
A lo largo de la historia de los conflictos en Oriente Medio, un error estratégico se ha repetido una y otra vez: las grandes potencias logran la victoria en el campo de batalla, solo para brindar a sus adversarios derrotados la oportunidad , en la mesa de negociaciones, de transformar su derrota militar en un triunfo político. El presidente Donald Trump se enfrenta precisamente a este peligro. Tras ocho meses de guerra, la República Islámica de Irán, a pesar de haber sufrido pérdidas militares y económicas devastadoras, sigue buscando su supervivencia política mediante el chantaje nuclear, las amenazas a la seguridad energética mundial y la prolongación deliberada de las negociaciones. Washington no debe permitir que un régimen que ha pagado un alto precio por su temerario aventurerismo recupere, a través de un acuerdo negociado a toda prisa, la misma posición que ocupaba antes de la guerra.
Los acontecimientos del 20 de octubre demuestran que Teherán no ha abandonado ninguna de sus tácticas habituales de confrontación, intimidación y extorsión. Por un lado, los funcionarios de la República Islámica hablan de negociaciones y de poner fin a la guerra; por otro, imponen a Washington condiciones imaginarias que, de aceptarse sin garantías creíbles, podrían desmantelar gran parte de la capacidad de presión de Estados Unidos.
Mohsen Rezaei, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de la República Islámica , un antiguo terrorista vinculado al grupo terrorista islámico Mansouroun quien incluso intentó visitar Estados Unidos en la década de 2000 pero cuya entrada fue vetada por la CIA subrayó, durante su reunión con el jefe del ejército de Pakistán ,que ni un solo gramo de uranio enriquecido iraní saldría del país.
Mientras tanto, Abbas Araghchi exmiembro del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, que actúa como ministro de Asuntos Exteriores, ha condicionado la reapertura del estrecho de Ormuz a la aceptación del plan propuesto por Teherán.
NOTA 1.: Lejos de mostrar una voluntad genuina de llegar a un acuerdo, estas posturas revelan la determinación del régimen de preservar sus instrumentos de coerción en vísperas de un posible pacto.
El problema más importante, sin embargo, reside en los cálculos políticos de los gobernantes de la República Islámica. Teherán está prolongando deliberadamente las negociaciones para debilitar la posición política de Trump de cara a las elecciones de mitad de mandato del 3 de noviembre; en otras palabras, para ejercer presión psicológica sobre el presidente estadounidense.
Ya no se trata simplemente de una disputa sobre centrifugadoras o sanciones económicas. La República Islámica intenta utilizar el cansancio de la guerra, la inquietud de los votantes estadounidenses y el aumento de los costos de la energía como herramientas de presión política contra el presidente de los Estados Unidos. Este engaño calculado debe entenderse en Washington como parte de la estrategia de guerra asimétrica de Teherán, y no descartarse como una táctica diplomática convencional.
El estrecho de Ormuz se sitúa en el centro de este cálculo. La organización terrorista conocida como Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica ha afirmado, sin presentar prueba alguna, que minas navales iraníes impidieron el paso de tres buques petroleros a través de esta vía marítima. No obstante, la perturbación generalizada del transporte marítimo en la región es una realidad innegable.
NOTA 2.: La República Islámica entiende perfectamente que no necesita ganar una batalla naval convencional para infligir un daño económico a Estados Unidos. Le basta con aumentar los riesgos para los buques petroleros, elevar los costos de los seguros y el transporte, y mantener a los mercados energéticos mundiales sumidos en la incertidumbre. Bajo esta estrategia, los buques comerciales se convierten en rehenes de los cálculos de seguridad de Teherán, mientras que los consumidores estadounidenses pagan el precio de las políticas del régimen iraní al repostar combustible.
Esta es, precisamente, la esencia de la guerra asimétrica de la República Islámica, un Estado que actúa como actor desestabilizado:
NOTA 3.: Esta forma de conflicto en la que la debilidad militar se compensa mediante el uso de instrumentos económicos, de propaganda, de inteligencia y de actores interpuestos. Teherán posee capacidades limitadas en un enfrentamiento directo contra el poderío militar estadounidense, pero puede aprovechar las rutas marítimas, las redes de milicias, los ciberataques y las operaciones de influencia para multiplicar los costos de la crisis.
