Se ha planteado en múltiples ocasiones que la educación es un factor importante y decisivo para el desarrollo de los pueblos. Algunos países han apostado a ello. Por solo citar un caso, Vietnam, luego de largos años de guerra con potencias como Francia y los Estados Unidos.
Luego de la reunificación del país en 1975, se impulsó un proceso profundo de transformación educativa que reunificó el territorio y contribuyó con la superación de las secuelas de la guerra. Unificó su sistema escolar con la llamada Tercera Reforma Educativa en 1979, estandarizando planes de estudio, programas y libros de texto.
En su primera participación en el estudio PISA en 2012, los jóvenes de 15 años vietnamitas superaron a los de los países de la OCDE, ocupando los puestos 17 en matemáticas, 8 en ciencias y 19 en lectura entre los 65 países participantes. En PISA 2015, la puntuación media en ciencias fue 32 puntos, superior a la media de la OCDE.
Nuestro país, en cambio, vive una tensión entre la infraestructura del azar y la del desarrollo humano. La extraordinaria presencia de las bancas de apuestas frente a las escuelas, como de centros de salud, plantea una incómoda pregunta sobre dónde coloco las oportunidades de desarrollo al alcance de las comunidades en la República Dominicana.
Por supuesto, es mucho más fácil encontrar una banca de lotería que una biblioteca, un parque para la distracción y el regocijo, como un centro de atención primaria. No es solo un tema estadístico, es la vitrina de oportunidades que una sociedad coloca al alcance de sus ciudadanos: apostar, estudiar, cuidarse o convivir.
Las cifras son elocuentes y ayudan a dimensionar ese paisaje, aunque debamos leerlas con cautela. En 2024, la propia Federación Nacional de Bancas de Lotería estimó unas 95,000 bancas en el país, de las cuales alrededor de 30,974 estaban legalmente establecidas. En ese mismo momento se contabilizaban 10,567 centros educativos públicos (7,839) y privados (2,728). Nueve bancas por cada centro escolar.
No se trata de establecer, por supuesto, una causalidad social entre banca de apuesta y desarrollo educativo, lo que sí es imposible y difícil de ignorar, es la desproporción.
Frente a la inmediatez que ofrece como recompensa la apuesta al azar, la educación representa una inversión cuyo rendimiento tarda años en hacer visible; un centro de salud que previene daños que, cuando se evitan, no ocupan los titulares de los medios. Un parque solo ofrece un beneficio modesto: caminar, jugar, conversar…
Por supuesto, las expectativas de esperanzas por una mejor vida en el futuro ofrecidas son muy distintas. La banca ofrece una recompensa inmediata, imaginable y personal, aunque la posibilidad depende del azar.
No pretendo demonizar este negocio que genera empleo y paga impuestos, y que, además, es legal. Lo que sí debería preocuparnos es que la política pública debe mirar más allá de la transacción individual y cuestionarse acerca de qué ocurre cuando la oferta de azar es más visible, abundante y cercana que la oferta de desarrollo.
Hoy contamos con una nueva ley que regula este negocio (86-26) que establece un nuevo marco regulatorio para los juegos de azar, partiendo de una realidad reconocida, que existen más de 71 mil bancas de lotería y deportivas registrada en el territorio nacional.
Una comunidad expresa sus prioridades en aquello a lo que tiene mayor y más fácil acceso. Si la puerta del azar aparece en cada esquina mientras la escuela se deteriora, el consultorio queda lejos y el parque carece de luz y seguridad, la desigualdad deja de ser una abstracción haciéndose geografía.
Quizás la cuestión que deberíamos plantearnos como sociedad no sea cuántas bancas tenemos, sino cuántas puertas reales de esperanza somos capaces de colocar al alcance de cada ciudadano. Porque las esperanzas también necesitan una infraestructura: una buena escuela, un centro de salud cercano, una biblioteca, un parque seguro, oportunidades de trabajo y espacios donde sea posible encontrarnos.
Al final, una sociedad también se define por el lugar donde invita a sus ciudadanos a colocar sus esperanzas
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