El libro La izquierda vista por sí misma, de Fausto Rosario Adames, es un ejercicio de memoria histórica basado en entrevistas con protagonistas del movimiento revolucionario dominicano. Aunque aborda los orígenes del pensamiento socialista en el país, su análisis se centra en el convulso período posterior a la caída de Trujillo y en el contexto de la Guerra Fría, especialmente durante las décadas de 1960 y 1970.

A través del análisis documental y decenas de entrevistas, el autor va más allá de las anécdotas para construir un relato contrastado de alta credibilidad, que permite comprender el momento histórico y el devenir de la izquierda revolucionaria en esos años. La obra incluye una excelente presentación de César Pérez, quien resalta su valor histórico y examina las causas del declive de la izquierda dominicana.

Las ideas de soberanía, igualdad y justicia social comenzaron a circular en el país desde finales del siglo XIX, influenciadas por las corrientes socialistas europeas y las primeras internacionales obreras. Sin embargo, durante mucho tiempo permanecieron dispersas, limitadas a publicaciones ocasionales y a pequeños círculos de pensadores y trabajadores

Durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo estas ideas encontraron mayor difusión entre jóvenes e intelectuales, en gran parte gracias a los refugiados republicanos de la Guerra Civil Española a partir de 1939.

Por esos años surgieron en Cuba las primeras organizaciones dominicanas progresistas y de izquierda: el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), fundado en 1939; el Partido Socialista Popular (PSP) creado en 1946 a partir de una escisión del PRD; y el Movimiento Popular Dominicano (MPD) en 1956.

El impacto de la fallida expedición de 1959 impulsó en nuestro país el surgimiento del Movimiento Revolucionario 14 de Junio en 1960, que se convertiría en la organización revolucionaria de mayor arraigo en los años finales del trujillismo y el inicio de la vida democrática.

El espejismo de la Revolución Cubana

La izquierda vista por sí misma, de Fausto Rosario, es un regreso a un tiempo vivido en el cuerpo: con miedo, con convicción y con la certeza —entonces indiscutida— de que la historia se jugaba en cada decisión cotidiana. (Fuente externa)

Una de las ideas centrales del libro es la profunda influencia que tuvo el triunfo de la Revolución Cubana en 1959 sobre la izquierda dominicana. Muchos militantes vieron la insurrección armada como la vía inevitable para alcanzar el poder, convencidos de que aquella experiencia guerrillera podía reproducirse en el país.

Entonces se adoptó de forma dogmática la teoría del foquismo, asociada al pensamiento del Che Guevara y posteriormente al de Régis Debray, asumiendo erróneamente que un pequeño grupo de combatientes, un “foco guerrillero”, podía crear por sí mismo las condiciones para una revolución. Bajo esta visión se idealizaron las “escarpadas montañas de Quisqueya” como escenario natural de la lucha, sin un análisis realista de las condiciones sociales y políticas del país.

La Revolución de Abril de 1965 representó el momento de mayor protagonismo popular de las fuerzas progresistas en la historia contemporánea dominicana. Amplios sectores se movilizaron en defensa del orden constitucional y del retorno de Juan Bosch al poder. Sin embargo, la intervención militar de Estados Unidos interrumpió ese proceso y consolidó un clima político en el que la izquierda quedó asociada a una amenaza comunista que debía ser contenida.

Tras esa derrota, la izquierda no logró interpretar con claridad el nuevo escenario político. Varios grupos intentaron prolongar la lucha mediante tácticas de guerrilla rural y urbana, aun cuando las condiciones objetivas eran claramente adversas. El heroísmo y el martirologio se confundieron con la estrategia política, y preciados militantes se inmolaron en aventuras militares sin base social, como el levantamiento de Manolo Tavárez Justo en Las Manaclas en 1963 y la expedición de Francisco Alberto Caamaño por Playa Caracoles en 1973.

Estos episodios evidenciaron la distancia entre la voluntad revolucionaria y la realidad dominicana. La mística del sacrificio produjo acciones valientes pero fallidas que, además de costar vidas y cuadros valiosos, terminaron debilitando la credibilidad de la izquierda ante un pueblo que nunca vio en la guerrilla su camino de redención.

Orfandad teórica y disputas ideológicas

El libro señala como una debilidad importante las deficiencias intelectuales y la limitada formación académica de buena parte de la dirigencia revolucionaria dominicana. Según esta visión, una de las causas centrales de su fracaso fue la incapacidad para desarrollar un pensamiento propio adaptado a la realidad nacional.

