En estos tiempos de terremotos observo la ciudad que estamos construyendo y me lleno de dudas, si esta es la ciudad que queremos, ciertamente estamos mal. En la actualidad el modelo de ciudad que estamos privilegiando es una ciudad poco amable, agresiva, hiperdensa, con problemas de tránsito y transporte y preferiblemente en altura. Ese particular perfil urbano se ha desarrollado de mano de la ausencia de una vision de ciudad consolidada y concertada, pensada de acuerdo a las potencialidades del territorio y de las reales expectativas y necesidades de sus habitantes.
Aunque, pensándolo bien, sí existe una vision de ciudad, construida a partir, no de las necesidades y espectativas de los habitantes, sino a partir de los intereses de los desarrolladores inmobiliarios, quienes tienen el legítimo derecho de ganar dinero con sus inversiones y quienes al encontrar grandes brechas normativas y administrativas las han aprovechado al máximo. Esto ha permitido que construyan una ciudad en altura, súper densa y en la cual los proyectos de mediana y baja densidad no son apreciados como negocio.
Creo que aunque tenemos instrumentos de planificación, reglamentos, códigos y leyes, que se discuten en un ciclo continuo e interminable, ha faltado, desde las instancias administrativas, la construcción de una vision de ciudad concertada, que privilegie la calidad de vida de los habitantes, coherente, consciente del cambio climático y resiliente desde la cual se establezcan las normativas, concertadas-repetimos- pero regidas por esa visión de ciudad que en algún momento se ha esbozado pero no asumida oficialmente. Por eso cuando veo las edificaciones en alturas que se construyen en sectores que hace unos años eran de mediana densidad, con retiros mínimos y ocupación de terreno y densidades máximas, me pregunto a donde ha ido esa vision de ciudad que define un espacio de seguridad y respeto al espacio público y al ambiente privado.
Estamos construyendo, como dije hace un tiempo, “hacinamiento de lujo” con todos los problemas asociados que acarrea en cuanto al tránsito, el transporte, el impacto ambiental y la seguridad ciudadana; y lo peor es que parece no importar a nadie. Y esa transformación está ocurriendo en todo el Gran Santo Domingo, tanto en el Polígono Central como en el Ensanche Ozama y Alma Rosa, algunas capitales provinciales y localidades turísticas.
Ante este panorama, es necesario detenerse a analizar las implicaciones del modelo de ciudad desarrollista que estamos construyendo cuya principal justificación, además de la económica, reside en la construcción de una imagen, el skyline que nos definiría como una ciudad contemporánea. En estos días escuchaba a un arquitecto decir que la búsqueda de la “imagen” está matando la arquitectura, refiriéndose al impacto de la Inteligencia Artificial y, podríamos añadir que está matando a la ciudad.
Esa imagen contemporánea, líquida, paramétrica, que a veces promovemos desde los talleres académicos, que no se interesa por la otra imagen, la imagen de la ciudad, ni por las necesidades pedestres de las personas y que nos pretende proyectar como una “gran ciudad”, cuando la grandeza de una ciudad es mayor cuanto mas satisface las necesidades de sus pobladores dotándolos de espacios públicos memorables y seguros, de una escala humana y de un tránsito organizado.
Y vuelvo a pensar en estos tiempos de terremotos, ¿Cómo se comportarán nuestras ciudades, con sus torres alucinantes, ante un evento sísmico? Creo que es el momento de que se sienten a discutir la ciudad para proponer soluciones todos sus actores: autoridades, políticos, habitantes, arquitectos y urbanistas, académicos y desarrolladores, porque todos vivimos en el mismo espacio y todos merecemos sentirnos seguros.
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