Durante demasiado tiempo, el porvenir de Haití se ha pensado como si todo tuviera que comenzar y terminar en Puerto Príncipe.
Según esa lógica, primero habría que pacificar completamente la capital, reconstruir el poder central, organizar elecciones nacionales y restablecer las instituciones superiores. Solo después podría llevarse autoridad, inversión y servicios al resto del territorio.
La magnitud de la crisis explica en parte ese razonamiento. Puerto Príncipe concentra población, instituciones, recursos y poder político. También concentra buena parte de la violencia que paraliza al país. Pero Haití no puede esperar a que desaparezca toda la anarquía de la capital para comenzar a reconstruirse. Puede empezar allí donde todavía sea posible gobernar.
La fiebre y la enfermedad
La violencia de las bandas es la fiebre que consume al país, pero no es toda la enfermedad. El organismo haitiano ya estaba debilitado por la centralización extrema, la captura del aparato estatal, la exclusión social y una burocracia que dificulta la actividad productiva de la mayoría mientras facilita privilegios para unos pocos.
En Haití no falta iniciativa individual. Millones de personas comercian, cultivan, transportan, reparan, construyen y prestan servicios en condiciones extraordinariamente difíciles. Lo que falta es un sistema que permita transformar esa energía cotidiana en empresas estables, crédito, inversión, empleo formal y acumulación productiva.
La gran iniciativa privada y el acceso a las decisiones públicas han quedado demasiado concentrados. La pequeña iniciativa sobrevive en la informalidad, sin seguridad jurídica, financiamiento ni infraestructura. La seguridad podrá reducir la fiebre. Pero la recuperación del paciente exigirá liberar las energías productivas de la nación.
Una experiencia dominicana que merece observarse
La República Dominicana no alcanzó su relativa bonanza actual porque estuviera libre de crisis, desigualdades o errores. Durante buena parte de su historia moderna también padeció pobreza, inestabilidad, autoritarismo, ocupaciones extranjeras y dependencia económica.
Sin embargo, en los últimos cincuenta años consiguió abrir espacios para que la iniciativa privada, apoyada por políticas públicas, infraestructura e incentivos, transformara regiones enteras. Las zonas francas conectaron ciudades del interior con la producción internacional. El turismo convirtió áreas antes periféricas en polos económicos. La construcción, la aviación y los servicios ampliaron esas oportunidades.
El resultado no ha sido perfecto. El crecimiento dominicano también ha producido desigualdad territorial, urbanización desordenada e informalidad laboral. Pero demostró algo importante: cuando el Estado permite que miles de iniciativas grandes y pequeñas produzcan, inviertan, empleen y se conecten con el mundo, el territorio puede cambiar.
Haití no tiene que copiar el modelo dominicano. Puede, sin embargo, extraer una enseñanza: la recuperación nacional no depende únicamente del poder central. Puede comenzar en regiones donde coincidan seguridad, administración local, inversión y trabajo.
Reconstruir desde las regiones
La propia arquitectura constitucional haitiana reconoce las secciones comunales, las comunas y los departamentos, así como el principio de descentralización. El problema no es la inexistencia jurídica de esas estructuras, sino su escasa capacidad financiera, administrativa y política.
En las circunstancias actuales, la descentralización no debe entenderse como una simple reorganización burocrática. Puede convertirse en una estrategia de recuperación gradual de la soberanía nacional. Cada comuna que vuelva a administrar servicios, proteger caminos, registrar ciudadanos, recaudar recursos y rendir cuentas recuperará una parte del Estado. Cada corredor que logre producir, comerciar y atraer inversión devolverá a la nación una parte de su capacidad.
Las regiones no sustituirían al Estado haitiano. Lo volverían nuevamente posible.
Tres corredores para comenzar
El norte ofrece una primera posibilidad. Cabo Haitiano, Labadie y su entorno conservan patrimonio histórico, puerto, aeropuerto, capacidades turísticas y una vida económica que no debería permanecer paralizada por la inseguridad concentrada en otras zonas. La suspensión de las escalas de cruceros en Labadie muestra cómo la percepción de riesgo nacional puede cerrar incluso territorios comparativamente más recuperables.
