Haití nos ganó 4 a 1. Era un partido de fútbol.
Más de 23,000 personas llenaron el Estadio Olímpico Félix Sánchez, en su mayoría haitianas. La entrada fue caótica: largas esperas, controles desbordados, una puerta dañada y personas que entraron sin siquiera mostrar sus boletos. Un niño de 12 años resultó, según denunció su padre, afectado por gas pimienta. El propio presidente de la Federación Dominicana de Fútbol reconoció que el dispositivo de seguridad había provocado desesperación entre quienes esperaban para entrar y calificó lo sucedido de “incidentes menores”.
No sabemos cuánto del desorden correspondió a algunos aficionados y cuánto a una organización desbordada por la cantidad imprevista de aficionados. Sin embargo, muy pronto el relato encontró un sujeto: “los haitianos”.
Dentro del estadio, la imagen era otra. Miles animaban a su selección con una intensidad extraordinaria. Testigos los describieron felices, eufóricos, pero no ofensivos. Después del partido, imágenes muestran incluso a aficionados haitianos recogiendo basura y limpiando las gradas.
Yo vi en aquella explosión de alegría algo de catarsis. Por unas horas el público estaba allí junto y libre, ocupando el espacio no como migrantes o trabajadores, sino simplemente como haitianos celebrando su victoria. Podían gritar, cantar, agitar sus banderas y hacerse visibles sin pedir permiso para su alegría. Y ganaron 4 a 1.
Entonces Wilson Isidor declaró: “La Hispaniola es Haití” y “Esto es Haití”. Otro jugador, Duckens Nazon, escribió: “Hispaniola es para nosotros”. Palabras imprudentes en una isla donde la historia ha cargado ciertas expresiones de un peso particular. Pero también fueron pronunciadas en la euforia de una victoria y había que darles su justa dimensión.
Estamos en un país donde se dicen sobre los haitianos cosas infinitamente más ofensivas, a veces abiertamente deshumanizantes. Las escuchamos y leemos con tal frecuencia que casi han dejado de producir escándalo.
No sorprende entonces la dimensión adquirida por las palabras de los dos futbolistas. Fueron imprudentes pero entre una imprudencia y una amenaza a la soberanía hay una distancia considerable.
La Federación Dominicana de Fútbol anunció que llevaría las declaraciones ante los organismos deportivos internacionales. Era su derecho. Los jugadores podían ser sancionados, los daños investigados, las fallas de organización explicadas.
Todavía estábamos en el terreno del fútbol. Pero de repente todo se amplificó y perdimos el sentido de la proporción.
El ministro de Deportes, Kelvin Cruz, anunció que Haití no podría volver a utilizar instalaciones deportivas dominicanas para jugar sus partidos. El presidente Luis Abinader respaldó la decisión.
La Embajada de Haití tuvo entonces que recordar algo que, en circunstancias normales, habría parecido innecesario: las declaraciones de los jugadores no representan al Gobierno haitiano, que reconoce y respeta la soberanía y la integridad territorial de la República Dominicana. El partido había abandonado el estadio.
En las redes ya se hablaba de soberanía, territorio, provocación. Santiago Matías llevó la escalada mucho más lejos: propuso invadir Haití y controlar la isla antes de que “ellos” la controlaran. De un 4 a 1 habíamos llegado a una invasión.
Y quizás ahí esté lo que más debería preocuparnos. Una puerta dañada terminó siendo “los haitianos”. Las palabras de dos jugadores se convirtieron en Haití. Haití volvió a convertirse en amenaza.
Un jugador no es una selección, una selección no es un Gobierno y un grupo de aficionados no es un pueblo. Tampoco quienes forzaron una puerta representan a las más de 23,000 personas que estaban en el estadio.
El deporte tiene precisamente una virtud extraordinaria: permite enfrentarnos sin ser enemigos. Nos ponemos camisetas diferentes, agitamos banderas, gritamos, sufrimos, ganamos o perdemos y, cuando termina el partido, regresamos a casa.
Pero parece que nos cuesta mucho que Haití nos gane aunque sea un partido de fútbol.
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