Jugar a la lotería no es una particularidad dominicana ni una costumbre de pobres. En Francia se hacen filas en los cafés para llenar el Loto y, cuando llegué a República Dominicana, personas de todas las clases sociales compraban billetes de la Lotería Nacional o alguno de sus pedacitos.
Me llamaron la atención la quiniela, el palé, la caraquita y aquellos vendedores que recorrían las calles ofreciendo billetes y encontrando señales de buena suerte en cualquier parte: una fecha, un sueño, el número de la placa de su carro. Ya existían también pequeñas bancas. Lo que ha cambiado es la dimensión que ha adquirido el negocio.
Hoy hay más de 71,000 bancas de lotería y apuestas deportivas registradas en el país. Se han convertido en parte del paisaje. En Villas Agrícolas, una funciona a unos cincuenta metros de un CAIPI. Es incluso de las cómodas: ocupa una parte de la planta baja de una casa. Otras son apenas cubículos que han ido floreciendo en esquinas, recovecos y hasta espacios ganados a las aceras, bajo el sol inclemente, con una mujer detrás de un cristal durante horas.
Su proliferación habla también de nuestras dificultades con el ordenamiento territorial. Cuesta entender con qué criterios se autorizan algunos de esos establecimientos, quién controla la ocupación de las aceras, las distancias o las condiciones mínimas de los locales. Las bancas han ocupado físicamente la ciudad. Nos hemos acostumbrado tanto a ellas que casi hemos dejado de verlas.
Sin embargo, constituyen un retrato de nuestras enormes brechas. República Dominicana levanta rascacielos, bate récords turísticos, se digitaliza y habla de inteligencia artificial. Al pie de esa modernidad, miles de personas gastan diariamente unos pesos con la ilusión de que un número les cambie la vida.
En todas partes se juega, pero aquí el juego ha adquirido una presencia estridente, alimentada por la ilusión de un golpe de suerte en una sociedad donde, para muchos, la educación, el empleo o el salario no bastan para vislumbrar una vida mejor.
La banca tiene además otra cara: proporciona trabajo a miles de mujeres. En nuestros barrios encontramos madres solteras, jóvenes cuyos estudios quedaron truncos, algunas por una maternidad temprana, mujeres con escasa formación y pocas alternativas laborales. La banca termina cumpliendo una peculiar función de supervivencia: ofrece una puerta a quienes encontraron otras cerradas.
Por eso cuesta entender algunos de los cambios introducidos durante el trámite de la recién promulgada Ley 86-26 sobre juegos de azar.
Se eliminaron disposiciones que vinculaban la licencia al cumplimiento de obligaciones laborales y de seguridad social, se redujeron cargas fiscales y se fijó en apenas 200 metros la distancia mínima entre bancas de lotería.
Es justo señalar que la nueva legislación contiene avances: crea por primera vez un marco general para los juegos de azar, establece controles y sanciones, protege a los menores, regula el juego por internet y dispone una moratoria de diez años para nuevas licencias.
Pero congelar un universo de más de 71,000 bancas no responde a la pregunta de fondo: ¿queremos solamente organizar el negocio que ya tenemos o reducir progresivamente el espacio que el juego ocupa en nuestra sociedad?
La pregunta se vuelve más incómoda cuando Diario Libre identifica cinco legisladores vinculados o propietarios de bancas entre los integrantes del Congreso que reguló el sector. Eso no demuestra ilegalidad ni permite atribuirles los cambios introducidos. Pero hace inevitable plantearse cómo se manejan los conflictos de interés cuando los legisladores tienen intereses económicos en aquello que legislan.
La banca reúne varias caras del país. De un lado del cristal, alguien apuesta unos pesos a que mañana su vida cambie. Del otro, una mujer trabaja porque tampoco encontró demasiadas maneras de cambiar la suya. Por encima de ambos existe una industria suficientemente poderosa para haber ocupado nuestras calles y tener representantes vinculados a ella en los espacios donde se establecen sus reglas.
Hace cincuenta años, los vendedores nos perseguían por la calle: «¡Mire, el número de su placa!». Hoy ya no tienen que perseguirnos. Tenemos una banca a la vuelta de la esquina.
Lo que necesitamos es un país donde cambiar de vida dependa un poco menos de la suerte.
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