La salud, en América Latina, ha sido tradicionalmente abordada como un campo sectorial, delimitado por instituciones específicas, presupuestos propios y responsabilidades relativamente definidas. Este enfoque ha permitido avances relevantes en cobertura, atención y organización de servicios; sin embargo, también ha consolidado una limitación estructural quede expresa en la tendencia a gestionar la enfermedad sin intervenir de manera suficiente sobre las condiciones que la producen. Esta tensión no es nueva, pero adquiere una relevancia particular en el contexto contemporáneo, caracterizado por la creciente interdependencia entre factores sociales, ambientales, económicos y biológicos.
Desde la perspectiva de la epidemiología social latinoamericana, esta limitación fue señalada de forma temprana. La salud no puede ser comprendida como un fenómeno exclusivamente clínico, sino como un proceso socialmente determinado, vinculado a las condiciones de vida, las formas de producción, la organización del territorio y las relaciones de poder (Breilh, 2003; Laurell, 1994). En este marco, los sistemas de salud aparecen como instancias de respuesta —necesarias, pero insuficientes— frente a dinámicas estructurales que los desbordan. La persistencia de desigualdades en la región, documentada de manera sistemática por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), refuerza esta lectura al evidenciar la dificultad de traducir avances sectoriales en mejoras sostenidas de bienestar (CEPAL, 2023).
En paralelo, la arquitectura global del desarrollo ha evolucionado hacia marcos conceptuales más integrados. Así, la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible plantea explícitamente la interdependencia entre dimensiones económicas, sociales y ambientales, articuladas en 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) (United Nations, 2015). En este esquema, la salud (ODS 3) se encuentra intrínsecamente vinculada con la seguridad alimentaria (ODS 2), el acceso al agua (ODS 6), la acción climática (ODS 13), la protección de los ecosistemas (ODS 15) y la fortaleza institucional (ODS 16). Sin embargo, la implementación de estos objetivos ha tendido a reproducir la fragmentación sectorial que pretendía superar, generando una brecha persistente entre la integración conceptual y la operación institucional.
Es en este punto donde el enfoque de “Una Sola Salud” (One Health) adquiere relevancia analítica. Introducido a comienzos de la década de 2000 para describir la interdependencia entre salud humana, animal y ambiental, el concepto no representa una innovación radical en términos teóricos, sino una formalización de una comprensión acumulada (WOAH, 2021). Su valor actual radica en su capacidad para replantear el objeto de gobernanza, desplazando la atención desde el sistema de salud hacia las interacciones que determinan la aparición del riesgo.
La evidencia científica sustenta este desplazamiento, revelando que una proporción significativa de las enfermedades infecciosas humanas tiene origen zoonótico, y una parte importante de las enfermedades emergentes se produce en la interfaz entre humanos, animales y ecosistemas (FAO et al., 2022). A ello se suman factores como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la transformación de los sistemas alimentarios, que incrementan la complejidad y frecuencia de las amenazas sanitarias. En este contexto, la salud deja de ser un resultado atribuible exclusivamente a la acción del sistema sanitario y pasa a depender de la capacidad de gestionar sistemas interdependientes.
En el ámbito regional, esta perspectiva ha sido progresivamente incorporada a la agenda institucional. En diciembre de 2025, el Consejo de Ministros de Salud de Centroamérica (COMISCA) aprobó la Estrategia de Una Sola Salud del SICA 2026–2030, posteriormente refrendada de manera conjunta con los sectores de agricultura y ambiente en abril de 2026. Estos hitos no constituyen el origen del enfoque, pero sí su traducción en términos de política pública regional, reflejando una creciente preocupación por la necesidad de superar respuestas fragmentadas frente a riesgos complejos.
A nivel global, la Cumbre One Health de abril de 2026 reforzó esta orientación, destacando la necesidad de avanzar hacia acciones coordinadas y sistémicas. En dicho espacio se subrayó, entre otros aspectos, la relación entre sanidad animal y seguridad sanitaria global, así como la persistente brecha entre el costo económico de las enfermedades y la inversión en prevención. Estos elementos permiten afirmar que el enfoque One Health se encuentra en una fase de transición, de marco conceptual a campo de implementación, aunque con avances desiguales (WOAH, 2026).
