Hay frases que, sin proponérselo, terminan retratando una época entera.

En República Dominicana hay una que se ha vuelto cotidiana, casi automática, dicha entre risas, cansancio o indiferencia: "¿Qué me importa?"

Se utiliza para quitarle peso a las cosas. Para esquivar responsabilidades. Para dejar claro que lo que ocurre alrededor no merece involucramiento emocional, político ni humano. Y quizás ahí está el verdadero problema: hemos comenzado a normalizar la indiferencia como mecanismo de supervivencia institucional.

Vivimos tiempos donde muchas estructuras públicas parecen funcionar desde la distancia.

No necesariamente porque falten recursos, talento o capacidad técnica, sino porque lentamente se ha instalado una cultura peligrosa: la del desapego.

El resultado es visible.

Funcionarios que apenas se comunican entre sí.

Equipos que operan como islas.

Instituciones donde las decisiones bajan, pero las conversaciones no existen.

Viceministerios, direcciones y departamentos que conviven bajo un mismo techo, pero sin articulación real.

Y quizás lo más preocupante: incumbentes cada vez más desconectados de sus propios equipos.

No siempre por mala intención. A veces simplemente por agotamiento, exceso de poder concentrado, cálculo político o por esa sensación silenciosa de que "todo seguirá funcionando, aunque nadie mire". Pero cuando esa lógica se instala, aparece la inmovilidad.

La administración pública comienza entonces a parecerse a una maquinaria encendida sin dirección emocional ni sentido colectivo.

Se pierde la urgencia. Se pierde la empatía. Se pierde la capacidad de escuchar.

Y finalmente, se pierde la voluntad de actuar.

Porque el "¿qué me importa?" no siempre se expresa con palabras.

A veces se manifiesta en llamadas que nunca se responden.

En reuniones que no ocurren.

En proyectos que se congelan esperando una firma.

En funcionarios territoriales abandonados a su suerte.

En equipos que dejan de proponer porque entendieron que nadie escucha.

Es una forma moderna de burocracia emocional.

Y lo peligroso de esta etapa no es solamente la parálisis administrativa.

Es el deterioro interno que produce en la gente que todavía quiere hacer las cosas bien.

Cuando el compromiso convive demasiado tiempo con la indiferencia, termina agotándose. Y ningún gobierno puede sostenerse únicamente desde la comunicación, las narrativas o la propaganda si internamente sus estructuras comienzan a fracturarse por falta de cohesión humana y política.

La política siempre ha tenido tensiones. Eso no es nuevo.

Lo nuevo es la normalización del distanciamiento.

Antes existían diferencias, pero también existía sentido de cuerpo. Hoy, en muchos espacios, pareciera imponerse una lógica individual: sobrevivir políticamente, proteger parcelas, evitar involucrarse demasiado y dejar que cada quien resuelva como pueda.

El problema es que los gobiernos no se desgastan solamente por la oposición.

Muchas veces comienzan a erosionarse desde dentro, cuando sus propios actores dejan de sentirse parte de algo común.

Y ahí aparece otra consecuencia silenciosa: la pérdida de autoridad moral institucional.

Porque una ciudadanía puede tolerar errores.

Puede incluso comprender crisis.

Lo que difícilmente soporta es la sensación de abandono, desconexión o indiferencia.

Los pueblos detectan rápidamente cuándo un Estado está presente… y cuándo simplemente está funcionando en automático.

Tal vez por eso el gran desafío de este tiempo no sea únicamente administrar.

Quizás sea volver a conectar.

Reconstruir vínculos internos.

Recuperar la conversación entre equipos.

Devolverle sentido humano a la gestión pública.

Entender que gobernar también implica escuchar, integrar, acompañar y hacer sentir parte a quienes sostienen diariamente las instituciones.

Porque ningún proyecto político se destruye de golpe.

Primero se enfría.

Primero deja de escucharse a sí mismo.

Primero cae en el cómodo y peligroso territorio del "eso no es conmigo".

Y cuando una sociedad, o un gobierno, entra en la era del "¿qué me importa?", comienza lentamente a perder algo más grave que la eficiencia: empieza a perder el sentido colectivo.

Rossina Guerrero Heredia

Escritora

Rossina Guerrero Heredia, escritora y analista cultural. Mi trabajo se desarrolla entre la reflexión crítica, la experiencia en la gestión pública y la escritura literaria. He publicado cuentos que exploran la memoria, el dolor, los vínculos y la fragilidad humana, una mirada que atraviesa también mi forma de pensar la política y la vida pública. Escribo desde una perspectiva ensayística que busca ir más allá de la coyuntura inmediata, para comprender cómo el poder, el cansancio colectivo y las emociones configuran nuestra experiencia política en la República Dominicana contemporánea.

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