La complejidad del ser humano suele esconderse tras convenciones que no siempre encuentran asidero en virtudes cardinales o verdades morales incuestionables. Antes de que las exigencias profesionales de la vida adulta entraran en escena, encontré en la poesía de autores malditos como Poe, Baudelaire o Rimbaud el refugio para afrontar la fragilidad existencial que suele agobiar el espíritu durante la adolescencia. Auscultaba significados, navegaba entre dudas, en una búsqueda de sentido prepolítico donde cuervos, monstruos y delirios aparecían como horizontes de comprensión que trascendían la individualidad.
Años más tarde advertí que esa tríada poética compartía con filósofos políticos como Hobbes, De Maistre y Schmitt ―a quienes descubrí en distintos momentos de curiosidad intelectual― una matriz antropológica común que expresa una profunda desconfianza hacia la naturaleza humana. No es accidental que Baudelaire llegara a confesar en sus Diarios íntimos que De Maistre y Poe le enseñaron a pensar, ni que Schmitt reconociera en Teología política el trasunto decisionista de las ideas de Hobbes y la deuda intelectual con críticos contrarrevolucionarios como De Maistre.
Escribo estas líneas en la doble condición de un padre que conversa con sus hijos y un profesor universitario que reflexiona con sus alumnos sobre la necesidad de la autoridad política y los riesgos de la perversión del poder. El diálogo matutino camino a la escuela y la interacción nocturna en las aulas renovaron la vitalidad de estas ideas. Se hizo necesario, entonces, dejar un pequeño mapa conceptual para compartir. De ahí que este artículo sintetice y reordene ―desde una interpretación personal― aprendizajes críticos que permanecen en la memoria.
El decisionismo político no se estructura como un proyecto constructivo, institucional o de movimientos colectivos, sino que es, por definición, reactivo y excepcional. Se podría afirmar ―sin ignorar las diferencias de enfoque de cada pensador― que parte de una premisa sombría: que el hombre es un ser violento, agresivo y destructivo, y, en consecuencia, solo se puede contener el conflicto y garantizar la convivencia pacífica a través del miedo a la disolución, el castigo ejemplar y una autoridad vertical cuyas decisiones no puedan ser disputadas por los súbditos.
En Thomas Hobbes aparece el Leviatán como un artefacto diseñado para detener la guerra de todos contra todos. Su legitimidad reside en el pacto de los súbditos, quienes renuncian a la libertad ―que es insegura en el estado de naturaleza― a cambio de la autoconservación, la seguridad y la vida pacífica en sociedad. La autoridad política no le rinde cuentas a nadie, ni está limitada por derechos innatos que moderen sus potestades y dificulten la eficacia coactiva. Esto le sitúa a distancia de las visiones más exigentes del liberalismo.
La concepción mecánica hobbesiana apela a un decisionismo utilitario desprovisto de anclajes trascendentales. Para Joseph de Maistre, el orden social exige un fundamento metafísico de origen sagrado, pues consideraba que la racionalidad ilustrada era incapaz de sostener la cohesión comunitaria. La figura del verdugo aparece en él como símbolo de sustento de un orden político que es inescindible de lo sacrificial y lo religioso. Sin la presencia latente del castigo, la sociedad se disolvería; la maldad del hombre solo puede ser contenida por el altar del cadalso.
La transición del Leviatán al verdugo constituye el paso de un poder que protege contra la incertidumbre de la naturaleza, a un poder que castiga en nombre de la providencia, un decisionismo fundado en una infalibilidad metafísica que va a contracorriente de la Modernidad. Sin embargo, la necesidad de justificación o fundamento para la obediencia al orden jurídico-político no desaparece. Es en ese vacío donde la teología política schmittiana desplaza el foco hacia un concepto de lo político que encuentra fundamento en la distinción entre amigo y enemigo.
En Carl Schmitt, el soberano se identifica con quien decide sobre el estado de excepción, esto es, la suspensión de la norma para abordar una situación que trasciende la legalidad ordinaria. Explica cómo el poder se despoja de anclajes morales y actúa como una decisión concreta ―sobre el destino del sistema político en crisis― que no depende de una justificación normativa previa para asegurar la existencialidad política. La excepción revela la necesidad de un decisionismo político que la teoría liberal intenta ocultar bajo un entramado de reglas procedimentales.
Se puede apreciar un hilo rojo de tradición iliberal que, a pesar de los matices diferenciados, manifiesta la convergencia problemática en torno a la primacía del orden frente a la incertidumbre antropológica. Es lo que permite vislumbrar en Hobbes una raíz autoritaria que convive tensamente con los elementos liberales de su pensamiento. Con incuestionable asidero aplica para De Maistre, quien abraza la imposición vertical de una voluntad política revestida de carácter providencial; y a Schmitt, por la defensa frontal del decisionismo político para garantizar la supervivencia existencial del Estado.
Del trasfondo de esas concepciones emerge un salvoconducto que promete salvar a los hombres de la responsabilidad política, predisponiéndolos anímicamente para el sometimiento a una paz comprada al precio de la libertad, como los “reclutas de buena voluntad” de la democracia rimbaudiana, “ignorantes para la ciencia, hábiles para el confort”. De ahí que la ruptura con la tradición iliberal requiera renunciar a toda ficción de autoridad incuestionable y reivindicar una deliberación pública que equilibre la ratio y la emotio con un sentido de responsabilidad inescindible de la ciudadanía.
Es ahora cuando la constitución abierta muestra su relevancia pragmática: matiza las limitaciones del racionalismo normativo de la posguerra, pero se alza en oposición frontal contra ese monstruo premoderno: indelicado, como el anverso perfecto del tedio baudelairiano, “con los ojos preñados de un llanto innecesario”; insidioso, como un demonio poemiano que sueña con cadalsos a mitad del día; indomable, como un Leviatán estridente con delirios de otra época o un verdugo mediático que “nunca más” se oculta en el estado de excepción y actúa como un auténtico poder desnudo.
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