas, ambiciones destructivas, duelos no elaborados) y los vive como propios, mientras el otro se desentiende en buena medida de ellos con alivio. La posición "hembra" es la que se hace cargo del goce, mira desde abajo hacia arriba, el dolor que el otro no puede asumir. La del "macho" es la que puede permitirse la inocencia porque alguien más carga con la sombra y, por ende, el homosexual siempre es paranoico en potencia.
En una pareja egosintónica la diferencia sexual no se ve, se escucha en la música subterránea del vínculo. No se trata de quién carajo pone el pene o vagina, sino de quién ocupa el lugar de la falta y quién el lugar del tener; quién sostiene el exceso y quién lo regula; quién recuerda a la madre y quién la perdió para siempre. Solo atendiendo a esta partitura invisible podemos establecer la diferencia más allá de las apariencias de igualdad o inversión, quién es la "hembra" y quién el "macho" en ese dúo acordado.
Con respecto a una pregunta que me hizo un lector hace unos días, con relación a cómo podemos identificar a uno y otro en público, paso a explicar lo siguiente: La "hembra" psíquica se identifica casi al instante porque es la que toca más, mira de abajo hacia arriba, apoya su mano en la cintura baja, camina medio paso rezagada y en el lado interior de las aceras, se emociona cuando elogian a su pareja, carga cosas sin que se lo pidan, prolonga los abrazos y besos de saludo, despide, y en fotos se pega corporalmente al otro, lo que conocemos en comunicación como proxémica; mientras el "macho" psíquico ocupa el espacio, avanza primero, siempre ríe antes y recibe esas atenciones con cierta naturalidad y alivio.
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