Una República puede aprender de sus errores, acumular capacidad, anticipar riesgos y reconocer qué necesita transformar y qué debe preservar. Puede desarrollar, incluso, una notable habilidad para ejecutar decisiones. Pero ninguna de esas capacidades resuelve por sí sola una pregunta decisiva: ¿para qué debe utilizar su poder?

Saber actuar no equivale a justificar la dirección de la acción. Una decisión puede ejecutarse correctamente y perseguir, sin embargo, una prioridad equivocada. El desafío republicano no consiste únicamente en mejorar la capacidad de hacer, sino también en justificar qué merece hacerse y por qué.

La administración pública necesita medir su desempeño. Los plazos, los costos y los resultados permiten evaluar si una intervención alcanza sus objetivos. El problema aparece cuando los indicadores dejan de informar el juicio y pretenden sustituirlo. Una medición favorable no demuestra, por sí sola, que la meta elegida merezca ser perseguida.

Imaginemos una entidad pública que reduce considerablemente el tiempo necesario para tramitar una solicitud, pero consigue esa rapidez suprimiendo garantías necesarias o dificultando el acceso de los ciudadanos con menos recursos. La intervención gana velocidad y, al mismo tiempo, puede deteriorar las condiciones que debía respetar. Una República puede ser eficaz en la ejecución y equivocarse en la finalidad.

La eficiencia es valiosa, pero su significado depende de aquello a lo que sirve y de los límites que respeta. Lo mismo ocurre con el crecimiento económico, la popularidad de una medida o el cumplimiento administrativo: son elementos relevantes para evaluar la acción pública, no razones suficientes para justificar cualquier prioridad.

Conviene distinguir entre lo que una decisión pretende conseguir y las razones por las que ese objetivo merece ser perseguido. Una meta puede ser concreta, medible y técnicamente viable sin que existan razones suficientes para darle prioridad frente a otras necesidades. Que algo pueda hacerse no demuestra que deba hacerse. La viabilidad responde a una cuestión de posibilidad; la justificación exige explicar por qué una opción debe preferirse frente a las alternativas.

Esa explicación requiere razones examinables: qué necesidad se pretende atender, por qué merece prioridad, qué otras opciones se consideraron y quiénes recibirán los beneficios o soportarán los costos y riesgos. El respaldo electoral importa, pero no vuelve incuestionables las decisiones. El pluralismo democrático admite desacuerdos legítimos; no obliga a considerar igualmente defendible cualquier propósito.

Una finalidad defendible tampoco convierte en aceptable cualquier instrumento utilizado para alcanzarla. Una política puede proponerse ampliar oportunidades y establecer procedimientos que excluyan precisamente a quienes encuentran mayores obstáculos para acceder a ellas. Los medios no son neutrales: distribuyen costos, afectan derechos y pueden contradecir el propósito que supuestamente los justifica.

Un buen fin no exime de justificar los medios; unos medios eficaces tampoco justifican cualquier fin. Cuando una intervención produce resultados adversos, hay que determinar si el problema reside en la finalidad, los instrumentos, la ejecución o los supuestos iniciales. La respuesta exige examinar la evidencia, no defender automáticamente la decisión original ni abandonarla ante la primera dificultad.

En la Doctrina de Reconstrucción Institucional Humanista, la libertad, la dignidad y el autogobierno ciudadano son referencias para justificar y evaluar la orientación de la acción pública. Su valor no reside en pronunciarlos como principios solemnes, sino en aplicarlos al juicio concreto: qué condición humana se pretende mejorar, qué garantías deben respetarse y cómo se distribuyen los beneficios, los costos y los riesgos.

El conocimiento técnico puede esclarecer consecuencias y alternativas, pero no elimina por sí solo el desacuerdo sobre las prioridades colectivas. La orientación humanista tampoco ofrece una fórmula automática para resolver todos los conflictos. Su función es hacer explícitos los criterios del juicio y permitir que las razones del poder puedan exponerse, discutirse y revisarse.

Dentro de este marco de análisis, propongo distinguir tres planos: la finalidad declarada, que identifica lo que el poder afirma perseguir; la finalidad justificada, cuya prioridad se defiende mediante razones explícitas; y el contraste de la finalidad con la experiencia, que examina su relación con los medios utilizados y las consecuencias observadas. Esta distinción es una propuesta doctrinal, no una clasificación universal ni una garantía de que la decisión sea correcta.

La experiencia puede revelar consecuencias imprevistas y obligar a revisar los juicios iniciales. Un resultado adverso no demuestra automáticamente que la finalidad fuera equivocada, del mismo modo que uno favorable no legitima por sí solo el propósito. La evidencia informa el examen, pero no reemplaza el juicio sobre los derechos afectados, la distribución de las consecuencias ni las razones que permiten defender la decisión. Una finalidad debe poder justificarse antes de actuar y permanecer abierta al examen después de actuar.

La capacidad acumulada mejora las posibilidades de una República para comprender, decidir, actuar y corregirse, pero no determina la dirección en que debe emplearse. Saber cambiar no basta. También hay que justificar para qué se cambia. La pregunta que queda abierta es decisiva: ¿cómo puede una República someter el ejercicio del poder a los mismos criterios de justificación, coherencia y revisión que aplica a sus decisiones?

Víctor Garrido Peralta

Médico

El Dr. Víctor Garrido Peralta es un destacado médico dominicano con una impresionante trayectoria internacional en cirugía hepatobiliar y trasplante de órganos. Formado en prestigiosas instituciones de España, Francia, Estados Unidos, Corea y Taiwán, ha liderado divisiones de cirugía y realizado investigaciones en el ámbito de los trasplantes. Además de su labor médica, el Dr. Garrido ha sido docente en la Universidad de Pittsburgh, EE.UU., Cónsul General Honorífico de la República Dominicana en Pittsburgh, EE.UU., y es un prolífico autor de artículos sobre temas sociales y médicos en diversas revistas y periódicos nacionales e internacionales.

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