El pasado 25 de mayo, el pontífice León XIV publicó una encíclica llamada La magnífica humanidad (Magnifica Humanitas), es decir, una carta solemne dirigida a los obispos y a los fieles de todo el planeta.

Este hecho ocurrió al cumplirse 135 años de que el papa León XIII publicara, en 1891, otra encíclica de gran impacto, llamada De las cosas nuevas (Rerum Novarum), que impulsó una reflexión sobre la sociedad, la economía y la política, posteriormente conocida como la «Doctrina Social de la Iglesia». Esta surgió como respuesta a la Revolución Industrial, proceso que consistió en la sustitución de la energía humana y animal por la máquina de vapor y por la electricidad.

La reciente encíclica fue publicada en un momento en que vivimos una rápida fase de transición, un verdadero cambio de época o de nuevo orden mundial, donde la inteligencia artificial, la robótica, las redes sociales y la energía nuclear, en manos privadas, poseen tanto o más poder que muchos Estados. Es un tiempo en que las tecnologías son omnipresentes y omnipotentes, es decir, intervienen en todos los ámbitos de la vida.

La encíclica del papa León XIV plantea claramente que, hoy, quienes tienen el conocimiento y, sobre todo, el poder económico para explotarlo, logran un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero. En el pasado, eran principalmente los Estados los que impulsaban y orientaban la innovación. Ahora, suelen ser personas, empresas y grupos transnacionales, dotados de recursos y de una capacidad de acción superior a la de muchos gobiernos.

El documento destaca que es tiempo de «desarmar la tecnología», de romper la equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar, de impedir que la tecnología ejerza un dominio sobre lo humano. Señala que esta debe fortalecer la democracia y no convertirse en una herramienta de control social mediante la manipulación de la opinión pública, de los procesos electorales, de los hábitos de consumo y de la circulación de la información. Que los progresos científicos, técnicos y económicos deben acompañarse de progreso social y moral.

Esta amenaza surge, paradójicamente, cuando en los últimos dos siglos han tenido lugar acontecimientos emblemáticos en beneficio del ser humano, como la abolición de la esclavitud, la fundación de la Organización de las Naciones Unidas, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la Convención sobre Refugiados, el Comité Internacional de la Cruz Roja, entre muchos otros. Y cuando se han distinguido mujeres valientes y generosas, como la santa Laura Montoya y santa Teresa de Calcuta, la científica Marie Curie, la educadora María Montessori, la primera mujer dirigente del mundo musulmán, Benazir Bhutto, y tantas otras que consagraron sus vidas al bienestar de la humanidad.

En consecuencia, cabe preguntarse: ¿por qué, en medio de estas guerras tecnológicas, donde predominan drones y robots cada vez más letales, se debilitan organismos como las Naciones Unidas? ¿Por qué no se acata el clamor de la Iglesia católica en esta valiente y reflexiva encíclica, que llama al diálogo y a la diplomacia para prevenir los conflictos y restablecer los lazos de confianza?

Apoyemos vigorosamente esta crítica del pontífice al uso de la tecnología como arma de poder y celebremos su llamado por la supervivencia de nuestra magnífica humanidad.

William Galván

Profesor de psicología y antropología de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Investigador académico y consultor de empresas.

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