En la República Dominicana, estos desarrollos deben analizarse a la luz de la formulación del Plan Estratégico Nacional de Salud 2030 (PLANDES). Este instrumento representa un esfuerzo significativo por organizar el sector salud en torno a principios de equidad, sostenibilidad, gobernanza y eficiencia, incorporando dimensiones como ambiente, territorio, riesgos y transformación digital. En términos de política pública, el PLANDES fortalece la capacidad institucional del sistema de salud y mejora su potencial de respuesta.
No obstante, su naturaleza sectorial delimita su alcance aún cuando el plan amplía el concepto operativo de salud, su estructura continúa centrada en la organización del sistema sanitario. Esto no constituye una limitación intrínseca, sino una característica propia del instrumento. El problema emerge cuando se asume que la mejora del sistema de salud es suficiente para garantizar resultados sostenibles en salud, ignorando la creciente relevancia de factores externos al sector.
Desde una perspectiva de análisis de políticas públicas, esta distinción puede abordarse a través de los conceptos de eficiencia, eficacia y efectividad. El fortalecimiento del sistema de salud contribuye a mejorar la eficiencia en el uso de recursos y la eficacia en el cumplimiento de objetivos sanitarios. Sin embargo, la efectividad en términos poblacionales depende de la capacidad de intervenir sobre los determinantes del riesgo, muchos de los cuales se sitúan fuera del ámbito sanitario (Kruk et al., 2015). En este sentido, un sistema puede ser eficiente y eficaz, pero limitado en su efectividad si no se articula con otros sistemas relevantes.
Las implicaciones de esta distinción se extienden a los ámbitos de derechos, equidad y sostenibilidad. El derecho a la salud implica no solo acceso a servicios, sino condiciones que permitan preservar la vida y el bienestar. La equidad requiere abordar la distribución desigual de los determinantes sociales y ambientales. La sostenibilidad, por su parte, debe ser entendida no solo en términos financieros, sino también institucionales y ecológicos.
En el contexto dominicano, la necesidad de avanzar hacia formas más integradas de gobernanza se hace evidente en territorios complejos como la frontera dominico-haitiana, donde convergen factores sociales, ambientales y económicos que inciden en la salud. Este tipo de escenarios pone de relieve las limitaciones de un enfoque exclusivamente sectorial y la necesidad de construir mecanismos de articulación intersectorial más robustos.
En última instancia, la discusión no se reduce a la comparación entre estrategias o planes, sino a la capacidad del Estado para adaptarse a la naturaleza interdependiente de los riesgos contemporáneos. El PLANDES, los ODS y el enfoque One Health operan en niveles distintos, pero complementarios; el primero organiza la respuesta sectorial, los segundos definen metas de desarrollo, y el tercero plantea una lógica de integración para alcanzarlas.
La distinción entre gobernar la salud y administrar la enfermedad resume esta tensión. Administrar la enfermedad implica optimizar la respuesta dentro del sistema sanitario. Gobernar la salud implica intervenir sobre los determinantes que configuran el riesgo, integrando sistemas que actualmente operan de manera fragmentada.
La República Dominicana ha avanzado en la primera dimensión. El desafío pendiente es avanzar en la segunda, no como sustitución, sino como ampliación de su marco de acción, en coherencia con una realidad donde la salud depende cada vez menos de un solo sistema y cada vez más de la interacción entre muchos.
Referencias
Breilh, J. (2003). Epidemiología crítica: ciencia emancipadora e interculturalidad. Buenos Aires: Lugar Editorial.
CEPAL. (2023). Panorama social de América Latina 2023. Santiago de Chile: Comisión Económica para América Latina y el Caribe.
FAO, UNEP, WHO, & WOAH. (2022). One Health Joint Plan of Action (2022–2026). Roma: FAO.
Kruk, M. E., Myers, M., Varpilah, S. T., & Dahn, B. T. (2015). What is a resilient health system? Lessons from Ebola. The Lancet, 385(9980), 1910–1912.
Laurell, A. C. (1994). La salud-enfermedad como proceso social. México: Siglo XXI Editores.
United Nations. (2015). Transforming our world: the 2030 Agenda for Sustainable Development. New York: United Nations.
WHO. (2010). Health in All Policies: Framework for country action. Geneva: World Health Organization.
WOAH. (2021). One Health concept note. World Organisation for Animal Health.
WOAH. (2026). One Health Summit outcomes and policy directions. Paris: World Organisation for Animal Health.
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