Algunas reacciones al artículo Del trilema venezolano a la salida posible, publicado el pasado 4 de enero, abren un debate necesario: no sobre lo que hubiera sido deseable, sino sobre lo que terminó ocurriendo cuando las salidas democráticas fueron clausuradas al tiempo que los buenos oficios de la diplomacia lucen inoperantes. Más que una defensa de desenlaces, estas notas buscan esclarecer coincidencias, precisar divergencias y situar el análisis en el terreno de la razón práctica —en el mejor sentido kantiano— y de la realpolitik, sin borrar la historicidad que explica el surgimiento del chavismo y su deriva autoritaria.

Agradezco las observaciones críticas que siguieron a la publicación referida, y algunas merecen una respuesta reflexiva y serena. No porque el texto requiera ser “defendido”, sino porque el intercambio revela un punto más profundo: la tensión permanente que se da entre el juicio moral y el análisis de la política real.

Conviene decirlo desde el inicio: existen coincidencias sustantivas entre el artículo y muchas de las acotaciones críticas recibidas. Coincidencias que, lejos de debilitar el planteamiento, lo refuerzan. El desacuerdo no está tanto en el diagnóstico, sino en el plano desde el cual se interpreta el desenlace.

  1. Coincidencias fundamentales y una aclaración histórica necesaria

Hay un primer núcleo de acuerdo que debe ser reconocido sin ambigüedades. Se coincide en que el régimen venezolano derivó en una autocracia, no solo por su orientación ideológica, sino por el desconocimiento reiterado del voto popular, la anulación de la competencia política y la captura progresiva de las instituciones. Ese quiebre no es menor ni relativo: es civilizatorio.

También hay coincidencia en que la intervención externa no constituye una salida deseable, ni ética ni políticamente. Es aborrecible, ominosa, abominable. Nadie en sensato juicio puede celebrar la fuerza como mecanismo de resolución de conflictos internos, violando flagrantemente principios establecidos en la Carta de las Naciones Unidas; tampoco ignorar los riesgos de precedente que ello implica para América Latina. Infunde miedo ver el quiebre del imperio por la instauración de la ley del monte: la del imperio.

Asimismo, se coincide en que el contexto internacional es determinante. Venezuela no puede analizarse al margen de una disputa geopolítica más amplia, marcada por la presencia activa de China, Rusia e Irán en el hemisferio occidental y por la pérdida relativa de influencia de Estados Unidos en su entorno inmediato.

Ahora bien, un señalamiento crítico apuntado es la supuesta ahistoricidad del planteamiento. Esa observación merece una precisión clara. El chavismo no surge del vacío ni puede explicarse exclusivamente por la figura de Hugo Chávez. Es, en buena medida, producto de los desgobiernos previos, en una Venezuela petrolera que conoció altos niveles de ingreso sin lograr traducirlos en desarrollo sostenible, cohesión social ni legitimidad institucional.

A ello se sumó una relación históricamente asimétrica con empresas petroleras estadounidenses, marcada por contratos percibidos como leoninos y por una sensación persistente de pérdida de soberanía económica. Esa combinación de prosperidad mal distribuida, frustración social y dependencia estructural creó el terreno fértil para una ruptura populista. Este elemento no solo ha sido reconocido, sino que forma parte explícita de los artículos publicados en septiembre y octubre, a los que el texto más reciente remite. “De aquellos vientos vinieron esta agua”, se establecía en uno de aquellos, al analizar los factores históricos que abrieron paso al populismo chavista. Entonces, lejos de borrar la historia, el análisis parte de ella.

  1. El trilema como descripción, no como coartada

El punto donde emergen las divergencias es otro. No está en el diagnóstico, sino en la lectura del trilema mismo.

El trilema no es una justificación moral ni una coartada para la intervención. Es una descripción estructural de las trayectorias posibles cuando la política, en su sentido clásico, deja de operar. En Venezuela, las salidas internas fueron clausuradas una a una: elecciones sin credibilidad, negociación sin incentivos, presión interna sin capacidad real. “Ni por las buenas ni por las malas”. Y fue lo que dio paso a lo peor, pero pero posible y previsible.

En ese punto, la historia queda situada ante tres vértices, ninguno ideal: 1) La perpetuación indefinida de una autocracia ya consolidada; 2) La inacción internacional, mientras se profundiza la influencia de potencias extra hemisféricas; y 3) La intervención externa, no como opción deseable, sino como desenlace de una cadena de fracasos acumulados.

Aquí es donde resulta útil distinguir —aunque no se nombre explícitamente— entre razón moral y razón práctica. El análisis no responde a la pregunta “¿qué debería haber ocurrido?”, sino a otra más incómoda: ¿qué era previsible que ocurriera dadas esas condiciones? Y ojo: quede claro que explicar no equivale a justificar; y que comprender no es abdicar del juicio ético.

  1. Geopolítica, tiempo y “realpolitik”

Las observaciones que subrayan la dimensión geopolítica aportan un elemento clave: el factor tiempo. Para una potencia hemisférica que percibe una pérdida acelerada de influencia, la cuestión no es solo si intervenir o no, sino cuándo. La inacción prolongada habría significado aceptar que Venezuela quedara definitivamente integrada a la órbita de competidores estratégicos, cerrando incluso la posibilidad futura de acción. Sería demasiado pedir a un imperio seguir haciendo como el que no ve. Desde su perspectiva, así no es, no puede ni debe ser.

¿Era deseable intervenir? Absolutamente, no. ¿Era evitable la intervención? Absolutamente, sí. ¿Se logró evitar? No. Ahora bien, el error sería confundir ese ejercicio de comprensión con una adhesión ideológica o una defensa normativa del desenlace.

En suma, el trilema venezolano no fue una construcción retórica, sino el nombre de una tragedia política largamente incubada. Reconocerlo no cancela la crítica moral ni borra responsabilidades históricas; lo que hace es impedir que el desenlace se naturalice como destino. Entre la razón moral y la razón práctica, la historia casi nunca elige la primera. Pero solo entendiendo cómo opera la segunda es posible evitar que, mañana, volvamos a encontrarnos ante dilemas similares, fingiendo sorpresa.

Comprender no equivale a justificar; equivale a no engañarse.

Juan Tomás Monegro

Académico y consultor.

Economista, graduado en México. Académico y consultor. Doctorado en Economía. Ex viceministro de Desarrollo de Industria, Comercio y Mipymes, y ex Viceministro de Planificación en el Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo (MEPyD).

Ver más