CAPÍTULO 2
LA CIUDAD COLONIAL:
LOS CANGREJOS AHUYENTAN A LOS INGLESES
A través de la historia de la muralla de la capital dominicana se puede otear el proceso inverosímil de la colonización y los avatares del peregrinaje de la sociedad dominicana.
Santo Domingo, lunes, 27 de mayo de 2019.
Al día siguiente, amaneció lluvioso. Era lunes. La capital dominicana, como siempre, estaba desbordada por el agua caída. Las calles entaponadas provocaban que los conductores se movieran trabajosamente, impidiendo el tránsito, los semáforos no funcionaban, y mucho menos los policías de tránsito, que aprovechaban la lluvia torrencial para evitar su trabajo.
Aurelio, en ese momento, mientras manejaba en su Renault azul hacia la Universidad donde impartía docencia a sus estudiantes de Filosofía, cuyo horario de clases comenzaba a las diez de la mañana, su mente se remontó a la ciudad colonial.
“…El Santo Domingo del 2019 había evolucionado en el curso de los últimos 500 años, pero después de la guerra civil de 1965 y la intervención norteamericana que le siguió, vio surgir centenares de torres, avenidas que suplantaron el viejo sector de Gascue, y la Ciudad Nueva símbolos de una época pasada. Ciertamente, era una verdadera ciudad nueva. La antigua ciudad colonial, del viejo Santo Domingo, había experimentado mayúsculas transformaciones.
La conquista española arrastró consigo la fundación por Nicolás de Ovando de la primera ciudad del nuevo mundo. La leyenda habla de que, en un primer momento, una plaga de hormigas obligó a Bartolomé Colón, hermano de Cristóbal Colón, el descubridor, a trasladar el primer asentamiento situado en lo que hoy es Villa Duarte, en la parte este del río Ozama, a la parte oeste. Sin embargo, otros historiadores refutan esta leyenda y dicen que el traslado del asentamiento se debió a la naturaleza del terreno que era muy frágil. Años más tarde, la Corona designó al Comendador Frey Nicolás de Ovando quien comenzó la construcción de una muralla para protegerla de los piratas. Esta construcción duraría 200 años y los restos de la misma todavía subsisten como muñones de las cuatro puertas de entrada y salida de la ciudadela amurallada (la de la Atarazana, la de San Diego, la de la Misericordia y la del Conde). Las dos primeras, al lado del río Ozama, donde atracaban los barcos, la tercera donde Matías Ramón Mella tiró su famoso trabucazo, y la última, en honor del Conde de Peñalba, (Bernardino Meneses Bracamonte y Zapata) noble español gobernador de la isla en 1655, y quien derrotó a los ingleses que comandados por William Penn y el general Robert Venables, pretendieron, en esa fecha invadirla”.
Aurelio siguió recordando… Otra leyenda:
“La alianza de 200 arcabuceros españoles y los cangrejos vencieron a las tropas inglesas. Antonio del Monte y Tejada en su Historia de Santo Domingo dice que los ingleses una noche, entre el 5 y 6 de mayo de 1655, escucharon los pasos de un numeroso ejército que marchaba rumbo al lugar en donde se encontraban. Eran los cangrejos y los ingleses huyeron despavoridos al paso de estos crustáceos que chocando caparazón contra caparazón y caminando sobre la hojarasca producían un ruido similar al paso de unas tropas ordenadas y disciplinadas, como si fuera un numeroso ejército que avanzaba desde la playa de Haina y el Fuerte de San Gerónimo. Leyenda o no, lo cierto es que, en honor a los cangrejos liberadores, los vecinos de la ciudad colonial ordenaron a un orfebre elaborar un cangrejo de oro que formó parte de las joyas de la catedral, hasta que en 1801 los franceses del General Ferrand lo robaron. Pero, 70 años antes, el corsario Francis Drake en 1586, a 94 años del descubrimiento, invadió la ciudad colonial, la saqueó durante un mes hasta más no poder, marchándose después que los españoles le pagaron un rescate de 25, 000 ducados.
La edificación de la muralla de la vieja ciudad colonial es iniciada por el constructor Rodríguez de Liendo. O sea, la ciudadela amurallada recorría desde la puerta de la Atarazana, la puerta de San Diego, frente al Ozama, lindaba todo el malecón hasta la actual calle Palo Hincado, subía por la calle Juan Isidro Pérez y terminaba en la Atarazana. La circundaban torres de vigilancia, o sea, Fuertes, y se inicia con el Fuerte del Ángulo, el de San Diego, el Fuerte invencible (la fortaleza Ozama), el más antiguo bastión militar construido por los españoles en América; el Fuerte San Santiago, el Fuerte San José (esquina 19 de Marzo, frente a la estatua de Montesinos ) el Fuerte San Gil en la esquina Palo Hincado; el Fuerte de la Concepción en la Avenida Mella; el Fuerte de San Antón, que estaba situado al norte de la prolongación de la calle Hostos y el Fuerte de Santa Bárbara, al lado de la iglesia del mismo nombre, hoy restaurada.
