Mi motivación para escribir este ensayo nace de una vieja frase que el tiempo me ha obligado a mirar con más atención, aunque no sin reservas: los pueblos terminan teniendo los gobiernos que se merecen. Entre nosotros, Juan Bosch es recordado precisamente por cuestionarla, al entender que muchas veces los pueblos no eligen en condiciones libres ni plenamente conscientes, sino que son víctimas del engaño, de la manipulación o de estructuras de poder que no controlan. Ese matiz es indispensable. Pero también lo es reconocer que la calidad de la vida pública guarda estrecha relación con el nivel de conciencia, organización y exigencia de la ciudadanía. Allí donde falta pensamiento crítico, donde se desconocen los derechos y donde no se vigila a quienes ejercen funciones públicas, el poder encuentra menos frenos y la democracia se debilita.
Por eso, sin una ciudadanía organizada, activa y crítica, resulta estéril esperar los cambios que una sociedad anhela y necesita. Esa capacidad de pensar críticamente, de participar con responsabilidad y de exigir rendición de cuentas no surge de la nada. Es fruto de un largo proceso de formación cultural y educativa que comienza en el hogar, se fortalece en la escuela y continúa a lo largo de toda la vida.
Razón por la cual me propongo insistir en la gran necesidad de dar un vuelco vital a nuestra concepción educativa, tanto del sistema como de la educación hogareña en la familia, para fomentar y permitir en nuestros niños, niñas, adolescentes y jóvenes la cultura de la crítica, del cuestionamiento razonado y del análisis. Una cosa es corregir, con respeto y gentileza, la interrupción inapropiada de los menores en una conversación entre adultos; otra muy distinta es menospreciar su natural curiosidad e inmadurez con expresiones tan frecuentes como: “¡Cállese, los niños hablan cuando las gallinas mean!”. Debemos tener claro que ese tipo de actitud, tan arraigada en nuestra sociedad, no ayuda a fomentar una juventud crítica. Al contrario, la inhibe. La acostumbra a callar antes que a pensar, a obedecer antes que a razonar, a repetir antes que a cuestionar.
En este esquema entran, por supuesto, los maestros y los demás miembros del sistema educativo. No se trata de fomentar irreverencia, caos ni irrespeto a la autoridad legítima.Se trata de comprender que educar no es domesticar. Educar para la libertad responsable exige enseñar a escuchar, a razonar, a preguntar y también a disentir con respeto. Y una sociedad que desincentiva desde temprano la capacidad de preguntar, de argumentar y de disentir, difícilmente podrá aspirar a construir una ciudadanía consciente, activa y comprometida con el bien común.
No es casual que, desde sus orígenes, el pensamiento político haya visto en la formación del ciudadano una condición esencial de la buena vida pública. Aristóteles sostenía que la polis no existe solo para sobrevivir, sino para vivir bien. Cicerón entendía la república como cosa del pueblo, fundada en la justicia y en el interés común. Tocqueville observó que la democracia no descansa solo sobre leyes y elecciones, sino sobre hábitos cívicos y capacidad de asociación. John Dewey afirmó que la democracia no es solo una forma de gobierno, sino una forma de vida que debe aprenderse y practicarse desde la escuela. Reinhold Niebuhr recordó que el poder necesita límites y vigilancia porque el ser humano no solo es capaz de justicia, sino también de abuso. Hannah Arendt destacó que la libertad política se realiza cuando el ciudadano aparece en el espacio público, habla y actúa. Y Jürgen Habermas insistió en que la legitimidad democrática requiere deliberación pública abierta, crítica y racional.
Igualmente, la cosmovisión cristiana no promueve ni una ciudadanía pasiva ni una rebelión anárquica, sino una ciudadanía responsable y transformadora: respetuosa de las leyes justas, cumplidora de sus deberes, respetuosa de la autoridad legítima, pero también comprometida con la justicia, con el amor al prójimo y con el deber de ser luz en medio de la sociedad. Y cuando las leyes o decisiones humanas contradicen principios superiores de justicia y verdad, el creyente está llamado a obedecer primero a Dios que a los hombres, siempre con mansedumbre, prudencia y espíritu de paz. Ese discernimiento crítico también debe aplicarse a la vida cívica, para que los cristianos no sean conformistas, sino agentes activos del bien en su nación.