Maximiliano Gómez, “El Moreno”, llamó a este fenómeno “colonialismo ideológico”: la tendencia a buscar respuestas en Marx, Engels, Lenin, Mao o Enver Hoxa mientras se ignoraban las particularidades históricas y sociales del pueblo dominicano. En lugar de analizar la realidad con herramientas propias, muchas organizaciones terminaron repitiendo consignas y manuales básicos, generando una creciente desconexión con las masas.

Las disputas doctrinales fragmentaron al movimiento y limitaron su capacidad de incidencia política. En vez de construir un proyecto capaz de conectar con las necesidades de la gente y disputar el poder a las clases dominantes, buena parte de la izquierda quedó atrapada en debates ideológicos que profundizaron su aislamiento social.

Caudillismo, infiltración y guerra fratricida

La obra muestra cómo el movimiento de izquierda dominicano, pese a su heroísmo y sacrificio, terminó debilitado por dinámicas internas y externas, y el caudillismo, el estalinismo y el culto a la personalidad reprodujeron la matriz autoritaria de la sociedad dominicana. El aferramiento de los líderes a sus cargos durante décadas frenó la renovación interna y limitó el crecimiento de las organizaciones.

A ello se sumó un fuerte sectarismo ideológico que fragmentó al movimiento en una verdadera “sopa de siglas”. Las disputas entre corrientes prosoviéticas, prochinas, proalbanesas o castristas entorpecieron el diálogo, dificultaron el análisis de la realidad nacional y alejaron a la izquierda de las preocupaciones de la población.

La vulnerabilidad ante la infiltración agravó aún más la situación. Muchas agrupaciones carecieron de mecanismos eficaces de seguridad interna, lo que permitió la penetración de agentes encubiertos del gobierno y de la CIA.  Esto facilitó la persecución, el asesinato de dirigentes y la desarticulación de varios movimientos.

En la puesta en circulación del libro ´La izquierda vista por si misma´, el panel central integrado por César Pérez, sociólogo; Fausto Rosario Adames, autor, y Odile Camilo Vincent, rectora de Unibe. (Osmil Crooke, Acento).

El clima de sospecha degeneró en un verdadero canibalismo político y en conflictos fratricidas entre organizaciones de izquierda. Las delaciones, los enfrentamientos armados y los llamados “juicios revolucionarios” con ejecuciones internas terminaron manchando de sangre propia al movimiento, mientras provocadores y delatores facilitaban asesinatos y encarcelamientos.

Todo esto ocurrió en el contexto geopolítico de la Guerra Fría, que convirtió a América Latina en un escenario de confrontación entre Estados Unidos y el bloque socialista. Durante los Doce Años de Balaguer la represión se intensificó de forma sistemática, y hechos como el secuestro del coronel estadounidense Donald J. Crowley sirvieron de argumento para endurecer la persecución contra los movimientos revolucionarios.

Además, los horrores ocurridos durante el exilio en Europa, como las muertes de Miriam Pinedo, ilustran el nivel de descomposición alcanzado.

La izquierda dominicana no solo fue golpeada por la represión estatal y las presiones internacionales, sino también por los propios demonios internos, que erosionaron la confianza del pueblo en el proyecto socialista. Con el tiempo, el movimiento revolucionario ha terminado siendo más recordado por sus mártires y tragedias que por la construcción de una verdadera alternativa política.

Rol de las mujeres y viudas heroicas

Las mujeres desempeñaron un papel fundamental en la conformación y sostenimiento del Movimiento Revolucionario 14 de Junio (1J4). Diversos testimonios señalan que Minerva Mirabal fue la figura de mayor madurez política y una de sus principales estrategas. Según Rafael “Fafa” Taveras, fue ella quien impulsó las primeras reuniones conspirativas en 1959 y quien propuso el nombre “14 de Junio” en honor a los expedicionarios de ese año.

Sin embargo, el liderazgo formal recayó en Manolo Tavárez Justo, también con méritos propios, en un contexto cultural donde las mujeres solían quedar relegadas de las posiciones directivas.

