Hay quienes recorren un país como si caminaran sobre la corteza de un sueño. No lo atraviesan: lo despiertan. Lo convocan desde sus capas profundas, desde ese lugar donde la historia se vuelve respiración y la identidad se transforma en una especie de latido colectivo. Iván Gatón pertenece a ese linaje de caminantes que no buscan un destino, sino una revelación. Su labor —que combina la geopolítica con la introspección cultural, el análisis con la escucha, el saber académico con el asombro de quien contempla— constituye uno de los ejercicios más singulares de autoconocimiento nacional de nuestro tiempo.

Pensar la República Dominicana desde la geopolítica suele reducirse, en manos de muchos, a cifras, mapas y tensiones. Pero en Iván Gatón, la geopolítica adquiere una resonancia distinta: se vuelve metáfora de destino, arquitectura espiritual, cartografía ontológica. No explica el país desde fuera, como un objeto que se examina; lo piensa desde dentro, como una entidad que se reconoce. Esa diferencia, casi imperceptible para el oyente desprevenido, es en realidad decisiva: su mirada no describe la nación, la interroga. No delimita su posición en el mundo, sino que la problematiza, la hace vibrar en sus contradicciones, la expone a una interpretación que no se conforma con la superficie.

Porque para Iván Gatón, el país no es un territorio, sino un movimiento. Un flujo histórico que se desplaza entre orígenes y preguntas, entre silencios y despertares. De ahí su insistencia en la “movilidad” como cifra íntima de nuestra identidad: un país que se mueve porque jamás ha estado concluido, porque su historia está hecha de desplazamientos, rupturas y encuentros que aún buscan su forma plena. Su pensamiento nos recuerda que la nación dominicana no ha terminado de nacer; que cada generación le da un contorno distinto; que nuestro ser colectivo es una obra inconclusa cuyo sentido todavía se discute.

Su valiosa contribución consiste en haber devuelto a ese debate la dimensión de la interioridad. En un tiempo donde las identidades suelen presentarse como banderas o consignas, él propone otra ruta: la del reconocimiento profundo. No un orgullo altisonante ni un gesto defensivo, sino un conocimiento sereno. La identidad, en su lectura, no es una proclamación, sino un descubrimiento. Y ese descubrimiento exige que el país se mire con la misma atención con que un filósofo mira un concepto: examinándolo, desmontándolo, devolviéndolo a su germen, preguntándole por su esencia y por su destino.

Por eso, hablar de los “valores dominicanos” en su discurso no es enumerar virtudes o repetir frases patrióticas. Es un ejercicio de excavación. Gatón abre capas de tiempo, rescata gestos invisibles, observa cómo el país se ha construido en la fricción entre la memoria y el olvido. Su mirada no embellece la historia: la ilumina. La confronta. La convierte en una trama de fuerzas donde lo humano —sus resistencias, sus búsquedas, sus extravíos— aparece como protagonista. Y en ese gesto, le devuelve a la identidad dominicana una dignidad originaria: no la del orgullo simple, sino la del conocimiento de sí.

Hay un rasgo, sin embargo, que distingue su labor de la de los intelectuales que solo piensan desde la distancia: su itinerancia. Gatón camina. Camina como quien despliega un mapa vivo. Camina como quien escucha al país hablar en sus acentos múltiples, en sus silencios rurales, en la respiración lenta de las montañas y en el rumor incesante de las ciudades. Su trabajo no es sedentario. No se limita al aula, a los foros, a los espacios solemnes donde los discursos se elevan con rigidez. Lleva la palabra allí donde no suele llegar: a escuelas de campo, a plazas, a bibliotecas improvisadas, a comunidades que rara vez aparecen en las narrativas oficiales del Estado o la academia.

Ese caminar produce un conocimiento distinto. No el saber frío de los mapas —aunque él domina la cartografía mundial con precisión de estratega—, sino un saber sensible, encarnado, tejido con encuentros. En cada conversación, en cada pregunta de un joven que ve el país por primera vez a través de un marco conceptual, en cada gesto de un anciano que reconoce su vida en esas interpretaciones amplias del devenir dominicano, Gatón confirma algo que pocas veces nombramos: que la geopolítica no solo se piensa, también se vive.