Los informes sobre los intentos de Irán y Rusia de intensificar los disturbios en Francia, sumados a la nueva detención en Gran Bretaña de dos sospechosos acusados de colaborar con los servicios de inteligencia iraníes, sirven como un recordatorio más de que: Las preocupaciones de seguridad de Occidente van mucho más allá del golfo Pérsico. Ignorar esta tendencia sería, sin duda, un error peligroso.
Amigo Lector, es conveniente señalar que la República Islámica llegó al poder mediante el terrorismo y ha mantenido su dominio a base de terrorismo, destrucción y crisis provocadas; su eventual colapso podría, del mismo modo, producirse a través de una guerra.
El expediente nuclear pone de manifiesto otro peligro. La insistencia de Teherán en conservar su uranio enriquecido, al tiempo que exige el alivio de la presión económica y militar, plantea una cuestión fundamental:
Si el régimen iraní tiene la intención genuina de abordar las preocupaciones internacionales, ¿por qué se niega a mostrar flexibilidad en uno de los aspectos más delicados de su programa nuclear?
El enriquecimiento de uranio no constituye, por sí solo, una prueba de que se haya tomado la decisión de fabricar armas nucleares. No obstante, las reservas de uranio enriquecido, la capacidad de las centrifugadoras y la posibilidad de realizar una supervisión independiente siguen siendo factores determinantes a la hora de evaluar el riesgo de una escalada nuclear. Un acuerdo que aplace estas cuestiones, al tiempo que concede a Teherán concesiones inmediatas e irreversibles, podría no resolver la crisis, sino simplemente trasladarla a una etapa aún más peligrosa. La principal amenaza a escala mundial sigue siendo el terrorismo islámico y la red terrorista transnacional de Irán.
NOTA 3.: Trump debe reconocer la distinción entre poner fin a las operaciones militares y eliminar una amenaza a la seguridad. La destrucción de equipamiento militar, los daños a las instalaciones y el deterioro de las capacidades operativas de la Guardia Revolucionaria, por muy extensos que sean, no implican automáticamente la eliminación de la estructura de mando, la voluntad política o la capacidad de reconstrucción de este régimen mafioso y desestabilizador.
A lo largo de las décadas, la República Islámica ha demostrado su capacidad para aprovechar los periodos de menor presión con el fin de reconstruir sus estructuras militares y de seguridad, así como sus redes terroristas. Por consiguiente, el criterio de éxito para Estados Unidos no debe limitarse al cese de los lanzamientos de misiles o a la reapertura temporal del estrecho de Ormuz. El verdadero éxito solo llegará cuando se haya mermado la capacidad del régimen para repetir esas mismas amenazas.
También debe evitarse otro error: Equiparar a Irán con la República Islámica. La nación iraní y la élite gobernante en Teherán son dos realidades fundamentalmente distintas. Durante años, el pueblo iraní ha pagado el precio de la represión interna, la corrupción sistémica, el aislamiento internacional y el aventurerismo regional del régimen. Ninguna estrategia estadounidense sostenible debería presentar la supervivencia de la República Islámica como sinónimo de estabilidad en Irán.
Por el contrario, una política que se limite a garantizar la seguridad del régimen a cambio de concesiones temporales podría privar a la sociedad iraní de la oportunidad de forjar un futuro distinto. Al tiempo que salvaguarda sus propios intereses de seguridad nacional, Washington debe defender el derecho del pueblo iraní a determinar el futuro político de su país, sin negociar su destino a puerta cerrada en el marco de un acuerdo de seguridad. El pueblo iraní desea un cambio de régimen.
Para evitar tal desenlace, la administración Trump requiere un marco estratégico claro y una línea de acción decidida. Cualquier acuerdo debe incluir:
a)- Compromisos nucleares explícitos
b)-Una supervisión independiente y vinculantes
c)-Mecanismos de verificación creíbles
d)-Garantías para la seguridad marítima y,
e)- Consecuencias claramente definidas ante posibles violaciones.
El alivio de las sanciones y la liberación de recursos financieros no deben concederse por adelantado sin haber obtenido concesiones genuinas. Las amenazas contra los buques comerciales jamás deben convertirse en un instrumento mediante el cual Teherán adquiera control político sobre una de las vías navegables más vitales del mundo. La diplomacia resulta valiosa cuando logra reducir las amenazas.
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