La medicina contemporánea atraviesa una profunda paradoja: mientras la innovación tecnocientífica alcanza niveles históricos en su capacidad diagnóstica y terapéutica, la relación médico-paciente padece su crisis de confianza más severa. Este fenómeno, aglutinado bajo el concepto de Deshumanización de la Atención Médica, suele abordarse de manera superficial, como simple erosión de la vocación, o en la empatía individual del profesional de la salud. Sin embargo, un análisis bioético y sociológico riguroso devela que el trato impersonal, la distancia emocional y la mecanización del acto clínico no son defectos morales aislados, sino consecuencia lógica y predecible de un diseño de sistema.

La deshumanización opera como síntoma visible de un engranaje estructural donde confluyen las presiones del mercado y la precarización laboral. En las últimas décadas la implantación del modelo neoliberal en los sistemas de salud de la región, y de forma muy marcada en la República Dominicana a través de su esquema de aseguramiento corporativo, lo que ha transformado la naturaleza de la práctica médica; al desplazar la salud desde su concepción como un derecho humano fundamental hacia la categoría de un bien de consumo regulado por el mercado. Bajo esta lógica, el paciente es reconfigurado como un cliente que demanda resultados biológicos en función de su capacidad de pago, mientras el médico es empujado a actuar como un proveedor alienado por métricas de rentabilidad, volumen y eficiencia de costos.

Esta matriz mercantilista desencadena un efecto dominó que fragmenta el cuerpo del enfermo, segmenta su dignidad social y, ante el fracaso sistémico, responde con una criminalización punitiva del acto médico, que termina por destruir los últimos vestigios de compasión en los entornos de los centros asistenciales.

La base sobre la que se edifica la deshumanización de la atención médica es de carácter económico. La adopción global del modelo neoliberal ha reconfigurado los sistemas sanitarios tradicionales a través de lógica de mercado privatizadoras y corporativas. A partir de esta matriz ideológica, el acto médico abandona su estatus ético originario como bien común y se inserta en una cadena de valor comercial orientado a la rentabilidad.

En este escenario, la relación clínica se pervierte de forma bidireccional:

  1. Por un lado, las Administradoras de Riesgos de Salud (ARS) operan bajo incentivos perversos de contención de costos, condicionando la libertad prescriptiva de los médicos y sometiendo las decisiones clínicas a auditorias financieras de costo-beneficio;
  2. Por otro lado, esta mercantilización presiona directamente la identidad del profesional de la salud. La extendida crítica social hacia una supuesta “avidez por recursos económicos” o codicia por parte del profesional médico demanda una lectura sociológica profunda: no se trata de una tara moral colectiva de los profesionales, sino de una conducta adaptiva inducida por un entorno altamente competitivo y precarizado.

En sistemas donde los honorarios por consultas son mínimos y el pluriempleo es la norma de supervivencia, el médico se ve empujado hacia la lógica del volumen asistencial. Al cronometrar las consultas para cumplir con metas de productividad impuestas por corporaciones asistenciales, el tiempo debido a escuchar activamente a los pacientes y el acompañamiento emocional es sacrificado por el actor de la eficiencia monetaria. El profesional queda alienado de su propia vocación, incapaz de reconocer al enfermo más allá de un código de facturación.

Esta lógica de mercado no permanece en el terreno abstracto de las finanzas. También se materializa físicamente en la infraestructura del sistema de atención a través de dos dinámicas estructurales complementarias: la segmentación y la fragmentación.

La segmentación del sistema de salud introduce la deshumanización en una etapa previa al encuentro clínico, institucionalizando la desigualdad social. Al coexistir subsistemas de salud profundamente diferenciados por el nivel de cotización, la calidad de la hotelería, la calidez del entorno y el acceso a tecnología médica de vanguardia, ya no se determina por la severidad biológica de la patología, sino por el poder adquisitivo del carné de seguro del usuario. Esta estratificación económica somete a los pacientes a un laberinto burocrático de autorizaciones, copagos y rechazos de cobertura en momentos de máxima vulnerabilidad, comunicándoles implícitamente que su dignidad y su vida posee un valor diferenciado en el mercado.

Si la segmentación divide la sociedad civil antes de ingreso a un centro asistencial, la fragmentación asistencial desarticula al individuo una vez dentro del circuito clínico. El auge vertiginoso de la super-especialización médica ha fragmentado el abordaje del organismo humano en parcelas biológicas inconexas, al carecer de un modelo de Atención Primaria fuerte y articulado que centralice y coordine los cuidados del paciente. Las personas con patologías múltiples y complejas son “descuartizadas” en múltiples interconsultas independientes. Los especialistas pierden los canales de comunicación cruzada y, consecuentemente, se desvanece la visión holística e integral del enfermo. El sujeto sufriente es reducido a un objeto de estudio segmentado: un caso clínico, un ecocardiograma alterado o un número de cama. Al atomizarse el tratamiento, la responsabilidad afectiva terapéutica hacia el bienestar integral del ser humano se diluye entre la burocracia institucional, profundizando el desamparo existencial del paciente.