Un corredor Cabo Haitiano-Labadie podría combinar seguridad localizada, turismo, construcción, agricultura, transporte y pequeños servicios. Su recuperación demostraría que una parte de Haití puede ofrecer orden, empleo y confianza aun antes de que la crisis nacional haya sido resuelta por completo.
Ouanaminthe ofrece una segunda alternativa. La presencia de CODEVI demuestra que es posible crear empleo industrial dentro de Haití mediante producción, capacitación y conexión fronteriza. No es un modelo perfecto ni exento de conflictos, pero constituye una base real sobre la cual fortalecer relaciones laborales, vivienda ordenada, empresas proveedoras, comercio formal y administración territorial.
Una tercera región posible se extiende por el sur, desde la proximidad de Pedernales hacia Jacmel, Les Cayes y otras comunidades. Allí existen recursos agrícolas, marítimos, turísticos y humanos. No debe presentarse todo el sur como uniformemente seguro o preparado; cada zona tendría que evaluarse con prudencia. Pero allí donde existan autoridades locales, acceso por carretera o mar y condiciones mínimas de seguridad, pueden iniciarse proyectos de vivienda, agricultura, pesca, energía, turismo y servicios.
No se trata de crear enclaves separados ni de fragmentar el país. Se trata de identificar territorios capaces de comenzar, conectarlos y convertir sus avances en capacidad nacional.
Recuperar también el capital humano
Haití no solo ha perdido control territorial. También ha perdido parte de su capital humano. Muchos haitianos que hoy viven y trabajan en la República Dominicana han adquirido experiencia en construcción, agricultura, hotelería, mantenimiento, transporte y servicios. Esa experiencia podría ser útil para reconstruir sus regiones de origen cuando existan proyectos capaces de recibirlos.
El retorno no debería consistir únicamente en trasladar personas hasta la frontera. Podría vincularse con documentación, capacitación, herramientas, ahorro y reinserción en comunidades específicas. El norte, Ouanaminthe y el sur podrían convertirse gradualmente en destinos de retorno productivo para personas originarias de esas mismas zonas.
La secuencia es esencial: primero se fortalecen territorios capaces de recibir población y trabajo; después se organizan programas de formación, retorno y reintegración.
Del territorio al Estado
La experiencia histórica dominicana ofrece aquí un paralelo inverso. La nación dominicana se formó durante siglos antes de constituirse definitivamente en Estado. Durante largos períodos de aislamiento y débil presencia imperial, sus regiones fueron creando costumbres, vínculos, formas de producción e identidades que terminaron encontrando expresión política en 1844.
En Haití, el Estado surgió primero mediante una extraordinaria ruptura revolucionaria, pero no logró integrar y proteger solidariamente a toda la nación. Con el tiempo, el aparato estatal se impuso sobre ella, fue capturado por élites y facciones y perdió autoridad sobre amplios territorios.
Ahora las regiones pueden invertir ese proceso: no para fragmentar Haití, sino para devolverle cohesión; no para sustituir al Estado, sino para reconstruirlo. Cada territorio que recupere seguridad, iniciativa privada, administración y confianza devolverá una porción de soberanía efectiva a la nación haitiana.
La reconstrucción no tiene que comenzar necesariamente en el centro y avanzar hacia la periferia. Puede comenzar en varias periferias todavía recuperables y avanzar desde ellas hacia el centro.
Haití puede empezar a funcionar antes de volver a funcionar por completo. Puede comenzar con una ciudad, una comuna, una zona industrial, un corredor turístico o una región productiva. Cuando varios territorios vuelvan a gobernarse, trabajar y conectarse, la reconstrucción nacional dejará de ser una promesa abstracta.
Las regiones haitianas no son solamente la periferia del problema. Pueden convertirse en el origen de la solución.
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