Cada 8 de marzo se multiplican los discursos sobre el papel de las mujeres en la sociedad. Sin embargo, hay un grupo cuya contribución sigue siendo en gran medida invisible: las mujeres migrantes.
En el debate público dominicano, la migración suele aparecer asociada casi exclusivamente al control fronterizo, a la irregularidad o a la presión sobre los servicios públicos. Mucho menos se habla de algo fundamental: su aporte económico y social al país.
Los datos disponibles muestran una realidad distinta a la que muchas veces domina la discusión pública. Según análisis basados en la Encuesta Nacional de Inmigrantes (ENI 2017), la población inmigrante genera alrededor del 9.5 % del valor agregado de la economía dominicana. Dentro de ese aporte, los trabajadores haitianos representaban cerca del 7.4 % del Producto Interno Bruto.
Estas cifras revelan una presencia estructural en sectores clave de la economía.
Las personas migrantes trabajan en áreas que sostienen buena parte del funcionamiento cotidiano del país: agricultura, construcción, comercio informal, servicios y trabajo doméstico. Son actividades esenciales que muchas veces se desarrollan en condiciones de gran precariedad laboral y escasa protección.
En el caso de las mujeres migrantes, su presencia es particularmente visible en el ámbito del trabajo doméstico y de cuidados. En los últimos años, cada vez hay menos dominicanas empleadas en labores como el servicio doméstico o el cuidado de personas mayores. Muchas se han incorporado a otros sectores del mercado laboral o han buscado nuevas oportunidades profesionales.
En muchos otros paises, las trabajadoras migrantes sostienen una parte importante de la llamada “economía del cuidado”: cuidar niños, acompañar personas mayores, mantener los hogares en funcionamiento y que, durante mucho tiempo, ha sido invisible para las estadísticas económicas.
Gracias a ese trabajo, miles de mujeres dominicanas pueden hoy participar en el mercado laboral. Sin embargo, esta contribución esencial sigue siendo poco reconocida y se desarrolla con frecuencia en condiciones laborales precarias.
A pesar de sus aportes económicos y sociales, las mujeres migrantes —especialmente las haitianas— enfrentan discriminación, precariedad laboral y enormes dificultades para regularizar su situación migratoria. A esto se suman barreras para acceder a servicios básicos como la salud, incluso en momentos de especial vulnerabilidad como el embarazo o el parto.
Paradójicamente, mientras su trabajo sostiene sectores completos de la economía, sus derechos siguen siendo frágiles. La experiencia internacional muestra que existe otra forma de abordar este fenómeno.
Un ejemplo es España. Según el Consejo Económico y Social de ese país, ocho de cada diez personas que han llegado a España en lo que va de siglo se han incorporado a la población activa. Esto ha contribuido tanto al crecimiento económico como al sostenimiento del sistema de protección social.
Las cotizaciones de trabajadores migrantes ayudan a financiar pensiones y servicios públicos en una sociedad que envejece. En otras palabras, la migración también puede ser un factor importante de sostenibilidad económica y demográfica.
Reconocer el aporte de las personas migrantes no significa ignorar los desafíos que plantea la gestión migratoria. Los Estados tienen el derecho y la responsabilidad de regular sus flujos migratorios. Pero también tienen la obligación de garantizar derechos fundamentales y evitar que poblaciones enteras queden atrapadas en la informalidad y la vulnerabilidad. Cuando no existen vías de regularización, lo que crece es la precariedad.
En el caso dominicano, esto se traduce en una economía que depende en parte del trabajo migrante, pero que al mismo tiempo mantiene a muchas de esas personas en condiciones de exclusión.
El resultado es una contradicción difícil de defender: una sociedad que se beneficia de ese trabajo, pero que muchas veces se resiste a reconocerlo.
Por eso, este 8 de marzo vale la pena recordar: las mujeres migrantes no solo cruzan fronteras. También sostienen economías, comunidades y redes de cuidado.
Una parte silenciosa del funcionamiento de la sociedad dominicana descansa hoy sobre el trabajo de mujeres migrantes. Invisibilizarlo no lo hace desaparecer.
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