La paráfrasis que se atribuye a Miguel de Unamuno: “Los ingleses inventaron la locomotora; nosotros la usaremos”, inspirada en el último capítulo de su obra Del sentimiento trágico de la vida (1913), condensa una intuición crítica sobre la relación de España con la modernidad, así como uno de los legados a sus excolonias americanas.
No se trata de una constatación técnica, sino cultural: la diferencia entre esforzarse o beneficiarse, ir a la vanguardia del progreso o permanecer al margen, innovar o usufructuar lo creado por otros. Y por eso su paradoja intrínseca:
“Y yo he dicho muchas veces que la luz eléctrica alumbra aquí como donde se inventó, y que la locomotora corre aquí como donde se inventó, y que los logaritmos nos sirven lo mismo que al pueblo que los ideó. Y así, cuando nos echan en cara nuestra incapacidad científica, respondo: “¡Que inventen ellos!”
En esa disyuntiva —inventar/beneficiarse— laten tres realidades al mismo tiempo. Primera, la defensa, por parte de Unamuno, del valor profundo del nacionalismo patrio. Segunda, el predominio de una actitud que privilegia el uso inmediato de descubrimientos científicos, al igual que la utilización de sus respectivas transformaciones tecnológicas, en detrimento de cierto espíritu de perfeccionamiento individual y de progreso colectivo e innovador. Y, tercera, el reconocimiento de la diversidad intrínseca de las sociedades humanas, pues no todas se relacionan del mismo modo con el conocimiento, la técnica y el esfuerzo sistemático de superación colectiva, no solo individual, de sí mismas.
En el contexto hispanoamericano, la disyuntiva planteada entre el esfuerzo propio o el mero usufructo de los adelantos científico-tecnológicos de otros puede leerse como una problemática de la antigua metrópolis legada —quiérase o no— a sus colonias ya independizadas.
No porque revele una incapacidad de adaptación —pues las sociedades hispánicas han sabido incorporar tecnologías, ideas y sistemas ajenos con rapidez y flexibilidad—, sino porque esa adaptabilidad, no pocas veces voluptuosa, puede derivar en conformismo con una cultura de lo fácil, del menor esfuerzo, de la indolencia o del irrefutable “coger mangos bajitos”, donde el ingenio se orienta más a “acomodarse” o “arreglárselas” con lo dado que a construir las condiciones para producir conocimiento, ciencia o instituciones originales.
No es cuestión de dejadez pasiva, sino de una creatividad desviada hacia el atajo, la improvisación y la supervivencia inmediata, valiéndose del mínimo esfuerzo sostenido.
De ahí, a modo didáctico, el valor del siguiente contrapunteo.
En el mundo germánico, la invención no es un accidente, sino un deber cultural. Desde la universidad humboldtiana hasta la ingeniería alemana contemporánea, el saber se concibe como sistema: teoría rigurosa, método, disciplina y paciencia histórica.
La educación no apunta a la utilidad inmediata, sino a la formación profunda (Bildung). La política, por su parte, se apoya en instituciones fuertes y previsibles, diseñadas para durar más que los gobiernos. La ciencia no se “aplica”: se construye.
Aquí la locomotora importa menos que el plano, el cálculo y la capacidad de mejorarla indefinidamente.
Mientras tanto, el mundo anglosajón adopta otra lógica, menos filosófica pero igual de eficaz.
Su fortaleza no reside tanto en la profundidad teórica como en la institucionalización del experimento. El error no se penaliza, se capitaliza. Universidades, empresas e instancias gubernamentales funcionan como laboratorios permanentes. La educación fomenta la iniciativa y la solución de problemas; la política privilegia reglas claras y pragmatismo; la ciencia se vincula rápidamente con la industria.
El anglosajón no solo inventa la locomotora: crea el mercado, la empresa y el ecosistema que permiten producir miles de versiones mejores.
El mundo japonés es aún más revelador, porque desmonta la excusa del “origen cultural”. Japón tampoco inventó la locomotora moderna, pero entendió algo clave: usar no basta, hay que dominar.