Aun así, muchas mujeres ocuparon roles relevantes en esas décadas, entre ellas Asela Morel, Aniana Vargas, Sina Cabral, Patria y María Teresa Mirabal, Emma Tavárez Justo, Teresa Espaillat y Sagrada Bujosa, quien presidió la Unión de Estudiantes Revolucionarios. También se destacó Carmen Mazara por su militancia clandestina de alto riego y por haber sido víctima de persecución y prisión por su lucha contra el régimen.

Numerosas mujeres cumplieron funciones clave: custodiaban armas y recursos, servían como enlaces y sostenían a sus familias en condiciones de precariedad, mientras sus compañeros luchaban en las calles y enfrentaban prisión y persecución. Muchas de ellas también padecieron cárcel, exilio y otras formas de represión.

La crisis de la izquierda en la transición democrática

La relación entre la izquierda dominicana y los grandes líderes políticos Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez estuvo marcada por acercamientos y desencuentros.

Bosch impulsaba un proyecto de transformación social dentro del marco institucional, mientras sectores de la izquierda radical consideraban esa vía insuficiente. Pero, tras las elecciones de 1978, numerosos exmilitantes de izquierda comenzaron a integrarse al PLD atraídos por el discurso de la “liberación nacional”.

Aunque Bosch definió su partido como una organización progresista con inspiración marxista y estructura leninista, mostró poco interés en construir alianzas con la izquierda tradicional y, hacia finales de los años ochenta, consolidó una estrategia centrada en la vía electoral.

Peña Gómez, en cambio, impulsó una política de alianzas más amplia, por lo que articuló el Acuerdo de Santiago para enfrentar a Joaquín Balaguer mediante la movilización social y la competencia electoral. Tras la llegada del PRD al poder en 1978, mantuvo una relación abierta con sectores de izquierda, incorporando a cuadros e intelectuales provenientes del 14 de Junio, el MPD y el PCD, lo que contribuyó al debilitamiento de varias organizaciones marxistas tradicionales.

La apertura democrática de 1978 evidenció la crisis estratégica de la izquierda. Acostumbradas a la clandestinidad y a la lucha insurreccional, muchas organizaciones no lograron adaptarse a un escenario dominado por la competencia electoral. Esta desorientación se reflejó en las protestas de abril de 1984, cuando una parte interpretó el estallido popular como el inicio de una revolución inminente, profundizando su aislamiento político.

El golpe definitivo al imaginario revolucionario llegó con el colapso del bloque socialista y la disolución de la Unión Soviética en 1991. La caída de su principal referente internacional dejó a la izquierda sin el horizonte ideológico que había guiado su accionar durante décadas, profundizando una crisis que terminó relegándola a una posición marginal dentro del sistema político nacional.

La sangre que abrió las puertas de la democracia

La democracia dominicana mantiene una deuda moral con aquella generación que entregó su libertad, sus oportunidades y hasta su vida a la lucha política. Aunque no logró conquistar el poder, su sacrificio contribuyó a abrir espacios de libertad que hoy forman parte del patrimonio democrático del país.

Miles de jóvenes intentaron construir una sociedad más justa y terminaron encarcelados, torturados o asesinados en plena juventud. Vidas admirables fueron segadas antes de los treinta años: Amaury Germán Aristy, Otto Morales y Henry Segarra a los 25; Amín Abel a los 27; Homero Hernández y Maximiliano Gómez a los 28, entre muchos otros. Todos integraron lo que podría llamarse una “generación de acero”, templada en la clandestinidad, la disciplina y el sacrificio.

Frente a ella tenemos hoy una “generación de cristal”, forjada en el mundo digital, el consumo y la gratificación inmediata. La comparación no busca descalificar a la juventud actual ni idealizar el pasado sin matices, sino subrayar el contraste entre quienes asumieron la política como la entrega total a un proyecto social y quienes viven hoy centrados en una esfera de interés individual.

Las libertades actuales no surgieron por sí solas. Son fruto del sacrificio de hombres y mujeres que enfrentaron el exilio, la cárcel, la tortura y la muerte en nombre de un ideal. Honrar su memoria no significa repetir sus errores ni asumir sus dogmas, sino rescatar su sentido de responsabilidad histórica y su convicción de que ningún proyecto de transformación verdadera puede construirse sin vincular los sueños individuales con los proyectos sociales.

Alejandro Moliné

Ingeniero civil

Formación en ingeniería, economía y administración de empresas. Experiencia en proyectos sociales e instituciones públicas del área de salud y seguridad social

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