De ahí el carácter casi romántico —en el sentido filosófico del término— de su labor. Romántico no como nostalgia, sino como impulso vital. Como aquel movimiento interior que entiende la nación no solo como un hecho, sino como una posibilidad poética. En su voz, la República Dominicana se vuelve una idea en expansión, un territorio de sentido que reclama ser pensado no desde la resignación, sino desde la potencia. “Somos más de lo que creemos”, parece decirnos siempre. Y agregar: “y lo seremos aún más cuando sepamos vernos.”

Esta pedagogía del reconocimiento tiene un efecto transformador. Le devuelve al ciudadano común la conciencia de que pertenece a una historia vasta, que sus experiencias personales están inscritas en un relato más amplio, que su territorio —ese que a veces parece reducido a lo cotidiano— forma parte de una dinámica regional y global que influye, condiciona y al mismo tiempo habilita posibilidades. Gatón no empuja al país hacia el optimismo vacío, sino hacia la lucidez. Hacia la comprensión. Hacia la dignidad del saber.

Esa manera de pensar la identidad también recupera un gesto esencial de la filosofía: detenerse. Reflexionar. No apresurarse a responder qué somos, sino examinar por qué lo somos, cómo llegamos a serlo, qué fuerzas modelan nuestro sentido de pertenencia. El país, en sus reflexiones, se vuelve un concepto por estudiar, una pregunta que convoca meditaciones múltiples. Y al pensarlo así, nos revela que nuestra identidad no está hecha solamente de símbolos, sino de decisiones éticas, de tensiones políticas, de imaginarios culturales que se han ido sedimentando a lo largo de los siglos.

Quizás por eso su mirada tiene un tono de revelación. Como si todo el país estuviera esperando ser interpretado de ese modo. Como si la nación fuera un libro abierto que, sin embargo, nadie había sabido leer en su totalidad. Gatón no pretende tener la última palabra, pero sí insiste en abrir la conversación desde puntos donde casi nadie se detiene: la ontología del ser dominicano, su articulación interna, su potencial histórico. Invita a sustituir la consigna por la pregunta, el eslogan por la reflexión, el orgullo automático por el conocimiento.

Habitar un país, piensa él, es también comprenderlo. Y comprenderlo exige tanto la dimensión técnica —el análisis geopolítico, económico, histórico— como la dimensión íntima —el modo en que sus habitantes se piensan a sí mismos. Su gran aporte ha sido unir ambas dimensiones en un solo cuerpo reflexivo. Hacer de la geopolítica una vía hacia la identidad, y de la identidad una puerta hacia la comprensión del mundo.

Al final, su labor revela algo que suele pasar desapercibido: que un país no se transforma solo con políticas públicas, sino con un cambio en la manera en que se concibe a sí mismo. Iván Gatón trabaja allí, en ese umbral donde la conciencia se vuelve materia política. En ese territorio donde el conocimiento se vuelve posibilidad. En ese instante donde un ciudadano descubre que su historia tiene peso, que su cultura tiene densidad, que su país tiene sentido.

Y tal vez ese sea su mayor legado: haber despertado, en miles de personas, una pregunta que no se agota. ¿Quiénes somos cuando nos miramos sin miedo? ¿Qué país aparece cuando dejamos de vernos desde la carencia y empezamos a vernos desde la potencia? ¿Qué historia se escribe cuando dejamos de repetir lo que nos dijeron y comenzamos a pensar lo que realmente somos?

Hay caminantes que trazan rutas. Otros, como Iván Gatón, trazan despertares. Y esos despertares, cuando arraigan en una nación, pueden convertirse en las semillas de un futuro más consciente, más lúcido y, quizás, más digno.

Plinio Chahín

Escritor

Poeta, crítico y ensayista dominicano. Profesor universitario. Ha publicado los siguientes libros: Pensar las formas; Fantasmas de otros; Sin remedio; Narración de un cuerpo; Ragazza incógnita;Ojos de penitente; Pasión en el oficio de escribir; Cabaret místico; ¿Literatura sin lenguaje? Escritos sobre el silencio y otros textos, Premio Nacional de Ensayo 2005; Hechizos de la hybris, Premio de Poesía Casa de Teatro del año 1998; Oficios de un celebrante; Solemnidades de la muerte; Consumación de la carne; Salvo el insomnio; Canción del olvido; entre otros.

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