Tras la Restauración Meiji, el país importó saberes occidentales con una obsesión casi ascética por comprenderlos hasta el último tornillo. La educación japonesa castiga la improvisación y glorifica el esfuerzo sostenido. La política prioriza la continuidad y la planificación a largo plazo. La ciencia y la técnica se perfeccionan hasta niveles de excelencia incremental.
Japón empezó usando la locomotora ajena, pero terminó diseñando trenes que el mundo entero imita.
Frente a esos modelos, el mundo iberoamericano en general, aparece atrapado en una relación superficial con la modernidad.
Se admira el resultado, pero se sospecha del método. Se desea el producto, pero se elude la disciplina. Educación sin investigación, política sin instituciones sólidas, ciencia sin inversión estructural: una modernidad prestada, siempre dependiente.
En contrapunteo con la idiosincrasia dominicana, la crítica de Unamuno se vuelve especialmente elocuente.
Si el mundo germánico piensa la locomotora, el anglosajón la prueba y el japonés la perfecciona, la cultura dominicana se ha especializado históricamente en hacerla funcionar sin manual, incluso cuando llega incompleta o averiada.
No es incapacidad: es ingeniosidad adaptativa elevada a normativa sistémica, que podría resumirse en la fábula de la locomotora y el pasajero avivado.
En la educación dominicana, eso se manifiesta en una valoración ambigua del conocimiento. Se respeta el título o el diploma obtenido, pero se relativiza el proceso que conduce a él e incluso su valor útil. La memorización, el “resolver”, el pasar de curso pesan más que la investigación, la lectura lenta o el rigor metodológico. El estudiante aprende a cumplir, no necesariamente a comprender o a descubrir cualesquier cosa.
Así se forman profesionales funcionales, pero raramente comunidades académicas y/o escuelas de pensamiento capaces de producir teoría, ciencia o innovación tecnológica sostenida con incidencia efectiva en el ámbito internacional.
En política, la idiosincrasia dominicana refuerza la cultura del emperifollado personalismo ensimismado de actores proféticos.
Las instituciones existen, pero dependen excesivamente de quién las dirige y de lo que aparentan ser.
La regla es flexible, negociable; la excepción se vuelve norma. Y la justicia, una vulgar “a según”.
Eso genera una notable capacidad de gobernar en contextos difíciles, pero también una debilidad estructural: sin planificación de largo plazo, sin acumulación institucional, cada gobierno vuelve a “arrancar la locomotora” como si fuera nueva, por aquello de que “escobita nueva barre bien”. Pero así las cosas públicas se convierten en oportunidad del presente, no en diseño ni en gestión del futuro.
En el ámbito científico y tecnológico, el patrón es coherente con lo anterior.
Hay talento individual, creatividad y adaptación rápida, pero falta el espíritu metódico y la disciplina cultural para la pesquisa y el descubrimiento apreciado y sistemático. La investigación se percibe como gasto, no como inversión estratégica. Se importa tecnología, se implementan soluciones, pero rara vez se crean condiciones para desarrollar conocimiento propio.
El dominicano sabe usar la máquina, incluso mejorarla artesanalmente, pero el sistema no le pide —ni le permite— diseñarla desde cero.
Aquí aparece lo decisivo: la cultura dominicana prioriza la resolución inmediata, no la construcción paciente. El resultado es una modernidad fragmentaria: avances visibles, pero poco acumulativos, a menudo efímeros y siempre superficiales.
La locomotora avanza, sí, pero gracias al empuje constante de individuos, no a la solidez de las vías ni a la potencia estructural de su motor. Además, no es nuestra: no controlamos su diseño ni su destino y aun menos su valor.
Desde la atalaya de la longevidad, me atrevo a afirmar que, si no damos un verdadero salto cualitativo en el ámbito cultural, el país seguirá siendo un pasajero lúcido, simpático, bondadoso y resiliente, pero siempre relegado a un tren diseñado por otros, para otros; aunque lo utilicemos y recordemos —con resignada ironía— aquello que exclamó Unamuno: ¡Que inventen ellos!
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