Esta muralla se mantuvo sin cambios fundamentales durante todo el siglo 18. Y al sobrevenir la revolución francesa, el Tratado de Basilea y la independencia haitiana, la invasión de Leclerc en 1802, casado con una hermana de Napoleón Bonaparte, y la ocupación francesa de la parte española de la isla, en 1804 hasta 1809; el periodo de la España Boba hasta la ocupación haitiana de 1822 a 1844, la ciudad colonial amurallada seguía en pie.
Sin embargo, la expansión extramuros de la Capital empieza a cambiar después de finales del siglo 19, cuando los ya dominicanos abaten la dictadura de Ulises Heureaux. En efecto, poco a poco comenzó a extenderse hacia el Oeste. Pero la muralla iba desapareciendo con el correr del tiempo.
Durante la dictadura de Trujillo, la ciudad siguió extendiéndose hacia el oeste y hacia el norte. Hacia el Oeste, la urbe llegaba hasta la avenida Fabre Geffrard (hoy Abraham Lincoln), pero más allá eran montes. Un majestuoso Palacio de Gobierno fue construido por el arquitecto Guido D’Allesandro, en el mismo alto que estaba asentado el antiguo Palacio gubernamental. Pero, todavía, en lo esencial, Santo Domingo de Guzmán era la ciudad colonial más Gascue, donde habitaban las familias de clase alta de la época. En la parte norte, la ciudad se extendía un poco más de la avenida Máximo Gómez, donde en el periodo de auge de la dictadura en los años cincuenta florecieron numerosas fábricas.
La tercera ola de expansión de Santo Domingo ocurrió después de la intervención norteamericana de 1965, pero más precisamente, durante el periodo de los doce años del régimen de Joaquín Balaguer, etapa en la cual la urbanización cobró un auge inusitado…”.
Mientras Aurelio en su trayecto a la Universidad repasaba la historia de la ciudad, volvió a la realidad existencial.
No había dormido bien. El insomnio le había perturbado una vez más la noche anterior. Sin embargo, cosa rara, el encuentro casual de la noche anterior con aquella mujer, borró de cuajo la falta de sueño y su recuerdo no dejaba de inquietarle. Sin proponérselo, pensaba en ella lo que demostraba la veracidad de la recomendación de la psiquiatra que había ido a consultar días antes sobre su estado de ánimo de entonces.
—Aurelio, le dijo, conteste las preguntas de este cuestionario.
—Cuáles de estos síntomas usted experimenta? Ansiedad? Insomnio? Ideas suicidas? Depresión?
—Me siento deprimido, contestó Aurelio.
Después de revisar las respuestas y entrar en el clásico interrogatorio de estos casos de terapia conductual, le sugirió alternativas: ejercicio, tratar nuevas relaciones que le hicieran olvidar o transitar sin traumas el periodo de duelo, que a pesar de los años transcurridos no acaba de pasar, que para su doctora era algo pasajero en algunos pacientes, pero en otros no, que podía ser su caso, pero que si seguía sus recomendaciones había soluciones. Finalmente lo despachó, no sin antes indicarle algunos somníferos durante una semana y productos naturales para combatir el stress.
Al conocer a Lucía Mendieta, comenzó a darle razón a las recomendaciones de la terapeuta. No se la quitaba de encima. Esa mañana, pues, pensaba en otra mujer. Una prueba de que la doctora tenía razón. Aquella relación pasada, rota en circunstancias aparentemente apacibles, como dos adultos mayores, había dejado huellas indelebles, y la figura de la otra seguía revoloteando su espíritu de manera sistemática, molestándolo, aparentemente, sin ton ni son, lo que demostraba que no se había separado, espiritualmente, de esa antigua relación.
Terminada la docencia, Aurelio ideó un plan para recontactar a Lucía. Ella era una artista de renombre, y su tío era su amigo: el escritor Roberto Mendieta. Lo llamaría y utilizando un pretexto le pediría el teléfono de Lucía. Y así lo hizo.
Roberto tomó el teléfono. Fallido intento.
—Hola! quién habla?
—Aurelio Javier, le contestó. Después de saludarlo y preguntarle por su salud, le dijo: Estoy organizando una exposición artística y me gustaría que su sobrina participara. Me podría facilitar su teléfono?
Aurelio notó que Roberto vaciló al contestar. Pero al fin lo hizo.
—Mi secretaria, que lo tiene no está conmigo en esos momentos.
—Bien. Te puedo llamar más luego?
—Sí, le dijo. vuelve a llamar el lunes.