Cuando un entramado sanitario mercantilizado, segmentado y fragmentado genera insatisfacciones inevitables o desenlace clínico desfavorables, el descontento social no se canaliza hacia la reforma de las deficiencias del sistema, sino hacia la persecución del individuo. Es así como emerge el fenómeno de la judicialización de la medicina, llevando a su máxima expresión la deshumanización, al trasladar las complejidades de la lex artis clínica al terreno penal.

El debate contemporáneo en República Dominicana en torno al nuevo Código Penal (Ley 74-25) que tipifica y endurece de forma explícita las penas privativas de libertad y las suspensiones profesionales ante actos calificados como mala práctica médica, ilustra perfectamente el clímax de esta crisis. Al permitir interpretaciones que asimilan el error humano no razonablemente evitable o la complicación biológica fortuita con la culpa criminal, el Estado dinamita los últimos cimientos de la confianza asistencial.

Y es que este nuevo marco legal punitivo tiene un impacto psicológico en el personal de salud que contribuye a acelerar la deshumanización a través del despliegue masivo de medicina defensiva extrema.

Bajo la amenaza constante de prisión, el médico deja de percibir al paciente como un ser vulnerable digno de compasión y comienza a evaluarlo como un potencial demandante o un adversario jurídico. La toma de decisiones clínicas abandona el juicio humanista y se orienta hacia la autoprotección legal. Esto se traduce en una hipermedicalización defensiva, las indicaciones indiscriminadas de analíticas y estudios diagnósticos de alto costo, con el único fin de construir “un blindaje probatorio” en la historia clínica y, peor aún, una conducta en los especialistas de tratar de evitar deliberadamente admitir a pacientes de alto riesgo, por temor a que un resultado letal de la enfermedad derive en un juicio penal.

Finalmente, la relación se despersonaliza por completo en el plano comunicativo: el Consentimiento Informado es despojado de su valor ético originario como un diálogo compasivo e interactivo, transformándose en un mero trámite contractual y burocrático de exención de responsabilidades legales, que consume el escaso tiempo disponible de consulta.

El análisis sistémico en la deshumanización médica revela que este flagelo no se soluciona con meros paliativos éticos ni cursos especiales de relaciones humanas para el personal sanitario. Si la despersonalización del cuidado es consecuencia lógica de un diseño estructural, donde se cruzan los esfuerzos del mercado neoliberal, la fragmentación de los servicios y la criminalización punitiva de la práctica clínica, su reversión demanda una reingeniería profunda del modelo vigente. Para rescatar la dignidad del acto médico en República Dominicana, es imperativo transitar desde una medicina basada en volumen y el valor de cambio hacia una praxis fundamentada en el valor humano y la continuidad existencial del paciente.

Para materializar esta transformación, hay unas acciones prioritarias:

  • Desmercantilizar la gestión clínica: Reestructurar las reglas de juego del aseguramiento de salud (ARS), garantizando que las decisiones diagnósticas y terapéuticas respondan estrictamente a la evidencia científica y las necesidades humanas del enfermo, libres de presiones corporativas de contención de costos.
  • Fortalecer la Atención Primaria Integrada: Reemplazar el modelo fragmentado e hiper especializado por redes integradas de salud que prioricen la visión holística del ser humano, restituyendo la figura del médico de cabecera como garante de la responsabilidad afectiva y el acompañamiento continuo. Resolver el tema del Expediente Clínico Único Electrónico.
  • Delimitar mejor la diferencia entre el error clínico involuntario y el acto médico culposo: Revisar el marco punitivo de la Ley 74-25 (Código Penal) para trazar una línea inequívoca entre el error clínico involuntario, propio de la incertidumbre biológica de la ciencia médica y la negligencia médica.

Debe cuidarse a quien cuida, obviamente sin incurrir la ingenuidad de pensar que todos los médicos cumplen responsablemente con su misión. Deben implementarse políticas públicas e institucionales orientadas a la salud mental y laboral del personal sanitario. Debe reducirse la saturación de las consultas y erradicar o mitigar el Síndrome de Burnout, como prerrequisitos indispensables para que el profesional recupere su capacidad de empatía y la compasión frente al sufrimiento ajeno.

En conclusión, la seguridad y la humanización de la medicina son dos caras de la misma moneda. Proteger la alianza terapéutica frente a la mercantilización y el acoso penal no es un privilegio corporativo para el gremio médico, sino la única garantía para salvaguardar la dignidad y la vida de los pacientes.

Nelson Rodríguez Monegro

Médico

Médico. Fue Director del Servicio Nacional de Salud, y fue Viceministro de de Salud Pública.

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