A veces, cuando leemos avisos de la DGII como el recién publicado número 04/2026, es común que la reacción no sea de entusiasmo, pues nadie celebra una nueva obligación, y más aun cuando normalmente se infiere que estos encierran casi siempre un nuevo capítulo burocrático que solo busca complicar lo que por sí no es sencillo. Sin embargo, si nos detenemos un poco, veremos que detrás de esa voz técnica hay una intención que nos beneficia a todos: construir un entorno donde la confianza sea la moneda de cambio.
Pero para lograr esto, todos debemos coincidir en que la transparencia no es vigilancia, es protección. Manejarse en "modo clandestino" durante mucho tiempo ha sido la sombra donde se han escondido travesuras y delitos que nos han afectado a todos, pero al identificar hoy quiénes están realmente detrás de una sociedad, no solo estamos cumpliendo con la ley; estamos develando una norma no escrita que expone con claridad el rostro de quien verdaderamente tiene el control de estas, aunque no aparezca en su documentación.
Es como ponerle una cerradura más fuerte a la puerta de nuestra casa común, para que el dinero sucio no contamine el esfuerzo de aquellos que tenemos por norte trabajar de manera honesta, dándole así al cumplimiento (compliance) normativo la oportunidad de demostrar que este no solo representa un oportuno sistema integral de gestión de riesgos, sino que se convierte en una herramienta de protección efectiva para la integridad de nuestro sistema financiero y empresarial, con el propósito de que las acciones de quienes actúan con ética y responsabilidad no se vean empañadas por prácticas ilícitas o fraudulentas, al consolidar o establecer una cultura de honestidad que beneficia a toda la sociedad a través del compliance.
Pero a partir de ahora, el anonimato frente a la autoridad dejó de ser una práctica tolerada para convertirse en un factor de riesgo de cliente (alto riesgo), lo cual no es una ocurrencia local, es parte de un esquema más amplio donde la Unidad de Análisis Financiero (UAF), realizando una labor formidable, se enlaza con los estándares del Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI) para empujar en una misma dirección y objetivo: lograr la transparencia real, no figurada.
Por eso este aviso no es decorativo. Es una advertencia elegante de que el sistema está cambiando de lógica. Ya no basta con cumplir en papel… hay que tener la capacidad de poder sostener con trazabilidad quién controla, quién decide y quién se beneficia, so pena de ser pasible de la aplicación del sistema sancionador que se contempla en el art. 104 de la Ley 155-17 contra el Lavado de Activos y el Financiamiento contra el Terrorismo, además de lo que estipula el contenido de los artículos 38 y 39 del Decreto 408-17, que instituye el Reglamento de Aplicación de la citada Ley 155-17.
Los sistemas ya no operan de manera aislada… la información se cruza, se valida y, cuando no cuadra, se investiga.
Y es que el verdadero cumplimiento (compliance) no es cómodo, pues obliga a revisar estructuras, a cuestionar prácticas heredadas y, en algunos casos, a desmontar esquemas que funcionaron durante años sin mayor problema, y hoy generan resistencia, ya que toca donde molesta…
Una empresa que tiene claro quién es su beneficiario final no solo cumple con la norma, se vuelve más sólida frente a bancos, más defendible ante una fiscalización y menos vulnerable ante cualquier cuestionamiento reputacional.
Por lo que considero que ya es tiempo de hacer un mea culpa y aceptar que ha existido siempre cierta resistencia bilateral a mostrar "quién es el dueño del capital". Pero las cosas han cambiado… el mundo ha cambiado, y el hecho de nosotros lograr aceptar con valentía esta realidad será un ejercicio de gran madurez y señal de que estamos listos para realizar un papel destacado en el escenario de la economía global.
Pasar de la apariencia a la diafanidad de la sensatez es una oportunidad para demostrar que la integridad es lo que realmente define a una organización como audaz y con futuro.
Porque hoy no basta con decir que se hace todo bien… también hay que poder demostrarlo.
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