El secuestro de Nicolás Maduro, un bochornoso espectáculo con escenas de violencia propias de las películas de Rambo, parece el principio del fin de la llamada Revolución Bolivariana.
Sin embargo, pienso que quienes hoy se regocijan con este episodio deberían moderar su entusiasmo, porque, lejos de mejorar, la suerte de los venezolanos podría empeorar.
Venezuela atraviesa hoy la peor crisis de su historia: desabastecimiento, hiperinflación, migración masiva, inseguridad… El PIB viene en caída libre desde hace más de una década. Según el Banco Interamericano de Desarrollo, el 71 % de la población vive en pobreza extrema o moderada. Durante el pasado año 2025, el precio del dólar subió un 579 %, algo catastrófico para una economía dolarizada, donde la moneda local se ha convertido en papel sin ningún valor.
En medio de esta crisis, lo que viene resuelve ciertamente un problema a Donald Trump: tomar el control de la mayor reserva probada de petróleo del mundo, estimada en 303 000 millones de barriles según la Energy Information Administration, superando todas las reservas del Medio Oriente.
El objetivo de asumir el control del petróleo venezolano no es necesariamente explotarlo, sino mantenerlo como reserva estratégica e impedir, al mismo tiempo, que otras potencias accedan a ese recurso.
La promesa de Trump de que ahora las compañías petroleras estadounidenses invertirán miles de millones de dólares para explotar ese recurso y restablecer la descalabrada industria petrolera venezolana es una falacia. El petróleo venezolano es pesado, de difícil extracción y de elevado costo de producción. Tratándose de compañías con accionistas que invierten en función de la rentabilidad, solo un elevadísimo precio del crudo —lo que no ocurre en estos momentos— las incitaría a realizar esas inversiones. Y, aun así, las ganancias irían a los bolsillos de los inversionistas, no a los de los venezolanos.
Quienes piensan que lo ocurrido la madrugada del pasado sábado es el preludio de años promisorios para Venezuela —de estabilidad política, restablecimiento de su economía y bienestar social— sueñan en colores.
Por el momento, el madurismo sigue en pie. Si Delcy Rodríguez y demás dirigentes que controlan el Estado se pliegan a los designios de Washington y el país pasa a ser une especie de protectorado americano, esto en nada cambiará la suerte de los venezolanos, porque a Trump no le preocupa ni siquiera el bienestar de los propios estadounidenses, mucho menos el de los venezolanos.
Si, por el contrario, se resisten a someterse a la voluntad de Trump, vendrán los operativos para desalojarlos del poder. Algo ciertamente muy complicado, porque es imprevisible la respuesta que dará el madurismo, cuánto tiempo resistirá, cuál será el costo en vidas humanas y daños materiales de esa confrontación, así como quién llenará el vacío de poder que dejaría tras su desalojo.
Existe el riesgo de que ese vacío de poder, sumado al descalabro económico y a la pobreza generalizada, sumerja al país en el caos, con la aparición de bandas de matones, asaltantes y secuestradores que conviertan al ya golpeado país en un “infierno en la tierra”, peor que la cárcel de Brooklyn, donde Nicolás Maduro ha pasado sus días en suelo estadounidense. Ojalá que no. Con Haití ya tenemos de sobra en la región.
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