El Señor Jesús, después de haber hecho oración al Padre, llamando a sí a los que Él quiso, eligió a doce para que viviesen con Él y para enviarlos a predicar el reino de Dios (cf. Mc 3,13-19; Mt 10,1-42); a estos Apóstoles (cf. Lc 6,13) los instituyó a modo de colegio, es decir, de grupo estable, al frente del cual puso a Pedro, elegido de entre ellos mismos (cf. Jn 21,15-17). Los envió primeramente a los hijos de Israel, y después a todas las gentes (cf. Rm 1,16), para que, participando de su potestad, hiciesen discípulos de Él a todos los pueblos y los santificasen y gobernasen (cf. Mt 28,16-20; Mc 16,15; El siervo fiel y prudente: Mt. 24,45-48; Jn 20,21-23: Jesús envía a sus apóstoles y así propagan la Iglesia y la apacientan, sirviéndola, bajo la dirección del Señor, todos los días hasta la consumación de los siglos (Mt 28,20).
En esta misión fueron confirmados plenamente el día de Pentecostés (cf. Hch 2,1-36), según la promesa del Señor: «Recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos así en Jerusalén como en toda la Judea y Samaría y hasta el último confín de la tierra» (Hch 1,8).
Los Apóstoles, pues, predicando en todas partes el Evangelio (cf. Mc 16,20), recibido por los oyentes bajo la acción del Espíritu Santo, congregan la Iglesia universal que el Señor fundó en los Apóstoles y edificó sobre el bienaventurado Pedro, su cabeza, siendo el propio Cristo Jesús la piedra angular (cf. Ap 21,14; Mt 16,18; Ef 2,20) [39]. LG, 19.
Esta divina misión confiada por Cristo a los Apóstoles ha de durar hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20), puesto que el Evangelio que ellos deben propagar es en todo tiempo el principio de toda la vida para la Iglesia. Por esto los Apóstoles cuidaron de establecer sucesores en esta sociedad jerárquicamente organizada. LG. 20.
Y así establecieron tales colaboradores y les dieron además la orden de que, al morir ellos, otros varones probados se hicieran cargo de su ministerio [42]. Entre los varios ministerios que desde los primeros tiempos se vienen ejerciendo en la Iglesia, según el testimonio de la Tradición, ocupa el primer lugar el oficio de aquellos que, ordenados obispos por una sucesión que se remonta a los mismos orígenes [43], conservan la semilla apostólica [44]. Así, como atestigua san Ireneo, por medio de aquellos que fueron instituidos por los Apóstoles obispos y sucesores suyos hasta nosotros, se manifiesta y se conserva la tradición apostólica en todo el mundo [46]. LG. 20.
Los obispos, pues, recibieron el ministerio de la comunidad con sus colaboradores, los presbíteros y diáconos [47], presidiendo en nombre de Dios la grey [48], de la que son pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros de gobierno [49]. Y así como permanece el oficio que Dios concedió personalmente a Pedro, príncipe de los Apóstoles, para que fuera transmitido a sus sucesores, así también perdura el oficio de los Apóstoles de apacentar la Iglesia, que debe ejercer de forma permanente el orden sagrado de los obispos [50]. Por ello, este sagrado Sínodo enseña que los obispos han sucedido [51], por institución divina, a los Apóstoles como pastores de la Iglesia, de modo que quien los escucha, escucha a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo y a quien le envió (cf. Lc 10,16) [52].
Como vemos, los documentos eclesiales manifiestan claramente la estructura jerárquica de la Iglesia católica. Aparece claramente definida la misión de la jerarquía: «los obispos, pues, recibieron el ministerio de la comunidad con sus colaboradores, los presbíteros y diáconos, presidiendo en nombre de Dios la grey, de la que son pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros de gobierno».
Apacentar la Iglesia, esa es la misión de los obispos: pastores de la Iglesia. No dueños de la Iglesia. No hay pastor sin ovejas, pero tampoco hay ovejas sin pastor…; la comunión nos iguala; en el binomio pastor/oveja existe una relación como en el binomio tú/yo; nos necesitamos mutuamente para hacer presente el nosotros, que genera el reino de Dios. Dios se hace presente y hace lo suyo; cuando el yo se trasciende a sí mismo se encuentra con un tú y caemos en la cuenta de que somos comunidad, que somos iguales y diferentes; así se hace presente el nosotros…, y vivimos en la presencia del reino de Dios.
La misión de la jerarquía es triple: enseñar, santificar y dirigir. Esta tripleta es la esencia de la misión episcopal, que tiene como colaboradores a los presbíteros y diáconos.
¿Qué ha sucedido al transcurrir los años?
