En los últimos meses se ha instalado en los medios de comunicación y en algunas instituciones educativas una sospecha generalizada sobre el uso de la inteligencia artificial en la producción académica. Todo trabajo escrito con apoyo tecnológico parece quedar bajo una doble sombra: la de la duda y la del plagio.
Conviene, sin embargo, distinguir con claridad, pues a una persona como yo, cuya trayectoria ha sido la de la autenticidad en todo lo que me involucro, sea personal o laboral, a esta edad, no es verdad que vaya a defender nada de mala fe o que desdiga de mi exigencia de eticidad.
He dicho públicamente que la inteligencia artificial no posee conciencia, ni intención, ni proyecto, ni responsabilidad. No formula hipótesis propias ni asume consecuencias teóricas. Es una maquinaria compleja de reorganización probabilística de información. Puede errar, simplificar, incluso reproducir sesgos. Pero no piensa en sentido fuerte.
Quien piensa es el investigador.
Si una persona formula sus propias hipótesis, diseña su programa de categorías, desarrolla argumentos, detecta inconsistencias y discrimina errores conceptuales, el uso de una herramienta tecnológica para organizar, sistematizar o pulir redacciones no constituye plagio ni sustitución intelectual. Constituye, simplemente, asistencia técnica.
El plagio comienza donde termina el juicio propio.
Actualmente se ha desatado en los medios de comunicación e instituciones educativas una serie de juicios y prejuicios sobre personas formal e informalmente intelectualmente preparadas y los trabajos que presentan públicamente, los cuales son sometidos a una gratuita sospecha sobre su realización.
La cuestión ética no radica en si se utiliza o no inteligencia artificial, sino en si el sujeto conserva el control crítico del proceso: si puede defender lo que escribe, si comprende lo que afirma, si asume la responsabilidad de sus tesis.
En investigación filosófica —especialmente en trabajos extensos, densos y técnicamente exigentes— la IA puede convertirse en un laboratorio dialéctico. Obliga a formular mejor las preguntas, a precisar conceptos, a detectar ambigüedades. No sustituye el pensamiento; lo pone a prueba. Amplifica la capacidad de quien ya piensa; no crea pensamiento donde no existe. Actualmente me encuentro analizando una tesis filosófica extensa dedicada a la ontología sartreana, no a los temas derivados que en su época se popularizaron como aforismos juveniles —la mala fe, la angustia o la libertad—, sino al núcleo ontológico más complejo y menos trabajado en nuestro medio universitario. Se trata de un terreno conceptualmente exigente, poco explorado y altamente técnico, sobre el cual él dedicado años de estudio sistemático. Me siento plenamente capacitada para formular hipótesis propias, detectar deslices teóricos y sostener críticamente mis argumentos. Sin embargo, dada la magnitud del trabajo y los límites reales de tiempo en que debe desarrollarse, recurro también a soporte técnico de inteligencia artificial para organizar, contrastar y sistematizar información, siempre bajo vigilancia crítica y corrigiendo sus inevitables errores. El juicio filosófico no se delega ni se automatiza: se asume, se ejerce y se firma con nombre propio.
La mediocridad no nace del uso de herramientas, sino de la ausencia de rigor.
Las grandes universidades del mundo no han optado por la prohibición absoluta, sino por el uso regulado y crítico. La historia de la cultura muestra que cada innovación técnica despierta recelos iniciales: ocurrió con la imprenta, con la computadora, con internet. Hoy ocurre con la inteligencia artificial. Y por esta razón ha caído en manos no inteligentes; existen personas en nuestro medio, intelectualmente criticas cuyo uso ocultan y quienes lo asumen con valentía, despiertan sospechas. Es probable que yo no vea su uso generalizado y creativo.
El desafío no es rechazarla ni explotarla sin criterio, sino manejarla prudentemente.
Manejarla prudentemente significa: leer primero, pensar primero, formular hipótesis propias, contrastar, corregir, asumir responsabilidad final. Significa usar la tecnología como instrumento, no como sustituto.
La inteligencia artificial es un producto de la inteligencia humana. Puede ser inferior en intencionalidad y vida interior, pero es cada vez más eficiente en tareas técnicas. Negarse a interactuar con ella por prejuicio no fortalece el pensamiento; lo empobrece.
La pregunta decisiva no es si alguien utilizó inteligencia artificial. La pregunta decisiva es: ¿hay pensamiento propio y la ética permanece intacta, detrás , por ejemplo, de ese texto que pedí editar a la IA pidiendo respetar las ideas que previamente pensé y redacte?
Compartir esta nota