Todos, desde perspectivas distintas, llegan a un punto similar: no hay justicia sólida ni bien común duradero sin ciudadanos formados para pensar, participar, cuestionar y asumir responsabilidades. No es casual, además, que muchos de los países que más han apostado por una educación orientada al análisis, la indagación, la creatividad y la autonomía del estudiante figuren también entre los de mayor calidad de vida, mayor confianza institucional y democracias más robustas. Cuando una sociedad educa para pensar, no solo forma mejores estudiantes: forma mejores ciudadanos. (OECD)
A propósito de la reintroducción de la Educación Moral, Cívica y Ética Ciudadana en el currículo dominicano, conviene insistir en que esta asignatura no debe convertirse en otra materia para memorizar normas, repetir definiciones y pasar de curso. Debe ser, más bien, un laboratorio para formar ciudadanía activa. El propio Ministerio de Educación informó que el Consejo Nacional de Educación aprobó la Ordenanza 02-2025, que incorpora formalmente esta formación en todos los niveles y modalidades del sistema preuniversitario desde el año escolar 2025-2026, con enfoque integral, participación social y sin alterar la carga horaria. (MINERD)
Y en esa dirección resulta muy pertinente la reflexión de Pablo Viñas Guzmán, quien advirtió en Acento sobre el riesgo de que la educación cívica se quede atrapada entre la obediencia y la verdadera ciudadanía activa. Tiene razón. La asignatura debe enseñar valores patrios y dominicanidad, sí, pero también participación real, cultura de legalidad, responsabilidad comunitaria, lucha contra la corrupción y comprensión práctica de los derechos y deberes ciudadanos. Una democracia no se fortalece con obediencia pasiva, sino con ciudadanos que sepan incidir, exigir, servir y dar seguimiento. (Acento)
En nuestro caso, esto obliga a una mirada de doble vía. Por un lado, debemos exigir mucho más a quienes ejercen funciones públicas. El servidor público no es un rey, ni un dios, ni una figura intocable. Tenemos derecho y deber de reclamar transparencia, rendición de cuentas, pulcritud en el uso de los recursos y coherencia entre lo prometido y lo ejecutado. Pero, por otro lado, también debemos mirarnos a nosotros mismos. No hay servicios públicos de calidad sin ciudadanos responsables. No podemos pretender un sistema eléctrico eficiente si toleramos el robo de energía; ni un mejor tránsito si normalizamos el irrespeto a las reglas; ni un Estado solvente si la evasión y la informalidad se ven como viveza; ni una democracia seria si el voto sigue siendo muchas veces emocional, clientelar o desinformado.
Una ciudadanía crítica y comprometida tampoco puede ser indiferente a los procesos electorales. La abstención electoral, definida por la propia Junta Central Electoral como la porción del padrón que no ejerce el voto, debilita la representatividad y agrava un fenómeno delicado: autoridades electas con apoyo efectivo de una minoría del padrón, en un contexto donde el voto se fragmenta y no siempre expresa un respaldo social amplio.
Los datos oficiales de la JCE sobre el padrón y las relaciones de votación de las elecciones municipales, así como de las presidenciales y congresuales de 2024, obligan a tomar en serio esa realidad. Cuando los mejores ciudadanos se retiran, dejan demasiado espacio al clientelismo político, a las maquinarias partidarias y a los intereses de quienes controlan el sistema, con mayor énfasis en sus cuotas de poder que en el bien común. Esa baja participación electoral refleja frustración, cansancio y deserción cívica, y constituye una señal de alerta que debe impulsarnos a sacar a la ciudadanía de la indiferencia y de su zona de confort, porque cuando los ciudadanos se marginan, la democracia se devalúa. (JCE Elecciones 2024)
De ahí que la ciudadanía crítica a la que nos referimos no puede ser solo una ciudadanía que reclame; debe ser también una ciudadanía que cumpla. Que analice, cuestione, reclame y exija, sí; pero que también respete las leyes, asuma sus deberes, cuide lo público y vele por que las reglas se cumplan para todos.
Si de verdad aspiramos a un mejor país, entonces debemos comenzar por ahí: por formar ciudadanos críticos, conscientes, informados, activos y profundamente comprometidos con la nación. Aún estamos a tiempo para cambiar el chip: pasar de una ciudadanía que repite a una ciudadanía que analiza; de una ciudadanía que solo se queja a una ciudadanía que cuestiona, reclama, exige, cumple y vela por que se cumplan las leyes y las reglas. Porque, en última instancia, si queremos un mejor país, tenemos que empezar por formar mejores ciudadanos.
Índice de referencias
- OCDE, PISA 2022 Results (Volume III), sobre pensamiento creativo y desempeño comparado de sistemas educativos. (OECD)
- Banco Mundial, Worldwide Governance Indicators, sobre voz y rendición de cuentas, Estado de derecho, efectividad gubernamental y control de la corrupción. (DataBank)
- Ministerio de Educación de la República Dominicana, “Educación Moral, Cívica y Ética Ciudadana será parte formal del currículo escolar a partir de agosto”, 29 de julio de 2025. (MINERD)
- Pablo Viñas Guzmán, “Moral y cívica: entre la obediencia y la ciudadanía activa”, Acento, 24 de septiembre de 2025. (Acento)
- Junta Central Electoral, portal oficial de resultados y relación de votación de las elecciones municipales y de las presidenciales y congresuales de 2024, incluyendo información oficial del padrón. (JCE Elecciones 2024)
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