Como violinista, he tenido La Sonata a Kreutzer de León Tolstói en mi lista por leer desde hace tiempo. El nombre del libro es una referencia directa a la Sonata No.9 para violín y piano de Beethoven, dedicada al violinista Rodolfo Kreutzer. Es una obra exigente que incluye desafíos técnicos y expresivos para ambos instrumentos.
La historia de Tolstói tiene poco que ver con la música. Toma su nombre porque la sonata fue el catalizador de los celos y de la fractura psicológica del personaje principal, Pozdnychev.
A lo largo de la novela corta, Pozdnychev describe el destino desastroso de su matrimonio, moldeado por sus ideales de cómo debería ser un buen matrimonio según el ejemplo de sus padres. Pensó que había elegido a la mujer perfecta, pero se da cuenta de que todo es una ilusión.

Una vez casado, la realidad lo golpea. Se da cuenta de que no es lo que había imaginado. Lo considera un desastre y se convence de que es porque la naturaleza de las mujeres es ser criaturas sensuales que necesitan ser controladas.
Pozdnychev argumenta que, dado que las mujeres “porque se les han privado de derechos iguales a los que disfrutan los hombres. Se vengan de nuestra sensualidad; nos atrapan en sus redes”. Este resentimiento hacia su esposa transforma su idea de las mujeres en criaturas brutales que han buscado venganza a través de su sensualidad. Culpa a la institución del matrimonio de destruir el mayor estado de la mujer, “ser pura, ser un vesta, ser una virgenl”, y afirma que uno de cada cincuenta hombres engaña a sus esposas. Pero no logra ver cómo la opresión del sistema crea este desequilibrio.
Llegados a este punto, es justo preguntarse cómo se relaciona todo esto con la sonata, ya que apenas trata sobre Beethoven. Un día, el antiguo vecino de Pozdnychev, un violinista, llamó a su puerta. Tocó para ellos, y la esposa de Pozdnychev lo acompaña ya que ella toca el piano. Organizaron una velada musical para sus amigos, lo que despierta los celos de Pozdnychev y revela sus inseguridades más profundas.
Durante el concierto, Pozdnychev quedó impresionado por la música y por la complicidad que su esposa tenía con otro hombre. Está convencido de que su esposa o bien lo está engañando o lo hará. Describe el primer movimiento de la Sonata a Kreutzer como un vehículo que lo transportó a un “mundo desconocido, donde no había lugar para los celos”, pero lo que realmente encendió su furia fue una segunda obra, sin nombre, que describe como “una pieza apasionada hasta el punto de la obscenidad.”
Pozdnychev considera la música como una herramienta peligrosa para incitar ciertas emociones y cree que debería estar encerrada bajo llave. En su mente, la música se convierte en el escenario perfecto que lleva a su esposa a engañarlo con un hombre horrible, como describe al violinista.
Su paranoia finalmente escala hasta la violencia. Pozdnychev decide regresar a casa antes de tiempo de un viaje de negocios, convencido de que encontrará a su esposa engañándolo. Tenía razón. La encontró con él, cenando. Consumido por la ira y la humillación, se abalanzó sobre su esposa y la apuñaló varias veces. Ella murió al día siguiente, mientras él quedaba consumido por el arrepentimiento y el miedo a lo que vendría después.
Contrario a lo que sugiere el título, y después de leerla con la Sonata a Kreutzer de Beethoven sonando de fondo, tomé un camino distinto al acompañar esta novela corta. La pieza que sentí más alineada es Moro Lasso al Mio Duolo de Carlo Gesualdo. Al escuchar la obra, uno podría pensar que no suena tan profunda, introspectiva y oscura como el libro, pero compartiré las letras en español:
Muero, languideciendo, en mi dolor,
Y quien podría darme la vida,
¡Ay!, ¡que me mata y no quiere darme ayuda!
Oh, dolorosa suerte,
Quien me puede dar la vida, ¡ay!, ¡me da la muerte!
Esta pieza es un madrigal, una canción secular popular durante el Renacimiento y el inicio del Barroco, escrita para magnificar estados emocionales a través del figuralismo, lo que refleja los pensamientos de Pozdnychev con una precisión inquietante. En el verso inicial de Moro, lasso al mio duolo (Muero, languideciendo, en mi dolor) hay una línea cromática descendente que encarna el dolor y el sufrimiento, creando una atmósfera espeluznante muy cercana a la narrativa de Tolstói.
No fueron solo la letra y el gran figuralismo lo que señala una sensación incómoda y lo que me atrajo de esta pieza, sino también su contexto histórico. Carlo Gesualdo, príncipe de Venosa, fue un compositor conocido tanto de música sacra como secular, y también es famoso por haber matado a su esposa y a su amante tras descubrir su aventura.
Cuando estas dos experiencias se colocan una junto a la otra, aparece una especie de simetría perturbadora. En Tolstói somos testigos de un hombre llevado a un acto horrible a través de la experiencia de la música; en Gesualdo, escuchamos a un hombre que transformó un acto horrible en una música tan compleja y emocionalmente cargada que hace que la música se sienta peligrosa.
Gesualdo crea una atmósfera donde la muerte y el amor son inseparables, y si se llega al final de La sonata a Kreutzer de Tolstói, se puede ver el arrepentimiento de Pozdnyzchev persistiendo de la misma manera, obligándonos a cuestionar si su violencia fue un acto de odio o un acto de amor realmente distorsionado.
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