Más que un sistema, la democracia es un método de procesar las diferencias de ideas, intereses y aspiraciones de los diversos sujetos, grupos y clases sociales que configuran el sistema político de una determinada sociedad. Es un método que no solo posibilita una mayor eficiencia para dirimir las naturales diferencias en la gerencia de cualquier institución, sino para que sean eficaces los medios utilizados para lograr los objetivos propuestos. La falta de ese recurso ha sido una constante en la historia de la generalidad de los partidos, ora por el absolutismo antidemocrático del principal dirigente, ora por la ventaja comparativa que da a un militante su puesto en la organización de cara a un eventual control del Estado por parte de esta. Es lo que por décadas están viviendo los partidos del sistema de nuestro país.

Y es que los grupos que controlan el poder, en este caso en el partido, se consideran una élite que, por ser tal, creen estar mejor dotados que los demás y eso les confiere un derecho inalienable a ser por siempre dirigentes. Como la noria, giran sin parar en su propio eje y, como élite que piensan ser, cuando la formalidad del tiempo que limita su estadía en el cargo que ocupan dice que deben dar paso a otros miembros, no siempre de la élite, acuden a la discrecionalidad en que discurre su mandato dentro o fuera de la instancia en que ejercen su poder. De una u otra manera quieren mantener el privilegio que les confiere su condición de ser de la élite. No lo abandonan, y si lo hacen es pactando el mantenimiento de sus beneficios, no importa forma ni tiempo, los cuales se multiplican si el partido en cuestión está en el poder.

Por eso es tan difícil producir cambios en la integración de las direcciones partidarias. Tenemos un caso extremo, el del PLD. Este asumió la práctica de "cambiar" la matrícula de los integrantes de su comité central integrando nuevos miembros, al tiempo de mantener la inamovilidad de todos sus viejos integrantes. El resultado fue que esa matrícula se multiplicó a niveles inmanejables y quizás fatales. Hoy el PRM está compelido a hacer una elección de su dirección, pero aduciendo la dificultad del momento que vive el país por la incertidumbre y los problemas de la coyuntura mundial, se plantea "congelar" la dirección actual y prepararse para los comicios del 28, para luego hacer el congreso en que se elija su nueva dirección. No es igual a lo que hizo el PLD, pero el problema es el mismo: teme no poder manejar un proceso eleccionario interno.

La FP tuvo mucho ruido interno para elegir su secretario general; lo superó hacia fuera, pero no estaría descaminado quien afirme que, si bien el ruido ya no es manifiesto, se mantiene latente. Volviendo al PRM, es innegable que la cultura política del país tiene expresiones perversas y esto se refleja en la realidad que vive ese partido: el peligro de hacer una convención electoral en la antesala de un proceso electoral. Se entienden sus aprensiones, se entiende su dificultad, pero es innegable que está ante el dilema de enfrentarse a problemas que podrían derivarse de ese proceso, o acentuar el estigma de las debilidades e incapacidades que, real o supuestamente, muchos fuera y dentro de la organización le atribuyen. Esto último podría ser tan o más peligroso que hacer la convención. El tiempo dirá.

Deberán encontrar la manera de un pacto que les permita resolver su dilema, sin que sea en desmedro del derecho a ser dirigente nacional de quienes dentro de sus militantes aspiren a ese cargo. Solo capeando una circunstancia, que quizás sea una inevitable cultura política que, como lógica perversa, se entroniza en todas las colectividades políticas, podría enfrentarse el proceso degenerativo de la democracia dominicana y de la generalidad de los países, sin que los principales dirigentes encuentren la forma de evadir ese corrosivo camino a la perdición. Podría argüirse que, independientemente de ser cierto o no, el PRM no está obligado a exponerse a hacer una convención sin la garantía de que con esto no se hipotequen sus expectativas electorales. Es su responsabilidad.

Sin embargo, todo aquel que le interese y de alguna manera participa en el debate político tiene la responsabilidad de plantear este tema porque es crucial en la discusión sobre la democracia. Esto no es privativo de un partido particular sino de todos. ¿Cómo romper la lógica del miedo al ejercicio sin cortapisa de la democracia partidaria? No existe una fórmula fácil ni mucho menos única para romperla, pero está claro que la corrosiva permanencia de ese miedo, de esa práctica, constituye uno de los principales factores que impiden la democratización de la vida interna de los partidos y, por ende, de toda la sociedad. Es de sentido común: la forma en que estas instituciones se manejan internamente se reflejará en su ejercicio del poder. Administrarán lo público con la lógica de los grupos corporativos interpartidarios.

Para salir de ese empantanamiento se requiere de valentía, además de talento y buenas intenciones. Y no solo de los políticos…

César Pérez

Sociólogo, urbanista y municipalista

Sociólogo, municipalista y profesor de sociología urbana. Autor de libros, ensayos y artículos en diversos medios nacionales y extranjeros sobre movimientos sociales, urbanismo, desarrollo y poder local. Miembro de varias instituciones nacionales y extranjeras, ex director del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo y ex dirigente del desaparecido Partido Comunista Dominicano, PCD.

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