Cuento una historia que se remonta a los años 1960, 1967, en un país de América; en un pueblo que llamo San Sebastián. Se trata sobre las vidas de doña Fermina Belén, de la de Josefina, de Anselmo Chemo Joshua, y otros, otras. Doña Belén tenía un hotel con paredes de madera, piso de cemento pulido; tipo cuarterías. Solo se usaba para alquiler con dormida; sábanas blancas, algunas muy relavadas, pero limpias. Con ella vivían unos 6 niños y niñas que ella rescataba porque eran huérfanos. Su cocina tenía comida para quien llegaba en grandes pailones.

Doña Fermina Belén tenía unos 63 años, alta (5´9´´), color oscuro, pelo largo que siempre llevaba envuelto en un moño. De mirada que reflejaba ser una persona directa, un poco malhumorada; tenía la practicidad de una mujer que lleva un negocio al que hay que atender, ocuparse y defender; adoraba a sus nietos, a sus hijos de crianza y a sus dos hijos de sangre. Se notaba que no había tenido tiempo para amar a muchas más personas.

Manuel, el hijo mayor de Fermina; casi todo el tiempo permanecía callado. Tenía unos 35 años, era pragmático; igual que ella: vivían para accionar, resolver, limpiar, cobrar a los que usaban el hotel, dirigir al personal que limpiaba, y demás detalles que hacían bien para que el hotel estuviese siempre ocupado. El hijo más pequeño estudiaba en la capital, y casi nunca estaba con ella.

Eran parte de un pueblo casi campo; calles con trazados desiguales, cero pavimentaciones, un cementerio con capacidad para unas cien tumbas, escuelas de maderas, casas de yagua, de madera, pisos de tierra y de cemento pulido; techos de hojas de cana, zinc. Pocas casas eran de concreto en las paredes y los techos que eran de casas de concretos, casi todos eran de zinc, muy pocos de vaciado de cemento.

La gente de la región sabía mucho tejer, se tejían canastas, macutos, estolas, colchas, zapatillas, y andullos para exportar el tabaco fuera del país.

En las costumbres sexuales la persona se cuidaba de no mostrar sus actividades sexuales en público, de beber, y de pelear.

Menos la joven Camola, que era su sobrina. Camola gustaba de tocar sus genitales sin importar que no estuviese sola. Pero casi nadie le ponía caso. Para su sobrina Josefina y para doña Belén esto era algo incomprensible. Aunque eran primas, no se parecían, como si fuesen de distintas familias.

En el pueblo de San Sebastián los varones se sentían con poco desarrollo, eran familias un poco pobres en muchos sentidos. Por lo menos así era percibido por quien cuenta esta historia.

Además de Josefina, su hermana Clotilde, y sus hermanos Román, y Yovanny, tampoco se parecían a las demás personas que habitan el pueblo. A Josefina y a sus hermanos le gustaba leer, escribir, limpiar los zapatos, desyerbar, hacer las tareas de la escuela, declamar, y aunque también conversaban poco, tenían una mirada expresiva, respetuosa, si se quiere tímida. Al abuelo le gustaba ir a la gallera; la abuela no hacía vida social, más allá de visitar la familia cercana y a los vecinos.

Josefina, su madre, sobrina de Fermina era maestra y sus abuelos trabajaban echando días en los conucos y en los almacenes de tabaco. Tenía 24 años, de piel blanca, pelo castaño, ojos marrones, pelo ensortijado, de sonrisa tímida y de mirar sumiso. No llegó a tener una escolaridad de más de 10 grados.

– ¿De dónde sacan estos muchachos esta costumbre de vivir leyendo y escribiendo- ?, pensaba Fermina a veces. No se parecen a Josefina, ni a sus abuelos, aunque Josefina era maestra, no era muy dada a los libros

Hasta que se enteró de que al pueblo llegó un maestro, que también hizo de secretario en el ayuntamiento. En el pueblo de San Sebastián se decía que a este hombre le gustaban los libros; y que también era maestro. Y que por eso dañó a las muchachas y a los muchachos; no sólo a los de Josefina; esto según al pensar de doña Fermina Belén. El maestro y secretario tenía como nombre   Anselmo Joshua, y le decían Chemo. Tenía 27 años, de piel negra, pelo negro, lacio; tamaño mediano, unos 5`6″ (5 pies y 6 pulgadas) de estatura; mirada de hombre sabio, de actitudes contenidas, de guardar silencio y era respetuoso. Muy diferente a la gente que habitaba el pueblo de San Sebastián.

Las personas de San Sebastián solían ser muy expresivas, contaban muchos chistes, y no eran agresivos. Por eso a Anselmo Joshua se le trataba con un poco de distancia, por su carácter de hombre callado, reservado, si se quiere desconfiado, tímido.

Una tarde Josefina escuchó a su esposo conversar con un amigo que vino de su pueblo Don Juan, a unos 100 kilómetros de San Sebastián. El amigo de Anselmo Joshua, Chemo, le preguntaba sobre el ¿cómo él se había adaptado a residir con personas tan bullosas, tan sencillas…?

Anselmo Chemo le miró por un tiempo, si se quiere largo, y luego le dijo, con una sonrisa un poco pícara:

  • Estas gentes no tienen miedo para hablar, no suelen juzgar: por eso son bullosos, si se quiere, chistosos.
  • Tienen un propósito principal: sobrevivir, trabajar…
  • No hay muchas distancias sociales entre ellos, ellas; por lo que no abunda la violencia.
  • Las mujeres trabajan en los almacenes de tabaco, las abuelas cuidan los niños, las niñas.
  • Los hombres trabajan en los conucos, en las fincas…
  • Son de caminar sereno y de vivir sereno, caminan despacio, casi nadie usa los vicios.
  • Saben agradecer, y son suaves corrigiendo a los niños y a las niñas
  • Sus vidas se resumen a vivir con propósito, al agradecimiento y a la continuidad en los afectos. Están seguros que se encontrarán más allá de la vida terrenal con sus seres queridos, y con mucha más gente; viven para cuidarse, y son muy agradecidos, sobre todo con las abuelas y con los abuelos, esta tercera edad es muy respetada aquí en San Sebastián.

Luego de estas palabras el amigo José Daniel sintió que llevaba mucho que contar para su pueblo Don Juan; y agradeció con un abrazo a su amigo Anselmo Chemo Joshua.

Mildred Dolores Mata

Trabajadora social

Licenciada en Trabajo Social, PUCMM Maestría en Género y Desarrollo CEG-INTEC Feminista

Ver más