Tras dejar atrás a la Unión Soviética — nuestra Troya —, el mundo libre empezó a comportarse de manera extraña. El Congreso de EEUU, que durante décadas había aspirado al menos al bipartidismo, se polarizó bajo el liderazgo de Newt Gingrich, aquel personaje de la derecha política que fue congresista entre 1979 y 1999. Desde entonces ningún presidente ha podido ganar un amplio respaldo nacional; la última vez que alguien obtuvo 400 votos del Colegio Electoral fue en 1988. En 1996, Fox News comenzó sus emisiones.

Jörg Haider irrumpió en la escena política de Austria; Pauline Hanson, en la de Australia; y Jean-Marie Le Pen pasó a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Francia. La derecha británica, al no tener ya a Moscú como adversario, empezó a ver a Bruselas en los mismos términos. Todo esto ocurrió, en gran medida, en el contexto de una "economía de Ricitos de Oro", una caracterizada por un crecimiento constante que no era ni demasiado acelerado ni demasiado lento.

¿La lección? Una nación se beneficia, si no de la guerra en sí, al menos de mantenerse en pie de guerra. No hay nada como una amenaza externa común para unir a los ciudadanos. Dado que la homogeneidad étnica es ya cosa de un pasado lejano, esto podría ser aún más cierto hoy que entonces. Por mucho que Occidente lamente el “dividendo de la paz” — esos recortes en defensa tras la Guerra Fría que financiaron el consumo y el Estado de bienestar —, el verdadero desastre de haber derrotado a la Amenaza Roja fue de índole cultural. La gente quedó libre para volverse unos contra otros. Al-Qaeda logró unirlos durante un otoño, pero resultó ser un enemigo demasiado difuso para mantener esa unidad por mucho tiempo.

Tal como están las cosas, gran parte de Europa se está rearmando. Algunos gobiernos están contemplando la posibilidad de instaurar el servicio militar obligatorio para hacer frente a la amenaza rusa. Aun si EEUU pudiera mantenerse al margen de todo esto, tiene que preocuparse por el flanco chino de la masa continental euroasiática. Hablar de un conflicto provoca un nudo en el estómago. He observado que incluso los profesionales del sector financiero — cuya labor consiste precisamente en valorar el riesgo — se muestran incómodos cuando menciono el tema. Así que permítanme suavizar la situación con una reflexión.

Podemos esperar que nuestras propias sociedades se vuelvan menos polarizadas en los próximos años. Las amenazas externas, tal como son percibidas por la ciudadanía, deberían ejercer un efecto cohesionador. Podríamos llamarlo el “dividendo de la guerra”. Se trata de un impulso más cívico que económico, aunque, con buen criterio, habrá algo de ambos: una cierta reindustrialización colateral a medida que los fondos destinados a la defensa se filtren por el tejido económico.

“Deberían”, sigo diciendo. Claro que el enemigo podría convertirse simplemente en otro motivo de discordia. Un demagogo hábil puede despachar la idea de prepararse para la guerra tachándola de obsesión de las élites. Pero eso sólo funciona hasta que la amenaza se vuelve inconfundible, hasta que los ataques a las infraestructuras propias de la “zona gris” empiezan a alterar la vida cotidiana. Existe algo así como el enemigo óptimo: uno bastante amenazador para unir a la sociedad, pero no tan maligno como para atacarla frontalmente. Occidente tuvo uno entre 1945 y 1991, y le debe a ello parte de la cohesión social de aquella época.

La deuda con la guerra es más profunda. Incluso los relatos fundacionales de la civilización implican una amenaza externa, ya sea troyana o persa.

La semana pasada fui a ver la versión más reciente de la historia. La exposición narrativa en las primeras escenas de La Odisea, de Christopher Nolan, resulta tan poco elegante que — días después — todavía me pregunto si pretendía ser una broma. El rey de Esparta parece el portero de una discoteca de Miami Beach. El tono moralizante del final — cuando la película intenta condenar la violencia que ha glorificado inadvertidamente durante casi tres horas — es estridente. (François Truffaut tenía razón: “No existe tal cosa como una película antibélica”). Las escenas son más grandilocuentes que grandiosas. Como siempre ocurre con Nolan, da la impresión de alguien que derrocha dinero para inflar un concepto intelectual demasiado endeble.

Si La Odisea resulta útil a pesar de estos y otros defectos, es como recordatorio de cómo nuestra sociedad — quizás cualquier sociedad — se mantiene unida. Lo hacemos recurriendo ampliamente a la figura del "Otro". A veces el adversario es real; en otras ocasiones, inventado. A veces se le vilipendia; en otras ocasiones, se le trata con matices homéricos. Como sea, Occidente pasó mucho tiempo — prácticamente toda mi vida — sin uno. En comparación con el aumento de la inmigración y el colapso financiero, ésta es la causa poco debatida de lo que le ha sucedido a nuestra vida pública. La historia está en vías de solucionar el problema.

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