Hace ya muchos años, una mañana de mayo, caminaba por las calles de Belfast. Me llamó la atención algo que no lograba entender. La ciudad parecía extraordinariamente tranquila. Había avenidas amplias, transporte preparado para grandes flujos de personas, cafeterías, residencias y edificios que sugerían una actividad mucho mayor de la que estaba viendo.
Le pregunté a uno de mis acompañantes si siempre era así.
Su respuesta me sorprendió.
—No. Es que los estudiantes internacionales ya regresaron a sus países y los universitarios están de vacaciones.
Luego me explicó que buena parte de la vida de la ciudad giraba alrededor de sus instituciones educativas y que el desarrollo de Belfast como destino para estudiantes internacionales formaba parte de una estrategia deliberada para dinamizar su economía y fortalecer su proyección internacional.
No sé hasta qué punto aquella explicación resumía toda la política pública detrás de ese esfuerzo. Lo que sí sé es que esa conversación me hizo mirar las ciudades de una manera distinta. Comprendí que una universidad, una residencia estudiantil o un programa de intercambio no son únicamente espacios para enseñar; también pueden convertirse en motores de desarrollo económico, diplomacia y cooperación.
Con el tiempo comprendí que aquella conversación no trataba realmente sobre Belfast. Trataba sobre cómo una ciudad puede convertir la educación en parte de su estrategia de desarrollo.
Han pasado más de veinte años desde aquella caminata. Sin embargo, cada vez que recorro Santo Domingo vuelvo a pensar en esa conversación. Y no puedo evitar preguntarme: ¿por qué la República Dominicana no podría aspirar a convertirse en el aula del Caribe?
Este es el segundo artículo de una serie de tres que he venido construyendo a partir de mi tesis de maestría en Diplomacia y Servicio Consular, donde propongo un modelo de diplomacia pública sustentado en tres pilares: cultura, educación e intercambio, y voluntariado. En una entrega anterior desarrollé la dimensión cultural y la vocación de Santo Domingo como capital del Caribe. Hoy me detengo en el segundo pilar: la educación como instrumento de proyección internacional.
No parto de cero en esta conversación. En diciembre pasado publiqué en este mismo espacio un artículo sobre los obstáculos que todavía enfrenta la República Dominicana para recibir estudiantes internacionales. Allí planteaba que existen barreras normativas y administrativas, desde procesos de visado poco estandarizados hasta la ausencia de una política nacional de internacionalización educativa que articule educación, migración y relaciones exteriores. Aquella entrega describía el problema. Esta quiere ir más lejos: proponer una visión de país.
Durante décadas hemos invertido enormes recursos en construir escuelas, liceos, politécnicos, universidades, centros de investigación y espacios de formación técnica. Todavía tenemos importantes desafíos en materia de calidad educativa y debemos seguir elevando nuestros estándares. Pero también hemos desarrollado una infraestructura que muchos de nuestros vecinos caribeños difícilmente podrían construir por sí solos, dada la escala de sus economías y poblaciones. Quizás ha llegado el momento de comenzar a verla como un activo estratégico nacional.
Si en el artículo anterior proponía pensar a Santo Domingo como la capital cultural del Caribe, hoy quisiera dar un paso más: imaginarla también como su principal ciudad universitaria. Una ciudad donde convivieran estudiantes de toda la región, donde las universidades fueran espacios permanentes de encuentro y donde el intercambio de conocimiento fuera tan cotidiano como el intercambio comercial.
Imagino una República Dominicana donde cada agosto llegan cientos, y algún día miles, de jóvenes provenientes de Jamaica, Trinidad y Tobago, Barbados, Santa Lucía, Guyana, Belice, Haití y el resto de la región caribeña para cursar un año de secundaria en nuestros colegios. Jóvenes que viven con familias dominicanas voluntarias, aprenden nuestro español, descubren nuestra cultura y construyen amistades que durarán toda la vida, mientras nuestros propios estudiantes descubren un Caribe mucho más cercano, diverso y conectado.
Imagino también nuestros campus universitarios convertidos en verdaderos espacios caribeños: estudiantes de toda la región cursando medicina, ingeniería, turismo, educación, tecnología o ciencias ambientales; algunos becados por sus gobiernos, otros apoyados por organismos internacionales, otros financiando directamente sus estudios porque encuentran aquí una oferta académica de calidad, accesible y cercana. Residencias llenas de acentos distintos, laboratorios donde se desarrollan investigaciones conjuntas, apartamentos compartidos por jóvenes de diferentes países y redes profesionales que permanecerán activas durante décadas.