Que la misión de enseñar se ha anclado en lo académico y se mantiene porque genera la seguridad económica a la comunidad de religiosos/as…; mientras que el culto y los sacramentos, que se refieren al cultivo y fortalecimiento espiritual de toda la Iglesia y se ofrecen a la sociedad financiados, lo cual opaca la radicalidad de la profesión evangélica…
El servicio eclesial, débil y solidario, disminuye y se fortalece el servicio financiado. Esto que pasa en la jerarquía de la Iglesia también sucede en la vida consagrada: hemos identificado evangelizar con enseñar y administrar, dedicándonos a lo académico, que exige personal pagado, propiedad privada para mantener supraestructuras, colegios con financiamiento; asegurando, por un lado, el servicio de educación, y por otro, seguridad económica para la comunidad de religiosos/as…; el servicio cultual y sacramental, que debieran ser servicios solidarios (gratuitos), pasan a ser financiados, con excepciones…
La actuación de Dios, siempre, es a partir de la debilidad solidaria. La oficialidad institucional, tanto a nivel eclesiástico como de la vida consagrada y la sociedad civil, nos hemos alejado de la radicalidad de los consejos evangélicos y nos aferramos «con uñas y dientes» a la seguridad comunitaria, dejando, a nivel individual, el vivir de la providencia de Dios, la cual se la hemos dejado a las «aves del cielo y a los lirios del campo», Mt. 6,26-34; es por eso que, en ambos niveles estructurales, eclesial y vida consagrada, aparecen: dom Hélder Câmara y mons. Casaldáliga en Brasil; Óscar Romero, Rutilio Grande y los mártires de la UCA en El Salvador…; Alberto Hurtado en Chile; todos, en vida, fueron conminados por la oficialidad civil y eclesiástica y luego reconocidos por todos, después de su muerte…; sin embargo, el pueblo empobrecido los reconoció en la vida terrestre «por el olor de santidad de sus hechos», porque vivieron su entrega total y solidaria «con ellos, como ellos», y discerniendo.
Dios no se deja amarrar y sale con la suya haciéndose presente puntualmente en nuestra historia de salvación. La fidelidad creativa a los «consejos evangélicos» hace presente la originalidad de nuestra historia de salvación, porque la rutina nos hace olvidar la experiencia de Dios, según Jesús y los apóstoles.
La buena noticia que Jesús nos atrae, nos enseña con su ejemplo de vida llegar al extremo: «a mí no me quitan la vida, yo la entrego» (Jn 10,18…). Jesús envió a los 72 discípulos diciéndoles: «la cosecha es mucha, pero los obreros son pocos. …Miren que les envío como corderos en medio de lobos…» Jn. 10,2-3.
Hoy podemos decir: «la desinformación es grande y crece el individualismo vengativo, soberbio y corrupto, vayan, pues, y hagan discípulos míos, anunciándoles el reino…» «Yo estaré con ustedes», Mt. 28,20.
Nadie como Jesús está consciente de la peligrosidad del anuncio del reino; «la buena noticia», que para las élites de la sociedad, «los lobos», les daña «su majarete», ahí reside la peligrosidad de evangelizar, que solo Dios puede sostener e impulsar.
Evangelizar es ser débil y solidario, lo contrario a la seguridad que nos da el servicio financiado en connivencia con los lobos, que empobrecen a la humanidad, manteniéndola empobrecida… Parece que estamos olvidando que todos somos hermanos y que vivimos en la misma casa, cfr.: Fratelli tutti, papa Francisco.
Los Apóstoles vivían en comunidad; pero la subsistencia de ellos y sus familiares dependía de un trabajo manual; algunos vivían de la pesca, otros, como Pablo, nos dice que vivía tejiendo tiendas de campaña por las noches…; ellos no dejaron propiedades personales a sus familiares, ni algo parecido. El mismo Jesús vivía inicialmente de la carpintería, oficio que aprendió de su papá, y luego, en la vida pública, vivía de la providencia de Dios, lo que la gente le daba al pasar por las comunidades «anunciando el reino de Dios». Eso es vivir de la providencia… «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la buena nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor», Lc. 4,14-22.
Las necesidades materiales y de subsistencia de la comunidad apostólica no es Jesús quien las resuelve, ni la comunidad cristiana; quien resuelve las necesidades personales y familiares es cada apóstol en particular.
Los Apóstoles, en cuanto comunidad apostólica, resuelven ellos mismos trabajando manualmente cada uno como pueda; no es Jesús, ni la comunidad cristiana quienes les ofrecen apoyo para subsistir.
Jesús es la «piedra angular» de la Iglesia y quien llama, envía y da poder a los Apóstoles. Pero ese poder se recibe gratis y, gratis, cada apóstol lo convierte en servicio. En ese mismo orden, los Apóstoles eligen a sus sucesores: obispos, presbíteros y diáconos. Aquí está la raíz de la sucesión apostólica en la Iglesia católica.
¿Será posible iniciar un proceso de evangelización al estilo de Jesús y los Apóstoles?
¿Qué nos lo puede impedir?
¿Nos podemos sentir satisfechos como venimos dando continuidad a la misión apostólica encomendada por Jesús, en la actualidad?
¿Qué nos exige la fe donada, eclesial y sinodal, hoy en día?
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