La República Islámica sufrió pérdidas devastadoras durante el conflicto, pero el régimen ha ganado confianza.

Mientras la televisión estatal iraní transmitía a todo volumen himnos de victoria tras anunciar el acuerdo con EEUU, una nueva narrativa comenzó a tomar forma en Teherán: el régimen cree que no solo ha sobrevivido a su mayor crisis en décadas, sino que ha salido fortalecido.

Entre las más altas esferas de la República Islámica, nadie negaría que Irán está lidiando con pérdidas devastadoras. Los ataques de EEUU e Israel destruyeron infraestructura crucial, causaron la muerte de unos 3,500 civiles y mataron al líder supremo, el ayatolá Ali Jamenei, y a varios altos mandos militares.

Pero fuentes internas del régimen, analistas iraníes y diplomáticos occidentales en Teherán coinciden en una cosa: la guerra no logró provocar la transformación radical que buscaban los enemigos de Irán. De hecho, el régimen, que a principios de año parecía estar en su momento más vulnerable, parece más seguro de sí mismo que antes de que comenzara la guerra en febrero.

"EEUU cometió un gran error. Despertó al dragón dormido", dijo una fuente del régimen. "Pagamos un precio enorme, pero activamos capacidades que antes habíamos dudado en utilizar".

Años de dificultades económicas, descontento público y los disturbios mortales de enero habían convencido a muchos, tanto dentro como fuera de Irán, de que la teocracia de 47 años de antigüedad tendría dificultades para sobrevivir a una confrontación a gran escala en la que participaran EEUU e Israel. Dos años de conflicto regional habían asestado golpes devastadores a Teherán y a sus aliados.

Ahora, ha logrado su transición de liderazgo y ha tomado el control de una herramienta geopolítica invaluable que antes dudaba en desplegar: ejercer el control sobre la estrecha vía navegable por la que pasaba una quinta parte del petróleo y el gas mundiales antes de la guerra.

También ha atacado la infraestructura energética y ha irritado a los aliados de Washington en el Golfo, mientras que EEUU e Israel no han logrado convencer al pueblo iraní de levantarse contra el régimen.

"La guerra encajó perfectamente en su ideología y en lo que habían estado preparando durante décadas", dijo un alto diplomático occidental en Teherán. "Los fortaleció".

El control sobre el estrecho de Ormuz se ha convertido en un motivo de orgullo. Tasnim, una agencia de noticias estrechamente alineada con la Guardia Revolucionaria, proclamó: "De ahora en adelante, ningún actor podrá definir el orden de seguridad en Asia occidental sin tomar en cuenta el papel y el poder de Irán".

El acuerdo anunciado el domingo extendió por 60 días el alto el fuego de abril con EEUU, lo que permite la reapertura gradual del estrecho y el levantamiento del bloqueo naval estadounidense sobre el transporte marítimo iraní. El acuerdo prevé negociaciones sobre el programa nuclear de Irán a cambio de un alivio gradual de las sanciones, que dependerá del progreso y de un acuerdo final.

Sin embargo, los diplomáticos advierten que algunas de las cuestiones más polémicas siguen sin resolverse.

Antes de la guerra, algunos funcionarios occidentales creían que Irán podría, en última instancia, aceptar transferir al extranjero sus reservas de uranio altamente enriquecido, cercano al nivel necesario para uso militar. Esa opción ahora parece políticamente imposible en Teherán, según los analistas, dado lo mucho que ha cambiado la mentalidad tras la guerra.

En cambio, el acuerdo obligaría a Irán a diluir, como mínimo, todo su uranio enriquecido bajo la supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).

Algunos miembros de la clase dirigente iraní se muestran más reacios a declarar una victoria rotunda, dados los desafíos de negociación que se avecinan, y señalan que todo lo acordado en el acuerdo marco del domingo es reversible.

"La victoria será cuando se reconozca el derecho de Irán a enriquecer uranio, nuestro uranio enriquecido permanezca dentro del país y el papel de EEUU en la región se reduzca a cero", dijo la fuente cercana al régimen.

Quizás el resultado más significativo del conflicto, al menos a nivel interno, fue la demostración de resiliencia institucional. La muerte de Jamenei, quien había dominado la república durante 37 años, no provocó la parálisis que algunos temían dentro del régimen.

Su hijo, el ayatolá Mojtaba Jamenei, lo sucedió en una transición en tiempos de guerra que, de hecho, minimizó el faccionalismo que podría haber surgido en tiempos de paz. Durante años, los activistas de la oposición habían denunciado la posibilidad de una sucesión hereditaria.

Desde que asumió el cargo, Mojtaba Jamenei se ha mantenido totalmente ausente de la vida pública, comunicándose únicamente a través de declaraciones escritas. Muchos iraníes aún no han escuchado su voz, y mucho menos lo han visto dirigirse a la nación por televisión. Sin embargo, ha habido pocos indicios visibles de resistencia organizada contra su Gobierno.

"En circunstancias normales, una sucesión así podría haber provocado protestas e incluso derramamiento de sangre", dijo Sahar, una empresaria antigubernamental que pidió que no se utilizara su nombre real. "Pero él está al mando y la mayoría de la gente apenas parece notarlo".

El nuevo liderazgo ha continuado discretamente con una política de flexibilización social destinada a apaciguar a la clase media urbana. Esto ha dado lugar a cambios cada vez más visibles, desde una mayor flexibilización de los requisitos obligatorios del hiyab para las mujeres hasta música en vivo en los cafés y mujeres que actúan en solitario o bailan en público.

El sistema político de Irán también ha mostrado cohesión en decisiones críticas relacionadas con la guerra y la paz en los últimos meses, a pesar de cierta oposición por parte de los ultraconservadores, quienes han acusado a los negociadores de traición y han presionado para que continúe el conflicto.

Mientras tanto, los grupos leales al régimen han mantenido una presencia constante en las plazas públicas de todo el país como muestra de vigilancia ante un posible resurgimiento de los disturbios.

Al mismo tiempo, las autoridades han llevado a cabo ejecuciones relacionadas tanto con los disturbios de enero como con acusaciones de espionaje en tiempos de guerra. La represión tiene el propósito de proyectar fortaleza, pero también pone de relieve las continuas inquietudes dentro del sistema respecto de su estabilidad a largo plazo.

Mientras tanto, las dolorosas consecuencias económicas de la guerra apenas están comenzando a manifestarse.

Los daños a las instalaciones energéticas, petroquímicas e industriales requerirán años de reconstrucción. Esto se suma a una economía que lucha contra una inflación interanual de alrededor del 84 por ciento. Algunos economistas iraníes advierten que aún no se ha sentido el impacto total de las perturbaciones causadas por la guerra y temen que la inflación pueda acelerarse.

Incluso los partidarios del Gobierno reconocen que el bloqueo de la Armada estadounidense dejó al descubierto las vulnerabilidades de Irán.

"El bloqueo fue económicamente más dañino que la propia campaña militar", dijo otra persona cercana a la clase dirigente. "Irán necesita que se levante, ya sea mediante la guerra o la paz".

La guerra tampoco ha borrado la profunda frustración que sienten muchos iraníes que alguna vez esperaron que el conflicto pudiera traer un cambio político.

"Trump nos traicionó más que los presidentes estadounidenses anteriores y complicó aún más nuestra situación", dijo un instructor de yoga que había esperado un cambio de régimen. "La República Islámica puede proclamar la victoria. Pero muchos de nosotros no compartimos ese sentimiento. Nos sentimos agotados, paralizados y abandonados por todos".

Najmeh Bozorgmehr. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.

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