El siguiente paso sería consolidar a Santo Domingo como el gran punto de encuentro de la educación caribeña: una ciudad donde las universidades organicen programas conjuntos, las asociaciones académicas celebren aquí sus conferencias, los ministros de Educación construyan agendas comunes y los investigadores colaboren desde nuestros centros para responder juntos a desafíos compartidos como el cambio climático, la resiliencia frente a huracanes, la salud pública, la innovación tecnológica o la seguridad alimentaria. No sería una idea inédita. Cuba convirtió durante décadas a La Habana en un referente regional para la formación médica, mientras Costa Rica ha desarrollado nichos de especialización que atraen estudiantes de toda América Latina. La educación, bien organizada, puede ser un instrumento de influencia tan poderoso como cualquier tratado.
Y también puede ser un motor económico. Cada estudiante internacional alquila una vivienda, utiliza transporte, consume alimentos, compra libros, recibe visitas de familiares y amigos. Todo eso dinamiza sectores concretos, genera empleo y fortalece la economía del conocimiento.
Pero su mayor valor no se puede medir en términos económicos.
Abrir nuestras escuelas y universidades a estudiantes del Caribe no sería solamente una política educativa. Sería una política económica. Sería una política exterior. Sería una política de integración regional. Y, sobre todo, sería una inversión de largo plazo en las relaciones humanas que conectarán a la República Dominicana con el resto del Caribe durante generaciones.
Cada joven que estudie aquí se llevará mucho más que un diploma. Se llevará amistades, afectos y un conocimiento profundo de nuestra gente. Habrá celebrado nuestras tradiciones, aprendido nuestro idioma, compartido la mesa de una familia dominicana y encontrado aquí una segunda casa.
Con el paso de los años, muchos de ellos serán maestros, médicos, ingenieros, investigadores, empresarios, ministros o diplomáticos en sus respectivos países. Cuando les corresponda negociar acuerdos o impulsar proyectos regionales, no estarán mirando a la República Dominicana como un país extranjero. La recordarán como el lugar donde crecieron, donde encontraron amigos y donde descubrieron que el Caribe también podía sentirse como una familia.
Las relaciones más sólidas entre las naciones no siempre nacen en una cumbre presidencial. Muchas veces comienzan en un salón de clases, en un laboratorio, en una residencia estudiantil o en la mesa de una familia anfitriona. Las personas conectan países mucho antes de que lo hagan los tratados.
Los países compiten por atraer inversiones, empresas y turistas. Ha llegado también el momento de competir por atraer estudiantes. Porque el país que educa a los futuros líderes de una región ayuda también a construir el futuro de esa región.
Por eso necesitamos una Estrategia Nacional para la Internacionalización del Sistema Educativo Dominicano, construida conjuntamente por el Ministerio de Educación, el Ministerio de Educación Superior, Ciencia y Tecnología, el Ministerio de Relaciones Exteriores, la Dirección General de Migración, las universidades públicas y privadas, los centros de investigación y las organizaciones dedicadas al intercambio educativo.
Y con una premisa clara: la movilidad debe ser de doble vía. Mientras recibimos más estudiantes extranjeros, debemos seguir impulsando que miles de jóvenes dominicanos estudien en otros países y regresen con nuevas competencias, nuevas ideas y nuevas redes.
La educación puede convertirse en uno de los instrumentos más poderosos de nuestra diplomacia pública. Puede fortalecer la economía del conocimiento, consolidar el liderazgo regional de Santo Domingo y proyectar a la República Dominicana como un país abierto, confiable e innovador.
Pero su legado más importante será otro. Pocos recordarán cuántos estudiantes internacionales recibimos o cuántos programas de intercambio pusimos en marcha. Lo que permanecerá será una generación de médicos, científicos, empresarios, profesores, artistas, diplomáticos y líderes del Caribe que aprendieron a llamar a la República Dominicana su segunda casa.
Si logramos eso, habremos hecho mucho más que internacionalizar nuestra educación: habremos construido una generación de amigos para nuestro país.
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