El lunes siguiente, Aurelio volvió a llamarlo.
—Hola Roberto soy Aurelio Javier de nuevo.
—Hola Aurelio, respondió Roberto.
—Me conseguiste el teléfono de Lucía?
—Lamentablemente, no. Mi secretaria no ha tenido tiempo de buscarlo.
En ese momento, Aurelio notó en su voz una cierta inconformidad con la llamada. Se dio cuenta de que Roberto estaba buscando un pretexto para no facilitar el contacto. Estaba renuente. Parecía celoso por razones inexplicables.
Aurelio no volvió a insistir. Días después, acometió una nueva iniciativa, utilizando una vía distinta. Otro amigo, Esteban, profesor universitario de familia muy conocida, estaba relacionado con la familia de Lucía. Y podría tener la llave que abriera la puerta y penetrara en el mundo desconocido de Lucía.
Todo fue muy rápido. Esteban no tenía contacto con Lucía, pero sí el teléfono de su madre, Eliane Maurois viuda Mendieta. Un entorno más directo que el de su tío, el cual le facilitó.
Aurelio la llamó de inmediato.
Sin embargo, la señora, prestigiosa educadora, al responder la llamada reaccionó bruscamente. Aquella mujer que hablaba por teléfono no era la gentil dama que había saludado en Novo Centro. A la cual había confundido con otra señora. Esta vez, se notaba áspera, agresiva, impenetrable como fiera salvaje que buscaba fijar su territorio. Quería saber por qué Aurelio solicitaba el teléfono de su hija. Lo cual era lógico. Después de que Aurelio hizo malabares para explicarle la exposición artística. Finalmente, se lo facilitó.
Esa misma tarde, después de mucho cavilar, Aurelio hizo la llamada.
—Hola! Lucía Mendieta?
Una voz sonora respondió.
—Sí. quién habla?
Aurelio, en ese momento, sintió que el pecho se le apretaba.
—Me recuerda? soy Aurelio Javier nos vimos la semana pasada en Novo Centro. He leído algo de Usted. Veo que nació en el 1962.
Al oír esto, Lucía respingó para sus adentros, pero no le dijo nada.
—Su madre me facilitó su teléfono quise obtenerlo por vía de su tío, pero no pude conseguirlo con él.
—Ah sí, recuerdo.
En ese momento, su voz al primer contacto no fue de rechazo.
En ese instante, Aurelio comprendió que la próxima pregunta y la respuesta a recibir iban a decidirlo todo.
—Me gustaría entrar en contacto personal con usted. Podríamos vernos de nuevo?
Después de algunos segundos angustiantes de silencio, la voz sonora respondió:
—Llámeme de nuevo el lunes de la próxima semana. Esta semana no puedo. Tengo compromisos que atender con el colegio de mi hijo.
En ese momento Aurelio se enteró de que Lucía tenía un hijo. Estaría casada?
Pero la invitación quedó en el aire. Había que esperar una semana más para retomarla sin saber de antemano sus resultados. Aurelio no tenía idea de su respuesta final. Meses después ella misma le enteró que sostuvo una conversación con su tío a propósito de mi llamada y su reacción. Aurelio también pensó que Lucía en esa semana empezaría a investigar quién era el personaje de esa curiosa llamada.
Lo que Aurelio no supo sino muchos meses después fue que Lucía, en esa conversación con su tío Roberto, antes de la cita con Aurelio, le preguntó a su tío si conocía a Aurelio Javier.
Roberto no respondió de inmediato. Se quedó callado y taciturno.
Minutos después, le dijo:
—Sí, lo conozco, tenemos relaciones políticas.
En realidad, estaba celoso.
El lunes siguiente, Aurelio repitió la llamada. Era de mañana y sintió la misma sensación de incertidumbre de la semana pasada al contactarla por primera vez.
—Hola, soy Aurelio Javier de nuevo. Quedé de llamarla de nuevo hoy.
—Hola. sí, lo recuerdo, respondió Lucía con una voz que le pareció a Aurelio ahora más agradable.
—Mucho apreciaría si aceptara cenar conmigo, le dijo Aurelio, y tras un corto silencio continuó—. Le propongo El Mesón de la Cava. Le parece bien?
—Está bien, hace algún tiempo visité el lugar, pero no he vuelto más.
—Entonces, haré la reservación. A qué hora le parece? 7 p. m.?
—A las 7 p. m., respondió, pero, yo puedo ir en mi vehículo y podemos encontrarnos allí.
Aurelio respondió raudamente:
—De ninguna manera, usted es mi invitada.
—Deme su dirección y la pasaré a buscar a las 6.45 p. m.
—Residencial La Ballena, No. 10, 4to piso. Gascue, respondió. Lo espero pues a esa hora.
El primer paso había sido franqueado.
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