Apropiarse de las raíces culturales afrodescendientes no puede limitarse a celebrarlas cuando son declaradas patrimonio de la Unesco. Ese reconocimiento, por sí solo, no las hace vivir y no garantiza, como lo podemos constatar en ciertas comunidades, un sostén económico digno a sus exponentes. No basta con exhibirlas como símbolo: hay que sostenerlas, promoverlas y convertirlas en expresiones culturales viables y accesibles.
Se trata también de que lleguen al público dominicano en toda su diversidad, pero también al extranjero, no como folclor congelado, sino como cultura viva, en evolución, capaz de dialogar con el presente. Llevar estas manifestaciones fuera del país —y, al mismo tiempo, traer a los turistas hacia ellas— no es una concesión, es una oportunidad. Hay una demanda creciente de un turismo cultural auténtico, que busca experiencias reales, arraigadas, lejos de los circuitos artificiales.
Conviene recordarlo: el merengue y la bachata —hoy emblemas nacionales— fueron durante mucho tiempo géneros marginados, despreciados por las élites, asociados a lo popular y a lo "bajo". Su legitimación fue el resultado de una apropiación social progresiva que terminó por imponerlos como parte esencial de la identidad dominicana digna de difusión.
¿Por qué aceptamos sin cuestionar el carnaval —con sus múltiples manifestaciones afroamericanas— y, en cambio, seguimos estigmatizando otras expresiones de esa misma raíz? La diferencia no parece cultural, sino social: depende de quién las practica, dónde se expresan y qué sectores las legitiman.
Lo mismo ocurre con el Gagá durante la Semana Santa. Cada año, resurgen miradas de sospecha, controles desproporcionados o discursos que lo asocian al desorden. Sin embargo, el Gagá es una tradición estructurada, con códigos, jerarquías, música, danza y espiritualidad que conocí hace más de 50 años y que es una adaptación nuestra del Rará haitiano. No es una anomalía cultural: es una expresión viva, profundamente arraigada en comunidades dominicanas.
Esta tradición ha evolucionado con el tiempo. Como señala la antropóloga Soraya Aracena, hoy pueden distinguirse dos modalidades de Gagá: una que aún conserva su vínculo con la religiosidad del vudú, y otra de carácter más festivo, no necesariamente regida por esta dimensión espiritual. Esta transformación se explica, en parte, por la desaparición progresiva de los mayores conocedores de esta tradición, quienes la habían heredado de sus padres.
Asimismo, ella constata que el Gagá ya no se limita a las comunidades vinculadas históricamente a la producción azucarera. Hoy se encuentra también en barrios populares urbanos, donde participan dominicanos dedicados a diversos oficios —como la construcción, el motoconcho o la seguridad—, lo que da cuenta de su capacidad de adaptación y de su vitalidad social.
De ahí, señala la investigadora, la importancia de continuar estudiando esta expresión cultural, no solo para preservarla, sino también para comprender sus transformaciones y poder comparar el Gagá actual con el que se practicaba hace apenas tres décadas.
Lo que incomoda del Gagá no es su raíz, sino su contexto. No está domesticado, no responde a los circuitos institucionales, no ha sido "limpiado" para el consumo. Está vinculado a comunidades rurales, a bateyes, a poblaciones históricamente marginadas. Y en ese desplazamiento, la cultura deja de ser celebrada para ser tolerada —o vigilada.
Por eso resultan particularmente preocupantes y disonantes ciertas declaraciones del Ministerio de Cultura que parecen reproducir, bajo nuevas formas, viejos prejuicios. Desconocer o minimizar expresiones culturales por su origen o por los sectores que las sostienen no solo empobrece el debate, pone en duda el trabajo de los científicos sociales que han estudiado el tema: revela una desconexión con la historia misma del país.
La cultura no se decreta desde arriba. No se selecciona en función de su comodidad ni se legitima por decisión oficial. Se construye, se reconoce y se transmite desde la sociedad.
Y tal vez la verdadera pregunta no es qué cultura queremos promover, sino por qué seguimos marginando algunas de nuestras propias expresiones culturales.
Compartir esta nota